ARTÍCULO

El tablado del novelista Miguel Sánchez-Ostiz

Espasa Calpe, Madrid
548 pp. 28,90 euros
 

Cincuenta años después de su muerte, Pío Baroja sigue reclamando la atención del lector. Uno de los que más se la presta es Miguel SánchezOstiz, que, entre novela y novela, ha encontrado tiempo en los últimos años para escribir, además de numerosos artículos, Derrotero de Pío Baroja (2000) y para editar la selección de fragmentos Opiniones y paradojas (2000) y la novela inédita de Baroja Miserias de la guerra (2006).Viene a cuento recordarlo para dejar claro que este ensayo de biografía no es una ocurrencia súbita del novelista navarro, sino la desembocadura, por el momento, de una larga dedicación a leer y comentar los escritos de Baroja y a rastrear sus andanzas personales.
Probar a escribir una biografía de Baroja no es empeño baladí después de que, en 2001, Eduardo Gil Bera publicara la pendenciera Baroja o el miedo, empeñada en desbaratar heroicamente la reputación del escritor, cuando no las de sus familiares y estudiosos. El designio de Sánchez-Ostiz no es tan aniquilador. Se propone, dice al explicar su título, «examinar las puestas en escena, revisar las ocasiones en que Pío Baroja habla de sí mismo, cuando se define, tanto de manera afirmativa como negativa, defendiéndose de lo que otros han dicho de él y no le ha gustado, o sin motivo alguno» (p. 14). Se propone, en suma, mostrar cómo tramó el novelista las apariciones en su tablado.Tal planteamiento deja ver que aborda la materia con precaución, sabedor de que ha de examinar cautelosamente y confrontar con datos cada afirmación del escritor o de sus próximos, porque abundan contradicciones, escamoteos y falsedades. Como resultado, este libro se lee con más agilidad y provecho que el de Gil Bera, pese a su volumen excesivo.
El trabajo de Sánchez-Ostiz se fundamenta en bases sólidas. Es lector de Baroja hasta la minucia, conoce sus obras y hasta los avatares editoriales de muchas de ellas. También sabe de la existencia de escritos y documentos personales en el archivo de Itzea a los que no ha tenido acceso, lo que le veda llegar a numerosas precisiones. Por lo demás, le mueve la curiosidad de quien aprecia la obra que analiza –«me irrita en la misma medida en que me emociona y me admira», declara de entrada (p. 13)–, aunque dicho interés no le ciega ni le priva de la capacidad para analizar y discriminar.
Por añadidura, conoce bien algunos de los rincones en los que transcurrió buena parte de la vida de Baroja o donde tuvieron lugar episodios cruciales de ésta, y ha indagado en memorias personales y archivos sobre su pasado. Así, puede puntualizar con minucia acerca de la Pamplona que Baroja vivió de niño, acerca de Itzea y Vera de Bidasoa, acerca de las personas con las que el novelista convivió y de las que tuvieron algún papel en su existencia. Son buen ejemplo de esa indagación rigurosa las páginas que dedica al mal trago que a Baroja infligieron los requetés en los primeros compases de la Guerra Civil (pp. 296-312). Sánchez-Ostiz repasa las versiones –contradictorias en detalles sustanciales– de Baroja y sus deudos, y las compulsa con los datos históricos, con las informaciones de prensa, con otros testimonios, en un proceso de desenmarañamiento que tiene mucho de modélico. Su libro aporta así numerosos esclarecimientos interesantes.Sin embargo, los resultados de este esfuerzo, en algunos aspectos de toda evidencia enorme, decepcionan de algún modo. En parte acaso porque el autor mismo reconoce los límites de su logro: a menudo explicita el punto ciego u oscuro que no puede dilucidar, declara lo que ignora o no se puede saber, admite que no hay más. SánchezOstiz incluso deja escrito, ya mediada la obra, que «estamos muy lejos de poder escribir la biografía cabal y minuciosa, basada en la exactitud del dato, y sólo en eso, de Pío Baroja» (p. 294).Tal signo de probidad intelectual y llaneza se agradece, pero también resulta fastidioso. El lector acaba por preguntarse si un tomo de quinientas páginas sobradas debe dedicarse a constatar lo que no puede ofrecer de una biografía cabal.
Hay, además, algunos rasgos de procedimiento que afean la obra y desmerecen el trabajo que comporta. Son o parecen ser derivaciones del tono informal, en muchos pasajes coloquial, con que escribe Sánchez-Ostiz, por otra parte el más idóneo para poner sobre el papel lo que atañe a un autor que hizo de la sencillez y de la repugnancia a los formalismos una seña de identidad principal.
El primero es el exceso de glosa. A menudo, el autor explica qué dice tal o cual escrito de Baroja, en lugar de citarlo textualmente. Así evita el molesto aparato de notas e indicaciones de página, que hubieran dado al libro un aspecto más académico. Pero éste no siempre empobrece. Resulta chocante, pongamos por caso, leer: «Es en este pasaje donde dice de sí mismo una de las cosas más asombrosas que escribió: la veracidad no es para él un convencimiento, sino una técnica» (p. 143). El lector se ve obligado a deducir en qué texto concreto de los varios que glosa ahí escribió Baroja algo así, y aún le quedará la laboriosa tarea de localizar en él dicho pasaje. La cita textual puede parecer un estorbo, pero es una herramienta de verificación que un autor no debería nunca regatear al lector, sobre todo cuando se aplica a reconstruir en detalle lo que un autor dijo de sí a lo largo de una vida. El segundo es el derroche de alusiones. Sánchez-Ostiz refuta reiteradamente a «quien ha escrito» o a «quien ha dicho» esto o lo otro, sin dejar claro a quién se refiere.A menudo parece aludir a la citada obra de Gil Bera, pero no la menciona hasta una nota de la página 308, y luego ni siquiera figura en la bibliografía. En otras ocasiones muy probablemente son otros el blanco de sus alusiones y réplicas. Pero obligar al lector a adivinarlo parece impropio de un libro serio. Si alguien dijo algo que merece la pena mencionar o rebatir, se ha ganado que se lo discutan de cara, publíquese su nombre y cítese la obra donde figura el despropósito.Al no hacerlo así, el texto parece campo minado de sobreentendidos y reticencias que socavan su propia credibilidad. Paradójicamente, este procedimiento impropio lo practicó por sistema Gil Bera. De extenderse, amenaza con convertir la crítica y el estudio de Baroja en discusión de patio de vecindad, cuya inteligencia queda reservada a quienes están al tanto de los presupuestos que determinan el sentido de cada alusión.
El ensayo biográfico de Sánchez-Ostiz presenta, en definitiva, un muestrario de claroscuros, de aportaciones interesantes y de vicios lamentables en su hechura. Quizá por eso mismo resulta una instantánea esclarecedora del momento actual de los estudios sobre Baroja.

01/09/2006

 
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