ARTÍCULO

Nobel Grass

Alfaguara, Madrid, 248 págs.
Trad. de Miguel Sáenz
Alfaguara, Madrid, 160 págs.
 

Existe la creencia –cimentada, como toda creencia, en algún que otro argumento– de que el Premio Nobel, coronación de la carrera de un escritor, es en más de una ocasión su tumba. Se supone que el peso de la gloria, el desbocado aumento de las peticiones, honores y viajes y, en algún caso, la comodidad intrínseca que se deriva de no poder ya subir más alto, caen sobre el autor galardonado y secan sus fuentes.

Casos recientes, como el de José Saramago, y menos recientes, como el de Gabriel García Márquez, ya habían demostrado que esa regla podía tener excepciones, y el regreso al campo de batalla de las palabras y de las ideas que Günter Grass acomete con su última novela acredita que él también lo es.

No quiere esto decir que estemos ante uno de los títulos «mayores» del autor de El tambor de hojalata. A paso de cangrejo parece haber sido escrito con vocación de texto contenido; es un libro de una extensión que tampoco es pequeña, pero que comparativamente deja al lector sin el gran aliento del autor de Danzig, y de una intensidad que se fundamenta más en la concentración que en la complejidad.

Es A paso de cangrejo una novela que cabe calificar de sencilla desde el punto de vista literario, con una trama fácil de seguir, cosa no habitual en los libros de Grass, y un lenguaje alejado de la concepción clásica y caudalosa de textos anteriores del autor, preciso y quirúrgico, que fluye con entera naturalidad por la experta pluma de Miguel Sáenz.

Esa sencillez estructural y lingüística no quita, no obstante, un ápice de peso a sus contenidos. Una de las cosas que han podido inquietar a los más suspicaces al publicarse este último volumen de la larga obra del Nobel alemán era la temática difundida por la prensa: el hundimiento del buque de transporte Wilhelm Gustloff por un submarino soviético en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, con un saldo de varios miles de muertos, la catástrofe naval que Der Spiegel llamó en su portada «El Titanic alemán». Al hilo de este mínimo resumen, ha habido espíritus que han temido al revisionismo. El propio Grass se ha visto en la tesitura de tener que aclarar que si había abordado este asunto era precisamente para no dejarlo en manos de la ultraderecha.

Y, sin embargo, ni la suspicacia ni la afirmación de Grass están justificadas, porque, si bien la anécdota de A paso de cangrejo es efectivamente la última travesía del Wilhelm Gustloff, su tema no es otro, una vez más, que la persistencia del fanatismo, y su corolario, la eterna persistencia del dolor humano por él causado. En las páginas del libro, cerrado por palabras lapidarias que no voy a reproducir aquí, Grass surca las aguas del fanatismo moderno –navegando además por Internet, no nos atrevemos a valorar si con intención de guiño o de advertencia– y nos aproxima a figuras que se están convirtiendo en arquetípicas y que pululan hoy por nuestras sociedades: el ultra disfrazado de persona normal, el fanático revestido de las convenciones de la civilización pero imbuido de las creencias de la locura y, como siempre, ese ciudadano medio que, sin saberlo, es el verdadero caldo de cultivo en el que madura el huevo de la serpiente: el apolítico, el que llora lo mismo la muerte de Hitler que la de Stalin, el proclive a comprar la mercancía invendible de los violentos por falta de verdaderas convicciones propias.

Es ese fanatismo el que inunda las páginas de A paso de cangrejo con la viscosa textura del aceite, mucho más que las aguas del mar del Norte el casco del buque naufragado. Esa es la preocupación que mueve al autor. Y el núcleo de la historia.

No obstante, lo decíamos líneas atrás, el cuadro del fanatismo no quedaría completo sin el testimonio del dolor causado. Con una precisión que transmite un soplo de ultratumba, con un desgarro tremendo y desolador, Grass nos cuenta los destinos, escritos de antemano, de los tripulantes del barco hundido, víctimas de la devastadora pandemia nazi, arrastradas al fondo del mar por una vorágine en la que el capitán del submarino soviético representa un papel instrumental y aséptico. Uno de los planos de la novela se dedica a ellos, a los marinos, fotografiados en tiempos mejores, cuando ya estaba escrito en su futuro que no verían nacer otro año; a los refugiados, que huyendo de la guerra estaban subiendo a su ataúd; a las chicas auxiliares de marina que tuvieron la desgracia de encontrarse en el lugar exacto donde impactó el segundo torpedo; a los niños, a los perplejos destinatarios, en resumen, del golpe arbitrario del destino. Las instantáneas con las que Grass describe el triste final de los inocentes son un homenaje a su memoria, que el momento de la publicación del libro convierte además en un homenaje a la memoria de todas las víctimas desarmadas de todas las guerras insensatas. No estamos ante un libro imprescindible, pero sí ante un libro valioso, un testimonio más de la lucidez de un testigo implacable.

Bien distinto es el segundo volumen que nos ocupa, Cinco decenios. En la página 53 de este opúsculo infrecuente, Grass habla de ciertas carpetas en las que guarda distintos «intentos». Y dice: «Últimamente las abro, porque alguien me ha aconsejado ordenar a tiempo mi legado».

Tal vez aquí, en ese consejo de aire testamentario, ha tenido su origen este libro. Porque Grass ha abierto las carpetas, y parte de lo que en ellas ha encontrado es el material de este curioso texto autobiográfico, escrito muy, muy a vuelapluma en su parte lingüística, y dotado de mucha, mucha atención en su parte gráfica. De hecho, dado el protagonismo que el propio texto confiere a las actividades como grafista de su autor, se diría que es en realidad el relato de una segunda vocación –no digo con esto nada nuevo a los lectores de Grass–, eclipsada por el éxito arrollador de la primera. Grass se ve a sí mismo como un dibujante que escribe o como un escritor que dibuja, sin transición entre una personalidad y otra, y estos cinco decenios de su vida que pasan por las páginas del libro son un testimonio de ello, aderezado con una buena colección de fotos. Texto brevísimo –sus escasas 160 páginas albergan más de setenta ilustraciones–, en una primera lectura no aportará material alguno, al menos desde el punto de vista de los datos, a los buscadores de intimidades autobiográficas, aunque sí sea vehículo adecuado para conocer más a ese otro Grass.

Sin embargo, una segunda y más atenta lectura respalda mucho más el subtítulo (Informe de taller) que aparece en su portada. Porque Grass esboza de forma muy escueta, pero nada casual, su forma de trabajar desde el principio de su actividad hasta este inicio de su sexto decenio de trabajo que cierra el libro. En el principio era la imagen, se podría decir, y ese nacimiento de los libros, entre imágenes y estados de ánimo, sí está recogido de tal forma que ofrece realmente un vislumbre del taller del escritor.

También en este libro (pág. 112), Grass menciona la costumbre –protegida contractualmente, como él dice– de reunirse con sus traductores, que inauguró en 1978 para la traducción de El rodaballo. Es un caso insólito, casi el único, y los traductores que han disfrutado de ese privilegio se reunieron, esta vez por escrito, en el año 2002 para regalar a su autor, con motivo de su septuagésimo quinto aniversario, un pequeño volumen –El rodaballo habla muchas lenguas– , seguramente único en su género, que recoge la historia personal de sus encuentros con el escritor. El volumen cuenta con las aportaciones de 32 traductores de casi otras tantas lenguas, incluyendo los artículos de su principal traductor al castellano, Miguel Sáenz, y sus dos traductores al catalán, Joan Fontcuberta y Pilar Estelrich, y es una pequeña joya, desde luego para traductores, pero es posible que también para el público... si alguna editorial tuviera a bien traducirlo.

01/09/2003

 
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