ARTÍCULO

Giner de los Ríos y el otro nacionalismo español

El hombre que amaba las montañas 

 

En 1916, el escritor norteamericano John Dos Passos, de visita en España, descubre de la mano de un sobrino de Francisco Giner de los Ríos, José Giner, que le hacía las veces de cicerone, el rico legado que el fundador de la Institución Libre de Enseñanza había dejado al morir el año anterior. Frecuenta la Residencia de Estudiantes, toma el té con Juan Ramón Jiménez, asiste a las clases del Centro de Estudios Históricos y participa en las excursiones a Guadarrama que suele organizar la Institución los domingos. A una de ellas habría de referirse Dos Passos años después al glosar en un libro sus impresiones sobre aquel viaje a España. El capítulo dedicado a Giner de los Ríos empezaba con unos versos del Romancero del Cid y continuaba, ya en el presente, con una imagen del puerto de Navacerrada, animado por el bullicio de los patinadores y por la llegada incesante de nuevos domingueros, que acudían al reclamo de la nieve. ¿Y esa gente, le preguntó el escritor norteamericano a su acompañante, no estaría mejor tomando el té que ascendiendo al pico de un monte?

— Sin duda alguna, pero ésta es la moda… deporte de invierno… y todo porque un hombre pequeño, delgado y moreno, que murió hace dos años, amaba las montañas.
— ¿Quién era ese hombre? –preguntó Dos Passos.
— Don Francisco Giner.

Casi un siglo después de producirse esta escena, cabría preguntarse qué tendría que ver el Mío Cid con los deportes de invierno como para que el relato anterior pasara sin solución de continuidad de uno a otro tema. Al menos en la evocación de John Dos Passos, el nexo de unión era la figura de Francisco Giner de los Ríos, un hombre que «amaba las montañas», tal vez porque en ellas –especialmente en la sierra de Guadarrama– proyectaba sin saberlo dos aspectos fundamentales de su personalidad y su ideario: su puritanismo y su europeísmo. Ese afán de europeizar España antes de que fuera demasiado tarde, de destruir, en palabras de Dos Passos, «todo lo que es individual, salvaje, africano, en la tradición de España», es lo que convertiría la sierra de Guadarrama en trasunto de un paisaje europeo en el corazón de la Península Ibérica. De ahí la acusación de practicar un «patriotismo geológico» vertida contra él, al principio del franquismo, por un cualificado miembro de la escuela nacionalcatólica, que pretendía de esta forma trivializar y, en el fondo, rebatir por reducción al absurdo una idea de España desligada de sus esencias religiosas. En ese «patriotismo geológico», llegó a decir Pedro Sáinz Rodríguez, «se refugiaban algunos para disimular que no tenían patriotismo»Pedro Sáinz Rodríguez, La escuela y el Estado nuevo, Burgos, Hijos de Santiago Rodríguez, 1938 (recogido en el libro Historia de la educación en España: Nacional-catolicismo y educación en la España de posguerra, Madrid, Ministerio de Educación y Ciencia, 1990, p. 180)..  La pasión por el paisaje no sería otra cosa, por tanto, que la sublimación de una mala conciencia antinacional. El testimonio de Dos Passos, por el contrario, revelaría la confluencia en la sierra de Guadarrama de los principios esenciales que mueven el pensamiento gineriano, desde un nacionalismo paisajístico hasta un europeísmo modernizador, desde un espiritualismo de base panteísta hasta un organicismo social de múltiples significados y aplicaciones, desde el Mío Cid como símbolo de la continuidad cultural de la nación hasta el deporte como expresión de un ideal emancipador que empieza por liberar al cuerpo humano de los prejuicios y las imposiciones de la moral tradicional. Se entiende que un cierto puritanismo, como reivindicación de una pureza primigenia –del paisaje, del cuerpo, de la nación, del liberalismo–, lo impregne todo en la obra de quien fue llamado «el Sócrates español».

Un cajón de sastre

La proximidad del centenario de la muerte de Francisco Giner de los Ríos hace especialmente oportuna la publicación de esta espléndida obra en tres volúmenes destinada a esclarecer y poner al día la historia de la Institución Libre de Enseñanza, desde su creación en 1876, y la vida y la obra de su fundador. Son tantas las vertientes de esta historia y tan diversas y complejas las ideas y las personas que la protagonizan que es inevitable la sensación de que cualquiera que se acerque a ella en busca de una idea preconcebida acabará encontrándola. Tan solo en el ámbito político, la Institución Libre de Enseñanza ofrece motivos sobrados para ser identificada con un liberalismo de amplio espectro, pero también con el socialismo reformista y con las distintas opciones surgidas de la crisis del régimen parlamentario a principios del siglo XX, entre ellas la llamada «democracia orgánica», por la que aboga ya Fernando de los Ríos en su lección inaugural del curso 1917-1918 en la Universidad de Granada. Por no hablar del recurso a una dictadura más o menos limitada en el tiempo y en sus funciones –«dictadura tutelar», la llamó Joaquín Costa–, caracterizada como un «gobierno anormal, pero no ilegítimo», que tuviera al frente a «un verdadero dictador», al que Rafael Altamira, Alfonso Buylla, Adolfo Posada y Aniceto Sela, en un texto recogido en el volumen 3 de esta obra, definen, siguiendo a Costa, como «un verdadero patriota con puños de hierro y corazón limpio y generoso»«Contestación a la encuesta sobre “Oligarquía y caciquismo”», 1902; recogido en el vol. 3, p. 358..

No resulta fácil poner orden en ese caudal de ideas y proyectos políticos que se puede identificar con la Institución Libre de Enseñanza a lo largo de sus diversas etapas históricas. Los editores del primer volumen, Javier Moreno y Fernando Martínez, califican su «proyecto matriz» de «liberal-democrático, secularizador, republicano o monárquico, hasta socialista a veces», aunque, como ellos mismos señalan, la Institución tuvo siempre en su compromiso pedagógico un poderoso centro de gravedad, capaz de dar estabilidad y coherencia a su trayectoria, a veces errática. El punto de equilibrio estaba en su ideario. Esta es la razón por la que el volumen dedicado a la educación y la cultura tiene una extensión considerablemente mayor –casi el doble– que el consagrado a la relación entre la Institución Libre de Enseñanza y la política española. Se trata de una separación por lo demás un tanto artificial, porque ni el proyecto cultural y educativo del institucionismo puede desligarse de su actuación política ni esta última se entiende sin la vocación pedagógica de la Institución.

Buena parte de los catorce ensayos recogidos en el primer volumen reconstruyen la evolución del liberalismo krausista en sus diversas modalidades hasta desembocar, ya en pleno siglo XX, en un proyecto reformista a caballo entre una democracia avanzada de signo republicano y un socialismo de inspiración fabiana, apuntado ya en su día por Vicente Cacho –lo recuerda José García-Velasco en el segundo volumen de la obra–José García-Velasco, «Giner y su descendencia. La Institución Libre de Enseñanza y la cultura española contemporánea», vol. 2, p. 129.  como uno de los grandes referentes del reformismo social y educativo de la Institución Libre de Enseñanza. Lo mismo podría decirse de la influencia que el movimiento Arts and Crafts, expresión de un socialismo corporativista y algo naíf, ejerció en las ideas estéticas de la Institución, mientras que, en un registro diferente, José García-Velasco y Antonio Morales Moya ponen de manifiesto el papel precursor que Giner y sus discípulos desempeñaron en el desarrollo en España de una sensibilidad medioambientalJosé García-Velasco y Antonio Morales Moya, «Introducción”», vol. 2, p. 16.

El espectro ideológico en el que se movió la Institución Libre de Enseñanza es, como se ve, casi inabarcable, desde el viejo liberalismo doctrinario hasta un ecologismo avant la lettre, pasando por el socialismo. Llama la atención el contraste entre ese batiburrillo de doctrinas que nutrieron el krausoinstitucionismo y su búsqueda obsesiva de un punto de equilibrio que conciliara los extremos en un todo orgánico y en un amplio «consensus social», en expresión que el propio Giner toma de Comte. Tal sería la función del organicismo como «intento de mediación» –así lo define Pedro Cerezo– entre el liberalismo y el socialismoPedro Cerezo Galán, «Giner de los Ríos: El “Sócrates español”. De la política a la pedagogía», vol. 2, p. 36.. Se trataba de hacer de la necesidad virtud, poniendo el eclecticismo ideológico de la Institución Libre de Enseñanza al servicio de una idea de armonía y conciliación que lo mismo habría de servir para restablecer la paz entre la naturaleza y el hombre que para abordar la cuestión social. De todas formas, aunque hay testimonios tempranos del interés del krausismo español por una concepción armónica de la sociedad más próxima al socialismo utópico que al liberalismoVéase el texto de Segismundo Moret titulado «El capital y el trabajo ¿son armónicos o antagonistas?» (1861), recogido en el volumen 3 de la obra, pp. 73-75., este último constituyó sin duda el núcleo fundamental de su ideario antes y después de la creación de la Institución en 1876.

La Institución Libre de Enseñanza y el liberalismo español

Giner y sus seguidores mantuvieron con el liberalismo una relación llena de altibajos en la que no faltaron algunos sonados desencuentros, tal vez porque en el fondo no reconocían en las instituciones gobernantes un sentimiento genuinamente liberal. «Aunque se han formado muchos gobiernos liberales», llegó a decir Luis de Zulueta en 1919, «el liberalismo no ha gobernado mucho en España»Manuel Suárez Cortina, «El sueño de la concordia nacional. Institucionismo y política en la Restauración (1875-1931)», vol. 1, p. 112.. La propia Institución Libre de Enseñanza surgió en un momento de aparente involución en la historia del liberalismo español al triunfar el pronunciamiento del general Martínez Campos y producirse poco después la llamada «segunda cuestión universitaria» con el destierro de Salmerón, Azcárate y Giner de los Ríos, decretado por el primer Gobierno de la Restauración. La puesta en marcha de la Institución Libre de Enseñanza podría considerarse, por tanto, una respuesta defensiva ante un entorno hostil. Y, sin embargo, ese repliegue del krausismo al ámbito de la enseñanza privada resultó decisivo en la elaboración del programa pedagógico del krausoinstitucionismo y en el desarrollo de un proyecto de reforma social y educativa que no tardó en influir en la actuación del propio régimen de la Restauración.

De su trayectoria política bajo el sistema canovista se ocupan Manuel Suárez Cortina, Fernando Arcas, Javier Moreno y Carlos Ferrera, cuyos trabajos plantean la relación ambivalente que la Institución Libre de Enseñanza y el propio Giner mantuvieron tanto con la monarquía constitucional como con la oposición republicana. Manuel Suárez recuerda, además, su estrecha vinculación primero con el Partido Centralista, creado en 1891 y dirigido «de una manera evidente por hombres de ciencias y de letras» –«republicanos de cátedra», los llama también–, y posteriormente con el Partido Reformista fundado en 1912 por Melquíades Álvarez, sin duda lo más parecido que hubo en mucho tiempo a un partido de intelectuales, la mayoría de ellos próximos a la Institución Libre de Enseñanza. Uno y otro partido fueron como dos mojones, relativamente distantes entre sí, que marcaron el camino en la larga transición entre las dos repúblicas, la primera calificada de «república de filósofos» y «régimen de intelectuales» y la segunda, directamente, de «república de los intelectuales»La caracterización de la Primera República como «república de filósofos» y «régimen de intelectuales», en Luis Araquistáin y, con reservas, José María Jover, respectivamente (Luis Araquistáin, El pensamiento español contemporáneo, Buenos Aires, Losada, 1962, p. 34; José María Jover, Realidad y mito de la Primera República, Madrid, Espasa Calpe, 1991, p. 43). Lo de «república de los intelectuales», denominación que haría fortuna, se encuentra en Azorín: «La República es de los intelectuales», Crisol, 4 de julio de 1931.. Ahora bien, la afinidad del movimiento krausista con el republicanismo, patente en la adscripción de algunos de sus miembros, como Hermenegildo Giner, al Partido Radical y en su importancia como cantera del personal político de ambas repúblicas, no debe ocultar lo esencial: el accidentalismo de Giner de los Ríos y sus discípulos ante las formas de gobierno y la colaboración que en ocasiones mantuvieron con los poderes públicos bajo los gobiernos liberales de la Restauración, especialmente a partir de la creación del Ministerio de Instrucción Pública en 1900. Tanto Javier Moreno –«Los institucionistas, el Partido Liberal y la regeneración de España»– como Carlos Ferrera –«Segismundo Moret, Francisco Giner y la Institución Libre de Enseñanza»– abordan el colaboracionismo de la Institución con datos y argumentos inapelables, empezando por el hecho mismo de que algunos destacados dirigentes del liberalismo dinástico, como Montero Ríos, Moret, Canalejas y Romanones, mantenían una estrecha relación personal con la Institución; en el caso de los dos primeros, tan estrecha que participaron en su fundación. Esta circunstancia favoreció la incorporación del krausoinstitucionismo a los organismos creados por el poder, sobre todo en materia educativa, para desarrollar la política regeneracionista impulsada tras el Desastre del 98. Antes incluso de esta fecha, Segismundo Moret, siendo ministro de Fomento, ya se había dirigido a Giner solicitándole «unas cuartillas gacetables sobre autonomía universitaria» y dos meses después le agradecía el envío de una serie de proyectos con los que se mostraba «muy conforme en cuanto a su espíritu»Cartas de Moret a Giner de marzo y mayo de 1893; en Carlos Ferrera, op. cit., p. 191..

Giner de los Ríos con Bernardino Machado y Ricardo Rubio, Madrid, septiembre de 1908

En realidad, las dos partes –el liberalismo dinástico y la Institución Libre de Enseñanza– tenían poderosos motivos para mantener y estrechar esos vínculos. La presencia de algunos hombres de Giner, como Rafael Altamira, en puestos clave de la administración educativa daba credibilidad y solvencia a las reformas oficiales. Por su parte, la receptividad de los gobiernos liberales a las propuestas institucionistas facilitaba su tránsito, vía Gaceta, del mundo de las ideas abstractas al de las realidades tangibles, haciendo casi inevitable, como dice Carlos Ferrera, la aceptación tácita del régimen como instrumento de un cambio evolutivo del país a través de la enseñanzaIbídem, p. 189.. Algo parecido podría decirse de la participación de la Institución Libre de Enseñanza en el Instituto de Reformas Sociales, presidido por un institucionista de primera hora, Gumersindo de Azcárate, víctima en su día de la «segunda cuestión universitaria» y ejemplo de un típico fenómeno de la Restauración: la facilidad con que un personaje público podía pasar de ser perseguido por el régimen a ser abducido por él. El balance de esa colaboración en materia social, cultural y educativa –Junta para Ampliación de Estudios, Residencia de Estudiantes, Centro de Estudios Históricos, Instituto-Escuela, mejora de las condiciones laborales de los maestros– permite a Javier Moreno afirmar que hubo un momento, en vísperas de la Gran Guerra, en el que los institucionistas «rozaron sus metas con los dedos»Javier Moreno, op. cit., . 179.. A partir de entonces, la crisis del turnismo, la muerte de Giner en 1915 y el relevo generacional entre sus seguidores, patente en el nuevo protagonismo de Ortega y en el ingreso de algunos de ellos en el PSOE, marcaron un decisivo punto de inflexión en las relaciones entre la Institución Libre de Enseñanza y el régimen constitucional. Tan solo el papel desempeñado por el Partido Reformista en los últimos meses de la monarquía canovista devolvió la esperanza en una democratización del sistema desde dentro, como hubiera sido el deseo de la vieja guardia de la Institución Libre de Enseñanza; una opción que el pronunciamiento de Primo de Rivera en 1923 dejó definitivamente obsoleta. La polarización política de los años veinte y treinta hizo el resto.

Continuidades (culturales) y rupturas (políticas)

El accidentalismo y el espíritu reformista que presidieron la colaboración de la Institución Libre de Enseñanza con el régimen de la Restauración tenían ciertamente difícil encaje en el crispado ambiente político de los años posteriores. Pese a ello, los cambios de régimen operados en 1923 y 1931, que sus artífices presentaron como una drástica ruptura con el pasado, no bastaron para interrumpir del todo, por lo menos hasta 1936, una continuidad de fondo más poderosa y persistente de lo que se piensa. No es casualidad que al principio de la Guerra Civil un autor afín a la España sublevada reprochara al general Primo de Rivera el hecho de haber claudicado en su día ante la «pérfida obra institucionista, dejándose cazar como débil mariposa en las redes que expertos entomólogos le tendían»Enrique Suñer, Los intelectuales y la tragedia de España, Burgos, Editorial Española, 1937; en Santos Juliá, «Una obsesión muy católica. Pasar por las armas a la señora Institución», vol. 1, p. 350..

Hay multitud de testimonios de esa presencia de la Institución Libre de Enseñanza en la vida académica y cultural de aquellos años, uno de ellos tan significativo –y todavía hoy día tan poco conocido, aunque sea citado de pasada en este libro– como el documental cinematográfico rodado a finales de los años veinte por el socialista Luis Araquistáin, minucioso inventario de la efervescencia cultural y científica y de los avances del sistema educativo español en plena dictadura de Primo de Rivera. Resulta curioso, por ello, que este documental fuera exhibido por Rodolfo Llopis, director general de Primera Enseñanza al principio de la Segunda República, en la Semana Pedagógica celebrada en Cuenca en 1932 como expresión de los grandes logros educativos del régimen republicano. Su utilización propagandística por la República no dejaba de ser una licencia histórica algo forzada habida cuenta del origen de la película, porque aquellas imágenes del Grupo Escolar Cervantes, de la Residencia de Estudiantes, del Instituto-Escuela, de los distintos laboratorios de la Junta para Ampliación de Estudios y de las «escuelitas» recientemente construidas por toda la geografía nacional demostraban hasta qué punto el «renacer pedagógico de España», como lo llamaría años después Rodolfo Llopis, se había iniciado bajo la monarquía alfonsina. Otra cosa es que la República pretendiera llevarlo hasta sus últimas consecuencias al hacer de la Institución el modelo educativo y cultural del nuevo EstadoJuan Francisco Fuentes, «La arboleda encontrada. ¿Qué es España? Un documental atribuido a Luis Araquistáin», en El laboratorio de España. La Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, 1907-1939, Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (SECC)/Residencia de Estudiantes, 2007, p. 252-261. El documental, perdido durante muchos años, fue recuperado y restaurado por el Instituto Valenciano de Cinematografía y editado en DVD por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales con ocasión del centenario de la Junta para Ampliación de Estudios.. Esa continuidad de proyectos y, en algunos casos, de personas se aprecia también en la construcción de la Ciudad Universitaria de Madrid impulsada a finales de los años veinte por un patronato presidido por Alfonso XIII, que nombró secretario ejecutivo a un institucionista de pro, y futuro presidente del Gobierno republicano, como el doctor Juan Negrín. Algo parecido podría decirse de las Misiones Pedagógicas de la Segunda República, cuyos antecedentes se reconocen sin dificultad en las «misiones ambulantes» de las que le habló Giner de los Ríos al ministro de Fomento, José Luis Albarada, en 1881; en una visita de inspección que un conocido institucionista, comisionado por el propio ministro, realizó por las escuelas gallegas en 1884, de la que dio cuenta en una memoria titulada Una misión pedagógica, y, ya con el nombre de «misiones pedagógicas», en unas notas de Giner fechadas en 1900. Estas líneas de continuidad histórica tuvieron más importancia de lo que hoy en día suele reconocerse, tal vez por la tendencia de la historiografía al uso a dar prioridad al lado épico y convulso de nuestra historia política.

El preámbulo de la Ley General de Educación de 1970 reproducía párrafos del real decreto de 1918 por el que se fundó el Instituto-Escuela

La ruptura vino con la Guerra Civil y con el triunfo de los enemigos tradicionales de la Institución, que se aprestaron a poner fin a más de medio siglo de penetración krausista en la vida nacional. Se trataba ni más ni menos que de «pasar por las armas a la señora Institución», como enfáticamente reclamó una revista de la España franquista en marzo de 1937. Al año siguiente, José Pemartín insistía en esa cruzada contra la Institución Libre de Enseñanza, «anti-católica, anti-española», de la cual, afirmaba el escritor jerezano, no había de quedar «piedra sobre piedra». «Para que España vuelva a ser», escribió por su parte el presidente de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, «es necesario que la Institución no sea»Todas las citas en Santos Juliá, «Una obsesión muy católica», op. cit., p. 354.. Del intento de acabar para siempre con la «señora Institución» se ocupa Santos Juliá en un capítulo que termina en 1939, año del que arranca el ensayo de Elías Díaz sobre la ofensiva nacionalcatólica lanzada en el primer franquismo contra el mundo institucionista y su memoria. Junto a esta aproximación ineludible, pero previsible, a la gran revancha católica contra la Institución Libre de Enseñanza, debería haberse prestado atención a un aspecto más sorprendente y mucho menos conocido de las relaciones entre catolicismo e institucionismo, como fue el interés que el Opus Dei mostró en pleno franquismo por la figura y la obra de Giner de los Ríos.

La historia la cuenta Octavio Ruiz-Manjón en su estudio introductorio a la reedición en 2010 del libro La Institución Libre de Enseñanza, publicado en 1962 por Vicente Cacho, que el año anterior había presentado la obra como tesis doctoral. Cacho había entrado ya en contacto con la Institución, si bien de forma incidental, tanto a través de su entorno familiar como en sus estudios universitarios, en los que tuvo como profesor al geógrafo Manuel de Terán. Pero la idea de dedicar su tesis a la Institución Libre de Enseñanza le vino del mismísimo José María Escrivá de Balaguer, que se la hizo llegar a través de Florentino Pérez-EmbidOctavio Ruiz-Manjón, «De un discreto encanto liberal. Estudio introductorio», en Vicente Cacho Viu, La Institución Libre de Enseñanza, Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales–Fundación Albéniz, 2011, pp. xvii-xviii.. Sobre el interés que Escrivá de Balaguer pudiera tener en la Institución caben diversas interpretaciones. Ruiz-Manjón apunta su valor como precedente histórico, lleno de provechosas enseñanzas, del proyecto universitario del Opus Dei, puesto en marcha en 1952 con la creación de la Universidad de Navarra. Existe, asimismo, un cierto paralelismo entre el propósito de Escrivá de Balaguer de convertir al Opus en cantera de elites dirigentes destinadas a situarse estratégicamente en los principales centros de poder y el empeño gineriano de formar «hombres útiles» capaces de ejercer, desde una posición eminente, una sana influencia sobre la realidad nacional. Puede que esa doble afinidad –la importancia de la educación y el protagonismo de las elites– explique también el eco de los principios institucionistas que se aprecia en la Ley General de Educación de 1970, obra del ministro José Luis Villar Palasí, próximo al Opus. Tanto es así que, tal como descubrió en su día Manuel de Puelles, el preámbulo de la Ley General de Educación reproducía casi textualmente párrafos enteros del real decreto de 1918 por el que se fundó el Instituto-EscuelaEn Alejandro Tiana Ferrer, «La impronta de la Institución Libre de Enseñanza en la democracia española», vol. 1, p. 420.. Tan sorprendente como este afán utilitario que la obra de Giner despertó en el Opus Dei, resulta la dura crítica formulada por Luis Araquistáin, ya en el exilio, contra el krausismo en general, ajeno, según él, al «gran problema de España» –la reforma económica–, y en particular contra los krausistas de 1936, que, «con muy pocas excepciones, desaparecieron del trágico escenario o se inhibieron en la defensa de la República»Luis Araquistáin, El pensamiento español contemporáneo, op. cit., p. 39.. Tal vez su diatriba contra los discípulos de Giner, desconcertante en un socialista que además educó a sus hijos en el Instituto-Escuela, se comprenda mejor si recordamos su nunca desmentida admiración por Menéndez Pelayo.

Francisco Giner de los Ríos y José Castillejo

Habría sido deseable que estas casi dos mil páginas sobre Giner y la Institución Libre de Enseñanza hubieran dedicado algún espacio a esas historias cruzadas en torno a la Institución, aun a riesgo de caer en una cierta incorrección política al recordar el interés que despertó en algunos medios católicos a priori hostiles –algo apuntan José García-Velasco y Juan Ignacio Palacio, pero para la Restauración– y el rechazo que mereció en un sector de la izquierda obrera, receloso, como mínimo, de aquellos a quienes Indalecio Prieto llamaba «los masa encefálica». Aun así, la obra justifica ampliamente el subtítulo de Nuevas perspectivas que figura en los tres volúmenes, el segundo de los cuales, de 848 páginas, abarca las múltiples dimensiones de la labor cultural y educativa de la Institución: la filosofía, la ciencia, la estética, la arquitectura, la enseñanza…, y junto a todo ello las instituciones científicas y educativas, las figuras señeras del institucionismo y la diversa implantación territorial del ideario de Giner. Esta última cuestión se focaliza en siete regiones –sorprende la ausencia de Asturias–, una de las cuales, Castilla y León, reaparece en el capítulo siguiente dedicado a la Fundación Sierra Pambley, radicada en LeónElena Aguado Cabezas, «La Institución Libre de Enseñanza y la Fundación Sierra Pambley. Un camino de ida y vuelta», vol. 2, pp. 389-409.. No es de extrañar el protagonismo de esta provincia en el recorrido por la geografía institucionista, si tenemos en cuenta el origen leonés de la familia Azcárate y de un buen puñado de jóvenes alojadas en la Residencia de Señoritas de MadridIbídem, p. 407..

Giner, Azcárate, De los Ríos, Cossío, Zulueta, Pedregal: la reiteración de algunos apellidos a lo largo de su historia le da a la Institución un cierto aire de empresa familiar. Tiene razón García-Velasco, en un ensayo que no en vano se titula «Giner y su descendencia», al subrayar la «singular importancia» de las redes de parentesco en la historia de la Institución Libre de Enseñanza, pero también de los vínculos que en torno a la amistad, la profesión o el paisanaje establecieron familias de gran prosapia institucionista. De ahí la sensación de bloque endogámico que ofrece a menudo la Institución y que pudo resultar clave en su supervivencia a partir de 1939, incluso en el interior de España, cuando recién terminada la Guerra Civil algunas familias institucionistas consiguieron fundar en Madrid el Colegio Estudio. Queda mucho por saber todavía de unas redes familiares, que, en condiciones extremadamente difíciles, en España o en el exilio, fueron capaces de preservar el legado de Giner hasta nuestros díasJosé García-Velasco: «Giner y su descendencia», vol. 2, pp. 123-124..

Un proyecto nacionalizador

Durante más de medio siglo, no hubo progreso en la vida nacional que no guardara alguna relación con la Institución Libre de Enseñanza, ya fuera en la ciencia, en la enseñanza, en el papel de la mujer, en las relaciones con Europa, en la cuestión social o en el fomento del deporte y la educación física, entendida, en palabras de Francisco López Serra, «como un medio de regeneración del país o la nación»Francisco López Serra: «La enseñanza de la educación física en la Institución Libre de Enseñanza y el Instituto-Escuela», vol. 2, p. 530.. En realidad, todo en el proyecto global de la Institución Libre de Enseñanza tiene una finalidad regeneradora de un cuerpo debilitado y enfermo. Lo curioso es constatar las vacilaciones que, como en la cita anterior, se producen a la hora de designar el objeto de esa política curativa, identificado según el momento y el autor con la nación, el país, la patria o el pueblo español. Para Giner, el problema afectaría a la propia personalidad del paciente: «¡Lo que se necesita es un pueblo!», le respondió a Joaquín Costa, que clamaba por «un hombre» capaz de resolver los males de la patria.

Durante más de medio siglo, no hubo progreso en la vida nacional que no guardara alguna relación con la Institución Libre de Enseñanza

La cuestión aparece como de soslayo a lo largo de estos tres volúmenes, a veces en notas a pie de página, como si los autores debatieran entre sí o con obras anteriores y no se atrevieran a plantear abiertamente sus discrepancias. José García-Velasco, siguiendo a Eugenio Otero, rechaza que «el patriotismo de Giner» pudiera ser expresión de un «nacionalismo armónico», según la fórmula acuñada en su día por Javier Varela. Nacionalismo, no; patriotismo, sí, pues, a diferencia del primer término, el segundo sería conciliable con la «orientación finalmente democrática de los institucionistas»José García-Velasco: “Giner y su descendencia”, p. 166 n.. Antonio Morales y Demetrio Castro abundan igualmente en el patriotismo como elemento fundamental del ideario institucionista y descartan como «probablemente desacertado» atribuirle «contenidos nacionalistas», si bien señalan la «incuestionable» importancia que el krausismo atribuye a la nación «como realidad social significativa y valiosa»Demetrio Castro y Antonio Morales Moya, «Patriotismo institucionista. La idea de España en la Institución Libre de Enseñanza», vol. 2, p. 714.. Carlos Ferrera, por el contrario, califica de «proyecto nacionalista de raigambre liberal» la política educativa, de inspiración krausista, de Segismundo MoretCarlos Ferrera, op. cit., p. 204., mientras que Mariano Esteban defiende sin ambages la existencia de un doble nacionalismo en el discurso historiográfico de la Institución Libre de Enseñanza: un «nacionalismo cívico, de raíz liberal», y otro «cultural» de origen germánicoMariano Esteban de Vega, «La Institución Libre de Enseñanza y la historiografía española»,  vol. 2, p. 750.. José-Carlos Mainer, por su parte, titula su colaboración «Alrededor de 1915: Nacionalismo y modernidad», aunque en su contenido hay más de lo segundo que de lo primero. No todo el mundo, por tanto, rehúye una palabra que tiene mucho de tabú.

Puede parecer un debate bizantino, pero el propio Giner de los Ríos se mostró muy cuidadoso con los términos empleados por él, reivindicando, por un lado, a la nación como «la más desarrollada de las personas jurídicas» y, por otro, defendiendo un «patriotismo sincero, leal, activo». Un sentimiento que sus seguidores hicieron suyo sin complejos: Hermenegildo Giner se incluyó entre quienes «no creemos cursi ser patriota [y] nos indignamos ante el grito de “¡muera España!’” y Altamira afirmó que «se puede ser patriota […] sin ser por ello nacionalista a la manera de Barrès»En Fernando Arcas, op. cit., vol. 1, p. 130, y Demetrio Castro y Antonio Morales Moya, op. cit., vol. 2, p. 737, respectivamente.. El fundador de la Institución estableció tácitamente como un umbral infranqueable entre patriotismo y nacionalismo, pese al carácter central del concepto de nación en su idea de España. ¿Llegó el institucionismo a traspasar ese umbral? El tema es sumamente complejo debido a las turbulencias semánticas que han experimentado en los dos últimos siglos conceptos de la entidad de patria y nación y sus respectivos ismos políticos. A tenor de una visión hoy en día preponderante, se diría que mientras que el patriotismo puede encajar, aunque con dificultad, en un proyecto progresista, el nacionalismo es una ideología necesariamente reaccionaria, salvo que se trate de un nacionalismo opuesto al español, en cuyo caso podría ser perfectamente de izquierda. Esta disociación ad hoc de los nacionalismos peninsulares –todos buenos, excepto el español, que sería malísimo– explicaría la reticencia de la izquierda hacia los conceptos de patria y nación referidos a España o su negativa a reconocer como nacionalista el proyecto gineriano. Todo ello no basta, sin embargo, para entender por qué Giner, libre de los prejuicios de la actual izquierda española, asumía como propia la voz nación, pero no sus derivados. La razón es generacional, porque el término nacionalismo no entra de lleno en el léxico político del mundo contemporáneo hasta el tránsito del siglo XIX al XX y, por tanto, es ajeno al lenguaje de la generación de Giner. Todo lo contrario ocurre con patriotismo, palabra clave del vocabulario decimonónico, especialmente en su vertiente liberal.

Ahora bien, que Giner considere el nacionalismo como un fenómeno extraño, cuando no opuesto, a su ideario no impide que retrospectivamente, y con las debidas cautelas, pueda calificarse de nacionalista un proyecto como el suyo, ligado a una idea de nación mucho más cultural y sentimental que política. Sólo así cobra sentido la vocación historicista de la Institución, su interés por la cultura popular, la importancia que concede a la educación física como instrumento de regeneración de la raza y su constante evocación del paisaje, sobre todo del paisaje castellano, como fuente de inspiración de un gran proyecto nacionalizador. A partir de ahí, se entiende también la influencia que alcanzó la Institución Libre de Enseñanza durante la monarquía canovista y la dictadura de Primo de Rivera, no por debilidad del dictador ante la supuesta labor de zapa del krausismo, como afirmó después el nacionalcatolicismo, sino por los servicios que la Institución podía prestar a la política de regeneración nacional auspiciada por el régimen. Esa colaboración tenía, en todo caso, sus límites, marcados por la estrecha relación de la dictadura con la Iglesia católica, poco interesada en fomentar un nacionalismo de masas con tintes modernizadores. La ventaja de la Segunda República en su política cultural y educativa radicaba en su laicismo militante, que permitía a la Institución Libre de Enseñanza desplegar su nacionalismo secularizador sin las cortapisas y servidumbres del modelo nacionalcatólico. En el fondo, las posibilidades nacionalizadoras de la República, y con ella de la Institución Libre de Enseñanza, eran mucho mayores que las de un régimen subordinado, por lo menos en parte, a los intereses de la Iglesia, como en gran medida lo había sido la dictadura de Primo de Rivera.

Frente a la incomodidad que puede provocar una interpretación nacionalista de la Institución Libre de Enseñanza, cabría preguntarse si el verdadero oxímoron no era el nacionalcatolicismo. Así lo vino a decir Manuel Azaña al anunciar en 1932 que la República se proponía poner fin a una «digresión monstruosa» en la historia de España que comienza en el siglo XVI, cuando la monarquía se puso al servicio de «una idea imperialista y católica». «España es anterior a Recaredo», llegó a afirmar Azaña en aquella ocasión, «y cuando los últimos vestigios de la posteridad espiritual de Recaredo hayan desaparecido, España subsistirá»Discurso pronunciado por Manuel Azaña en la asamblea de Acción Republicana, 28 de marzo de 1932; Santos Juliá (ed.), Obras completas, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, vol. 3, pp. 307-308.. Cuesta imaginar que Giner hubiera llegado tan lejos en la formulación de un nacionalismo a la vez tan rotundo y tan abiertamente en conflicto con la tradición católica. Aquí de nuevo se aprecia el notable salto generacional que existe entre Giner y sus epígonos, en particular aquellos que, como Azaña y Ortega, pertenecían a la generación del 14, mucho menos acuciada por la cuestión religiosa.

«La Institución me recuerda a Port-Royal», afirmó el propio AzañaIbídem, vol. 7, p. 283. Véase, en la misma página, el apunte anterior «Sobre Giner de los Río»., estableciendo una sugerente comparación entre el jansenismo francés y el institucionismo español. Antonio Morales, que califica de «feliz expresión» la ocurrencia de Azaña, recuerda que en origen el krausismo fue una metafísica con una visión trascendental de la vida rayana en lo religiosoAntonio Morales Moya, «Una paideia española. Ciento setenta años de krausismo e institucionismo en España», vol. 2, pp. 24 y 21., lo cual explicaría tanto su doble vocación ética y estética como su afinidad con la masonería, ampliamente documentada dentro y fuera de EspañaPedro Álvarez Lázaro, «Relaciones del krausismo español con la masonería», vol. 2, pp. 261-277.. Esa espiritualidad originaria del krausismo se reconoce fácilmente en Giner, y de ahí los diversos intentos a lo largo de estos tres volúmenes por definir esta dimensión clave de su pensamiento. Se habla de «racionalismo armónico», de estoicismo, de puritanismo, de «salvación por el conocimiento», de pietismo y del «hombre armónico» de Giner como una «obra de arte espiritual» (Pedro Cerezo). Todo confluye en una doctrina estética que recoge, por un lado, el viejo concepto krausiano de «poesía interior», una especie de belleza escondida hasta en las cosas más humildes, y, por otro, una interpretación del arte español muy ligada a ciertos rasgos específicos de índole cultural y religiosa, analizados por Manuel Bartolomé Cossío en los dos fragmentos sobre Velázquez y El Greco –Cossío fue su gran «descubridor»– recogidos en el tercer volumen de esta edición.

La teoría estética de la Institución nos devuelve al paisaje. Nicolás Ortega se ocupa de él en un estupendo capítulo dedicado a desentrañar el significado de la sierra de Guadarrama en la vida y en el legado de Giner, cuya «orientación patriótica o nacionalista» –de nuevo el dilema– resulta inseparable de su vivencia del paisaje y de su mirada sobre él. Todo Giner está en su relación con la sierra madrileña, incluida la pasión por la historia, patente en su descubrimiento del monasterio del Paular como «lugar de memoria» –en expresión de Nicolás Ortega– de toda una idea de España. Tal vez no iba tan descaminado quien acusó al institucionismo de practicar un «patriotismo geológico» si atendemos a la preferencia de Giner por el tiempo lento del paisaje frente al discurrir atropellado y efímero de la política. «Las obras lentas son las duraderas. ¡Ojalá esta nación lo comprenda algún día!», escribió él mismo al poco de fundar la Institución Libre de Enseñanza. Nada más lento que el tiempo geológico y nada más duradero que sus creaciones. No es de extrañar por ello que John Dos Passos lo recordara unos años después de su muerte como «un hombre que amaba las montañas».

Juan Francisco Fuentes es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense y es en la actualidad Visiting Senior Fellow en el IDEAS Centre de la London School of Economics. Su último libro, con Pilar Garí, lleva por título Amazonas de la libertad. Mujeres liberales contra Fernando VII (Madrid, Marcial Pons, 2014).

11/03/2014

 
COMENTARIOS

Javier 11/03/14 21:28
Estupenda reseña. Enhorabuena, no pasan cinco líneas sin que se renueve el interés. Me ha venido a la cabeza el recuerdo emocionado de mi suegro, leonés, educado en la Institución, que todos los días hacía gimnasia para mover cada una de las articulaciones del cuerpo. En el retrato de algunas de las figuras de la Institución, quizá habría que considerar la voluntad de austeridad como una de las claves de su comportamiento y de su visión del mundo.

Alejandro Vilafranca 12/03/14 16:49
Interesantísimo artículo. Quizás podría añadirse una referencia a Antonio Machado, en lo tocante a la exaltación del paisaje castellano en la ideología regeneracionista.

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