ARTÍCULO

Cuentos de amor de locura y de muerte

 

Quién sabe por qué caminos extraños llega a nosotros la imagen de una persona a la que nunca hemos conocido y de la que no tenemos noticias directas, de la que, además, tratándose de un autor de libros, puede que ni siquiera hayamos leído una sola de las páginas que ha escrito.Y sin embargo, ahí está su proyección pública como avanzadilla de su obra y también como su obra misma, pues son sus efectos, la impresión que la lectura de sus libros ha dejado en los lectores, los que corren como un polen, fecundando en alguna medida también a aquellos que no son ni van a ser nunca sus lectores.

 

Basta preguntar en ciertos ambientes en los que, eso sí, la literatura no sea una auténtica rareza, para comprobar cómo el escritor uruguayo Horacio Quiroga, se hayan leído o no sus libros, conserva un halo de padre fundador, casi de símbolo, por lo que al cuento se refiere, en el mundo de la literatura en español. De ahí que comentar, aunque sea en esta libérrima sección de la Revista de libros, la obra de un escritor de tales características no deje de ser un empeño por demás arriesgado. La ocasión la suscita, sin embargo, la estupenda edición que de uno de sus mejores libros de cuentos, si no el mejor, hace una editorial recién nacida con el nombre de Menoscuarto Ediciones, que parece querer volver a aquellos tiempos todavía no lejanos en que las casas editoriales con vocación literaria rehusaban vender simplemente papel impreso, encuadernado con más o menos gracia, que es, según se nos figura a muchos, lo que está pasando ahora.

Sobre el título de este libro pesan ya, desde el mismo día de su alumbramiento, muchos comentarios y no poca polémica. Algún editor incluso se atrevió a corregirlo añadiéndole una coma en contra de los deseos de su autor, que siempre quiso que se escribiera así: Cuentos de amor de locura yde muerte.

En el magnífico estudio preliminar que hace el joven escritor argentino Andrés Neuman, cuya lectura es muy recomendable, algo se dice de ello. Mi impresión es, no obstante, personal y me viene sugerida por la propia lectura de los cuentos de Quiroga. El título, de transgresora sintaxis, me parece que acierta más que yerra, a pesar de que los gramáticos se hayan echado las manos a la cabeza. En un escritor ha de primar sobre todo la expresividad y de esa manera anómala, sin la coma que aparentemente falta, se nombra mejor a la colección de relatos que aquí se recogen.

¿Son, como he leído en algún sitio, relatos de amor de locura, por un lado, y de amor de muerte, por otro; es decir, de amor enloquecido o loco y de amor mortal o aniquilador? Podría ser.A mí me parece, sin embargo, que el título sólo alude a dos clases de relatos: los que tratan de un amor enloquecido y los que tienen por motivo la muerte. Un último grupo, aquellos que no son una cosa ni otra, pongo por caso «Los pescadores de vigas» o «Nuestro primer cigarro», quedarían fuera, y ése sería mi único reproche.

La edición consta de dieciocho relatos, los quince que incluyó Horacio Quiroga en las últimas ediciones del libro, y los tres que excluyó. Éstos se titulan: «Los ojos sombríos», «El infierno artificial» y «El perro rabioso».Asimismo, el volumen recoge algunas reflexiones bastante breves, pero enjundiosas del escritor sobre el arte de escribir cuentos: su famoso «Decálogo del cuentista», pero también «El manual del perfecto cuentista», «Los trucs del perfecto cuentista» y «La retórica del cuento», además, claro, del trabajo preliminar de Neuman ya mencionado antes.

Sobre la inclusión de los excluidos hay opiniones para todos los gustos. Pero desde que Max Brod nos diera a conocer la obra de Kafka, en contra de sus disposiciones testamentarias, el asunto se ha relativizado muchísimo.Yo lo agradezco en lo que vale como una oportunidad para conocer toda la obra de Quiroga, aun aquella que él quiso apartar de la vista del público.

Quiroga, aunque escribió poesía y alguna novela, fue sobre todo un escritor de cuentos.A Quiroga se le vincula con un territorio salvaje del norte argentino, Misiones, en el que lo que llamamos civilización le ganaba cruentas batallas a la selva. Ese vínculo hizo de él un escritor casi exótico, lo que, a mi juicio, no ha favorecido una cabal comprensión de su obra.

A Borges parece que no le gustaba Quiroga. Con su acreditada vocación para los pellizcos de monja, no sólo lo trató de superstición uruguaya, sino que afirmó que Quiroga escribió los cuentos que ya Kipling había escrito mejor. Quiroga nunca dejó de admitir la influencia de Kipling en su obra, como también la de Poe, la de Dostoyesky, la de Chéjov o la de Maupassant. O dicho de otra manera, reconoció que esos autores le gustaban por encima de los demás.

Un relato de este libro, el titulado «Los mensú», basta para echar por tierra comentarios tan fuera de lugar. Los mensú, peones contratados por una mensualidad, de ahí el nombre que reciben, trabajaban en los obrajes y yerbales de la selva, en condiciones espantosas. En «Los mensú» se cuenta la historia de dos de ellos durante un breve lapso de tiempo, entre el final de una y el comienzo de otra mensualidad. La percepción que los protagonistas tienen de su vida es tan brumosa como una pesadilla. Sus aspiraciones, entre la bebida compulsiva, la cópula mecánica, el vivir al minuto, sin capacidad para proyectar la vida más allá del momento presente, están casi por debajo de las que puede desear un animal, hasta que sobreviene la muerte como algo siempre súbito y sorprendente.Todo el relato, dramático y feroz, transmite una tristeza infinita; y se halla entreverado además de una fuerte denuncia social que se presenta, sin embargo, en la forma de una conmovedora peripecia humana. Si Kipling era épico, Quiroga es realista.

Pero hay algo más. No obstante haber escrito cuentos ambientados en la selva tan extraordinarios como el que acabo de mencionar, o «La insolación», que se nos narra a través del punto de vista de unos perros –menos felices me parecen «Yaguaí» o, sobre todo, «El alambre de púa» o «La miel silvestre»–, los relatos más afortunados de Quiroga tienen, a mi juicio, muy poco que ver con Kipling. Alguno de los que a mí más me gustan son cuentos de ciudad, son cuentos de Buenos Aires, cuentos, como se dice ahora, urbanos, y cuyo asunto es fundamentalmente amoroso.

«La meningitis y su sombra» podría figurar en cualquier antología de relatos, pero mucho más si ésta fuera de temática amorosa. Es verdad que hay en él un indudable eco de Maupassant,aunque estoy seguro de que el maestro francés lo hubiera firmado de haber podido. Se trata de un cuento espléndido, de esos que bastan para justificar un libro y para que el nombre de su autor quede en la historia de la literatura. Como peripecia amorosa es de una rara originalidad. Escrito en primera persona y en tiempo presente, aunque el pasado también se cuele de modo casi imperceptible, su protagonista es un joven ingeniero bonaerense que nos da cuenta de su perplejidad cuando unos conocidos, a quienes ha visitado en su casa sólo una vez, le piden que acuda a ella para tomar de la mano a una joven de diecinueve años, su hija y hermana, que yace postrada en su lecho, víctima de una meningitis que le provoca alucinaciones de amor, pues cree estar perdidamente enamorada de él, una persona a la que prácticamente no conoce.

La situación infrecuente, original, llena de intriga, está contada en forma de anotaciones puntuales en una especie de diario de su protagonista que primero atiende, entre desconfiado y sorprendido, a los requerimientos de la familia, fingiendo corresponder a ese amor, para enseguida quedar irremediablemente prendido de la bella enferma, lo que lo sumerge en una tortura inconsolable que llega a su cenit cuando la joven en lo que parece pleno delirio le pregunta: «¿... y cuando ya no delire me seguirás queriendo?».

La pregunta arroja al ingeniero a las cárceles más negras de su desasosiego amoroso: ¿me querrá, no me querrá?, se interroga. ¿Habrá fingido o de verdad alucinará? ¿Estaría lúcida cuando me hizo esa pregunta? Y, si es así, ¿qué pretende de mí? No quiero seguir, porque, como siempre, aspiro a que quien se acerque a estas páginas acuda luego al libro comentado. Estoy bien seguro de que al menos en esta ocasión no se arrepentirá. Nos hallamos ante un cuento redondo, perfecto de planteamiento, de desarrollo y de desenlace, lo que no siempre puede decirse. Otro tanto, aunque en menor escala, podemos afirmar del primero de la colección, el titulado «Una estación de amor». Aquí el tiempo narrado es mucho más largo, once años.Y en él asistimos a la historia amorosa, esta vez contada en tercera persona, de Nébed y Lidia, dos jóvenes que al principio del relato tienen dieciocho y catorce años, respectivamente. Es admirable lo bien que se refleja el paso del tiempo en la distinta psicología de los personajes, sin necesidad de muchas palabras, a veces basta con dejarles dialogar para que se revelen a sí mismos. Es de notar, asimismo, lo bien que transmite Quiroga la belleza física de las mujeres, sea directamente, sea a través de la impresión causada en los ojos que la miran. Son apenas treinta páginas, algo menos que el anterior, pero que contienen una complejidad novelesca. Hay un elenco interesante de personajes: los dos enamorados, casi adolescentes; los padres respectivos: él, un abogado clasista, endurecido y cínico; ella, una mujer, joven todavía, pero ya degradada; ambos interfieren en la relación de los jóvenes... y, no obstante, el amor permanece puro y como tal imposible, con un fondo de tristeza, de melancolía que parece sonar en el alma del lector con una nota de violín.

Habla Andrés Neuman en su introducción de una distinción muy curiosa que el propio Quiroga, en carta a uno de sus amigos, aplicaba a sus cuentos. Decía que unos eran cuentos de efecto, y otros, historias a puño limpio, mientras que otras serían historias de monte.También decía que él prefería las historias a puño limpio, porque las de efecto, y citaba «El almohadón», considerada casi unánimemente una obra maestra, no dejan de ser de efecto, mientras que reconocía expresamente lo difícil «que es meter» [en las otras] «un final que el lector ha adivinado ya» [sic]. Esta cita que Neuman recoge es muy iluminadora. Así, podíamos hacer el intento de colocar los cuentos del libro bajo cada una de estas denominaciones.Y a mí me gustan bastante más las que Quiroga llama historias a puño limpio y que serían, a mi juicio, las siguientes: «Una estación de amor», «La muerte de Isolda», «Nuestro primer cigarro» y «La meningitis y su sombra». Mientras que entre los cuentos de efecto tendríamos: «El solitario», «Los buques suicidantes», «La gallina degollada» y «El almohadón de plumas». El resto serían de monte o de selva, aunque «Los mensú», –como toda obra maestra–, se escapa a cualquier clasificación, lo mismo que «La insolación», cuyo realismo podríamos denominar mágico avant la lettre. Dejando aparte su peculiar terminología –eso de a puño limpio, por ejemplo– Quiroga viene a poner el dedo en la llaga sobre algo central en los cuentos que tienen como ingrediente básico algún elemento de género, sea éste de terror o fantástico. Porque lo que Quiroga llama cuentos de efecto, yo lo llamaría con más propiedad cuentos de género.Así, por ejemplo, «La gallina degollada», otra obra maestra, es un cuento de género. No es momento de entrar en antecedentes o sus consecuentes, pero los tiene y muy evidentes; de tal modo es así que, aun cuando el cuento pretende deparar una atroz sorpresa final, la sensación es de que ya conocemos el desenlace, no tanto porque la propia historia lo imponga, como por pertenecer a un género que repite un esquema con variaciones, todas las variaciones posibles, desde el niño asado en el horno hasta esta falsa gallina degollada. Y otro tanto cabe decir del titulado «El almohadón de plumas» o de «El solitario», cuentos que, a despecho de su perfecta construcción, de la originalidad de su ambiente, de lo atinado de su escritura, responden a un mecanismo que precede a la narración y hacia el que se ven abocados, con mayor o menor finura y gracia, pero sin remisión.

A mí, como ya he dicho, me gustan menos que los otros, no obstante su eficacia y también su efecticismo. Y, como sin querer, me doy cuenta de que he venido a coincidir con Quiroga incluso en la terminología.

Cuentos de amor de locura y de muerte, de Horacio Quiroga, ha sido publicado por Losada.

01/06/2005

 
COMENTARIOS

juan 06/11/12 00:41
pelotudos diganque sensacion de amor da este cuento

QWEQW 08/11/12 23:53
PAJEROO DE MIERDA

mayel 27/04/13 18:23
Quiroga es sin duda un sicópata, que goza de la morbosidad de sus historias trágicas que no transmiten para nada amor....Me pregunto si el asesinato casual de su amigo fue realmente casual, por con esa mente y obsesión por la tragedia, la sangre y la muerte....da para dudar. Para leerlo hay que ser masoquista.

vale 11/06/13 20:07
gente por favor, estamos hablando de un escritor del año 1900.Solo piensen eso.. lee todos sus cuentos y son atrapantes, PIENSEEEEEEEEEEEN!!!!!!!!!

maria 23/05/16 14:17
JAJAAJAJA me matan los comentarios estaba haciendo la tarea y encuentro esto

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