ARTÍCULO

Alma y vida o la razón de una biografía galdosiana

Crítica, Barcelona, 1996
928
 


Pérez Galdós ha suscitado una bibliografía tan desbordante que su conocimiento implica una especialización en los estudios hispánicos. Contemporáneos suyosSoiza Reilly, El bachiller Corchuelo, Antón de Olmet y García Caraffa, Luis y Agustín Millares, Gregorio Marañón, Rafael de Mesa. publicaron noticias sobre su vida recogidas directamente de su boca o de las personas a él allegadas; un libro póstumo del hispanista norteamericano Chonon H. Berkowitz (Pérez Galdós: Spanish Liberal Crusader, 1948) culminó la etapa de trabajos biográficos procedentes de la tradición oral para inaugurar una segunda fase en la que la búsqueda documental ha constituido el procedimiento básico para la reconstrucción de la vida del escritorShoemaker, Pattison, Pérez Vidal, Beyrie, Camacho, Ruiz de la Serna y Ruiz Quintana, Guimerà Peraza, Bravo Villasante, Armas Ayala, Madariaga de la Campa son nombres inexcusables entre el nutrido grupo de investigadores que han participado en este laboreo.. Como suma de estas dos formas de escribir una biografía surge la Vida de Galdós publicada este mismo año por Pedro Ortiz-Armengol, diplomático que hace años viene mostrando interés en las indagaciones sobre escritores modernos, y, desde luego, un alto fervor galdosiano probado en numerosos estudios –imprescindibles sus pormenorizadas anotaciones a Fortunata y Jacinta– y en otras iniciativas que contribuyen a la continuidad calurosa de los galdosistas en ejercicio.

Su último libro vale no sólo como resultado del entusiasmo y el esfuerzo de síntesis recopiladora; en él ha desplegado con acierto un asedio a la huidiza personalidad de Benito Pérez Galdós, que justifica página a página con el acopio de datos –muchos conocidos, otros, como el largo episodio de la candidatura al Premio Nobel, allegados por su esfuerzo– y con un despliegue de hipótesis que ponen a prueba el conocimiento minutísimo que posee de la obra galdosiana. Aunque en pura teoría sea materia disputada –Proust contra Sainte-Beuve– la naturaleza de la relación que pueda darse entre experiencia vivida del escritor y el tejido de su invención literaria, no cabe ninguna duda que en muchos pasajes de la narrativa y del teatro galdosianos resuenan acontecimientos biográficos y sentimientos íntimos de don Benito; una prolongada tradición crítica viene insistiendo en esa marca de estilo –las «briznas autobiográficas que cuelgan en los hombros de los personajes» (p. 689)– y Ortiz-Armengol no hace sino corroborarla añadiendo sus propias exégesis a lo ya dicho. De manera que la síntesis interpretativa sobre la personalidad del escritor (véanse especialmente las pp. 318-325) y las constelaciones de noticias relativas a las más conocidas circunstancias de su vida hacen de este libro un recomendable instrumento de consulta y una valiosa aproximación de conjunto a la obra total de uno de nuestros clásicos modernos; con todo, el lector hubiera agradecido mayor pulcritud en la limpieza de erratas, la ausencia de algunos errores en datos mínimos y una elaboración exhaustiva de los dos índices –el onomástico y el de contenidos de capítulos–, que en la forma «selectiva» en que se presentan resta eficacia a su consulta.

Ahora bien, escribir los accidentes de una vida es trabajo de taracea en el que cuenta tanto la elección de cada pieza como el dibujo general que se obtiene y en el que los instrumentos que conducen al biógrafo al trazado de su obra deben garantizar, por supuesto, la fidelidad a los hechos que narra, al tiempo que sugieran una rica red de asociaciones más allá de lo estrictamente particular. Escribir una biografía desde dentro, comprendiendo e interpretando lo que fue el proyecto de una existencia humana, es negocio de particular juicio, y de modo singular, si la vida que se escribe es la de un autor de vidas imaginadas.

Ortiz-Armengol, gracias a sus indagaciones y, desde luego, asumiendo las aportaciones seguras de los estudiosos anteriores, emplea el material informativo que es habitual en el género biográfico, sin desdeñar las noticias orales que aún se mantienen vivas en la tradición de las fuentes familiares. Como era de esperar, hace un generoso empleo de las cartas de Galdós y las cartas a Galdós que ya se habían publicado e, incluso, de algunas series menos conocidas como las que el novelista dirigió al abogado Prieto Mesa. Pero la expresiva correspondencia galdosiana sólo se ha publicado en parte; el propio OrtizArmengol (p. 808 y nota 457) recuerda la inseguridad en la que aún nos movemos al hablar de las cartas amorosas cruzadas entre Galdós y la Pardo Bazán o afirma rotundamente (p. 645) la inexistencia de tráfico epistolar entre el autor canario y el periodista Julio Burell cuando, además de algunos guiños intertextuales de ambosEl memorable artículo «Cristo en Fornos» que publicó Burell en el Heraldo de Madrid (1-II-1894) y la novela Nazarín., se conservan varias cartas del último en la Casa-Museo Pérez Galdós. Menor atención presta a la rica información biográfica rastreable en los periódicos de la época y a las complejas cuestiones de genética textual que presentan los autógrafos de las novelas, bien que a este último propósito recuerde algún caso de corrección manuscrita tan fascinante como el nombre «Lorenza» con el que Galdós denominó a la temperamental Mauricia la Dura en la primera redacción de Fortunata y Jacinta y que, en el terreno de las hipótesis plausibles, podría denunciar un recuerdo de Lorenza Cobián, la madre de doña María Pérez-Galdós. La finalización de los proyectos de trabajo que, desde la Casa-Museo de Las Palmas y la cátedra de Literatura de la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid, pretenden, respectivamente, la edición completa de la correspondencia y la recopilación de un nutrido cuerpo de noticias sobre el novelista publicadas en la prensa de la época, permitirá subsanar lo que todavía son insuficiencias informativas en lo que a la biografía de Galdós se refiere.

UNA VIDA EN RELATO

Pormenorizar el detalle de los acontecimientos que Ortiz-Armengol expone me llevaría a una apresurada enumeración lineal de las circunstancias vitales de Galdós en la que podríamos perder la visión de conjunto que es imprescindible en cualquier biografía. Buceando a la contra de la timidez, privacidad o «secretismo» con que se ha presentado la figura de don Benito en muchas ocasiones, emergen de su libro perfiles muy nítidos de lo que fue la capacidad de arrastre humano del gran escritor; por supuesto, la frondosísima familia, pero también las figuras femeninas que se proyectaron en el ámbito de su intimidad –Emilia Pardo Bazán, Lorenza Cobián, Ruth Morell, Teodosia Gandarias, la «Concha» identificada con la actriz Concha Catalá (pp. 760770)...–, los sucesivos grupos de amigos que se van superponiendo ––desde los canarios con los que estrena MadridOrtiz-Armengol sugiere (p. 123) que uno de estos amigos canarios –Miguel Massieu– es el autor del retrato a lápiz del Galdós estudiante que ilustra la contraportada del libro (ver p. 123). hasta los escritores que caracterizan la literatura novecentista–, y los profesionales de la prensa, en fin, con los que mantuvo relación tan estrecha en todo momento. Interés singular reviste la reconstrucción del dilatado friso familiar en el que encaja la figura de don Benito. Un friso que marca las huellas de personalidades fuertes como la madre doña Dolores, siempre dominante en el hogar de la calle Cano, la presencia permanente de las hermanas y los sobrinos en las sucesivas viviendas madrileñas y el estímulo afectivo de niñas o jóvenes mujeres que trajeron ilusiones amorosas al joven estudiante –«Sisita»– y un brote de luz al invidente anciano –María y Rafaelita–. El «Galdós íntimo» que describía Marañón no se puede explicar sin esa trama familiar que fue la novela permanente del novelista. Un entendimiento simple de su biografía es hacedero sin la ayuda de la teoría social de Engels o de la hipótesis freudiana relativas a la estructura antropológica familiar, pero sí debiera haberse subrayado en ésta, que atiende tan sagazmente a sus artículos periodísticos, cómo se destaca en el pensamiento literario del novelista la familia, vista por él como un componente nuclear de su teoría de la novela«Al mismo tiempo, en la vida doméstica, ¡qué vasto cuadro ofrece esta clase [la burguesía], constantemente preocupada por la organización de la familia! Descuella en primer lugar el problema religioso, que perturba los hogares y ofrece contradicciones que asustan (...). Al mismo tiempo se observan con pavor los estragos del vicio esencialmente desorganizador de la familia, el adulterio, y se duda si esto ha de ser remediado por la solución religiosa, la moral pura, o simplemente por una reforma civil. Sabemos que no es el novelista el que ha de decidir directamente estas graves cuestiones, pero sí tiene la misión de reflejar esta turbación honda, esta lucha incesante de principios y hechos que constituye el maravilloso drama de la vida actual» («Observaciones sobre la novela contemporánea en España», texto de 1870 reeditado varias veces; puede verse en la selección de Ensayos de crítica literaria del novelista dispuesta por Laureano Bonet). .

Menos delineado aparece el perfil del hombre público que ofreció Galdós a partir de 1886, año en el que fue elegido diputado «cunero» por el partido de Sagasta. Lo que hasta ese momento habían sido opiniones políticas del periodista o alegorías artísticas de una visión del mundo cristaliza en la implicación personal con las instituciones políticas del Estado. OrtizArmengol recuerda con detalle las distintas legislaturas y las formaciones políticas por las que el escritor obtuvo acta de diputado –desde el monarquismo liberal de 1886 hasta la candidatura republicana y presidencia posterior de la Conjunción republicano-socialista, entre 1907 y 1913, culminando en la controvertida elección de 1914 como representante republicano por su ciudad natal– y explica satisfactoriamente la ideología progresista y anticlerical como el fabuloso ejercicio de observación humana que esta situación comportó a un escritor ávido de materia novelableGaldós se lo haría notar a su amigo Narcìs Oller: «¡Lo que allí se aprende! ¡Lo que allí se ve! ¡Qué escuela!» (carta de 18-VII-1886 que editó Pilar Faus, según recuerda Ortiz Armengol).; pero lo que no explica con nitidez es que la evolución de los compromisos políticos de Galdós no fue resultado exclusivo de la radicalización o el cálculo personal del novelista. Existen circunstancias colectivas que ayudan a entender este proceso; primeramente, la versión hispana del curriculum decimonónico del escritor de provincias, transeúnte balzaquiano desde el periodismo a la profesionalización política, y, en segundo lugar, el papel de agitador moral que se adjudicaron los «intelectuales» europeos del traspaso de siglos. En esta última dirección se sitúan las posiciones de los escritores del fin de siglo que quisieron ser antenas de la sociedad –fueran jóvenes o maduros–, y que, como han recordado Cecilio Alonso o Álvarez Junco, se adaptaron a las nuevas formas de producción de imagen propiciadas por los partidos que buscaban una dinamización de la vida política. Esas circunstancias explican, por ejemplo, las incursiones efímeras de un Baroja en el republicanismo radical (1909-1911) o el acercamiento al socialismo de intelectuales como Ovejero, Núñez de Arenas y Ramón Carande (1909).

Un tercer rasgo que queda suficientemente acotado en este libro es la condición de periodista nato de Galdós, latente en el aprendizaje que, al poco de su llegada a Madrid en 1862, le deparó su experiencia de cronista de actualidad, y patente ya en el hábil uso que el escritor en agraz, por no referirnos al consagrado, supo sacar de la plataforma publicitaria que le servían los periódicos de la época. Mutatis mutandis, podría decirse que la sabia apropiación poética que sor Juana Inés de la Cruz hizo del hermetismo emblemático –Octavio Paz nos lo ha recordado– es paralela a la que del periodismo contemporáneo supo hacer Galdós a lo largo de su trayectoria creadora; repárese, por ejemplo, en cómo las novelas Nazarín y Halma pueden ser explicadas en parte –nada es absoluto en el mundo galdosiano– gracias a la técnica del reportaje que se estaba introduciendo en las prácticas del periodismo español a finales del siglo XIX. No en vano durante los últimos años de su vida serían fieles contertulios suyos algunos de los jóvenes literatos que hacían sus armas en el periodismo madrileño más castizo, tales Pedro de Répide, Emiliano Ramírez Ángel, Andrés González Blanco, José Francés o Diego de San José.

EL ALMA DE UN UNIVERSO NOVELESCO

Ahora bien, la trama biográfica de Benito Pérez Galdós que se puede rehacer con documentos es sólo la faz visible en el relato de su vida completa, de su vida de inventor de otras existencias y de otros conflictos humanos. El desconocimiento sobre nuestro novelista que se evoca en la contracubierta del libro de Ortiz-Armengol, en el texto del que procede la cita está referido a lo que sea la entraña inventiva de los escritores, a lo que, en palabras de Ortega –el autor de la cita–, es «la ecuación del arte admirable que [éstos] ejercitaron o ejercitan aún». Este núcleo de complejísima delimitación es el que deberán despejar las futuras biografías que se dediquen al novelista canario, puesto que ésta no termina de fijarlo, pese a los esfuerzos de correferencialidad entre experiencia vivida y ficción escrita que ha realizado el biógrafo y que justifica en distintas páginas del libro.

Sin duda, como quería Menéndez Pelayo, la novelística de Galdós constituye un «sistema de observación y de experiencia». Al subsuelo de ese sistema pertenecen la historia de familia de los Pérez y de los Galdós que se nos cuenta en las cien primeras páginas del libro que comento, la tupida red de relaciones humanas que reconstruye, así como la implicación directa que tuvo Galdós en la vida pública de la España de su tiempo. Pero lo que queda por iluminar de su biografía total es un extenso territorio, del cual sólo señalo aquí esa tercera dimensión que aporta la apropiación personal que hace el escritor de sus lecturas. Los libros que Galdós poseyó y los subrayados con los que marcaba determinados pasajes de los volúmenes son elementales vías de aproximación a esa biblioteca íntima; las manifestaciones que hicieron sus contemporáneos acerca de la intensidad de sus lecturas son contradictorias –así lo recuerda Ortiz-Armengol (p. 325)–; los ecos, en fin, de otros autores que resuenan en sus páginas de ficción no han sido aún apurados por los expertos y apenas si los ha tenido en cuenta el autor de esta biografía, cuando resulta que un grupo activísimo entre los amigos de Galdós era el de los novelistas contemporáneos (Pereda, Pardo Bazán, «Clarín», Ortega Munilla...). Lo que ahora sabemos de esas relaciones nos explica la vida del hombre, pero necesitamos conocer mejor el alma literaria de aquellas amistades, el «diálogo entre novelistas» que de modo tan brillante subrayó Stephen Gilman al estudiar la huella de La Regenta en Fortunata y Jacinta. Por ejemplo, Ortiz-Armengol se extiende (pp. 303-317) en elucidar el posible modelo real de Gloria, la novela editada en 1887, y la controvertida recepción crítica de que fue objeto por parte de Pereda, entre otros lectores. Nada dice, sin embargo, de su significativa fase de redacción previa –estudiada por Pattison y Alan Smith– y, singularmente, del espejeo que tuvo en De tal palo, tal astilla (1880), algo que no escapó a los lectores contemporáneos de Pereda, como ha mostrado González Herrán en su libro sobre el novelista cántabro.

Mientras no dispongamos de un plano fiable que nos dibuje cómo se fueron verificando las respuestas narrativas de Galdós a los estímulos literarios que fue recibiendo sabremos muy poco de su taller íntimo, de ese proceso metafórico mediante el cual un tiempo y un espacio imaginados en la mente del autor se transfiguraron en un espacio y un tiempo textuales capaces de construir y desconstruir procedimientos ya usados por otros autores, ya sean Cervantes, Dickens, Scott, Balzac, Zola, Tolstoi... o los españoles amigos. Esta vía biográfica interna nos ayudará a entender mejor el porqué de la imagen gastronómica que formulan Ponce y Ballester durante el entierro de Fortunata: «resultando al fin que la fruta cruda bien madura es cosa muy buena, y que también lo son las compotas, si el repostero sabe lo que trae entre manos», imagen que remite a la concordancia de opuestos «realidad/imaginación» que siempre mantuvo en tensión el universo novelesco de nuestro escritor. Sobre esta dialéctica se articularon algunos de los aportes técnicos del novelista: oscilación entre relato en primera y en tercera persona, empleo de cartas como técnica de enunciación narrativa, descubrimiento del discurso indirecto libre o afirmación del diálogo desnudo como la más perfecta anatomía de las conciencias de los entes de ficción. Esta última cuestión nos llevaría, en fin, a hablar del teatro galdosiano, la faceta creativa de don Benito que tiene sólo un mero tratamiento descriptivo en esta monografía.

No escapa al lector de esta Vida de Galdós que la exposición de orden cronológico obligaba a repeticiones discursivas cuando se alude a problemas de naturaleza literaria, especialmente significativos gracias a su grado de recurrencia. La presentación lineal reitera las referencias a datos conocidos o de escaso relieve a la hora de exponer determinados pasos de la vida del escritor que van más allá de la mera anécdota, es forma de exposición inadecuada para encajar el análisis de las actitudes políticas del biografiado y, por supuesto, no es la mejor malla para apresar los admirables hallazgos que se fueron encabalgando en la fábrica tumultuosa de un taller literario productivo durante más de cincuenta años. La memoria impresionista del lector no es garantía suficiente para trabar con rigor el juego de recurrencias, de avances y de retrocesos que el despliegue de este mundo subyugante trae consigo. Para ello hubiera sido necesaria otra biografía, escrita desde dentro, que relatase cómo las vivencias del hombre y sus experiencias de lector se metamorfoseaban en formas narrativas, en discurso poético, en una palabra. Pero mientras llega ese libro de difícil obraje, bien venida sea esta Vida de Galdós; su utilidad como repertorio de noticias e hipótesis es la mejor razón de su perdurabilidad.

01/01/1997

 
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