Veinte años no es nada. Textos y pretextos de dos décadas de democracia (1977-1997)
JOSÉ LUIS GUTIÉRREZ
Espasa Calpe, Madrid, 1998
344 págs.

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Si José Luis Gutiérrez no tuviera, como tiene, esa afición, cercana a la maestría, a colocar frases de resonancias significativas –a veces paradójicas, siempre irónicas– al frente de sus escritos, habría que decir, en primer lugar, que el título de este libro no está conforme con lo que el libro es. Porque, en efecto, estos Veinte años no es nada que comienza a la manera de Gardel y termina con Borges, es una prueba evidente de que lo que ha pasado desde 1978 merecería, más bien, un tratamiento de bolero. El libro es, esencialmente, una antología de textos del propio Gutiérrez, ordenada de modo temático y precedida de algunas pequeñas introducciones en cursiva, además, de la veintena de páginas prologables. Se trata, pues, de un testimonio elaborado al socaire de una cierta voluntad de estilo y de sistematismo, lo que viene a parar en que el periodista va pergeñando un retrato sugestivo y personal de acontecimientos (el 23-F, las crisis entre la prensa y el poder, etc.) y de personajes (Felipe González que agota un capítulo y se introduce en otros, pero también Tarancón, Fernando Abril, Chus Viana y Santiago Amón entre otros muchos que nos dejaron o Fraga, Verstringe y Nicolás Redondo por no citar sino a algunos entre los que siguen a pie de obra). La escritura de Gutiérrez es siempre ágil y está llena, sin ninguna pedantería, de referencias cultas, de citas más o menos escondidas, de muestras efectivas de que el periodista no debe sólo mirar la calle sino, también, perderse en los libros.

Veinte años no es nada se lee con facilidad y tiene el mérito de no pretender que el periodista posea virtudes proféticas, tentación que suele acompañar a colecciones de este tipo. Gutiérrez va cambiando desde un Felipe en colorines (con predominio del rojo) a un Felipe más de daguerrotipo («acaso la censura más severa que haya que adjudicar a González y al felipismo resida en el hecho de que el sevillano llegara a creerse sus propias supercherías» reza la penúltima página), pero ese cambio no es imputable a Gutiérrez sino, más bien y por decirlo de modo suave, al escenario mismo.

La política española produce a veces una sensación de estancamiento francamente abrumadora. Los cambios son, evidentemente, de ritmo lento, más aparentes que rápidos, en cualquier caso. La lectura de este libro corrige un poco esa percepción porque acota una unidad lo suficientemente amplia como para que el cambio se dibuje con alguna nitidez. Tal vez las cosas sean distintas en el futuro, porque, como Gutiérrez subraya, «la democracia en España sigue siendo una forma de subversión», de modo que queda mucho por hacer y por aprender de la libertad.

Pues bien, como para subrayar la curiosa peculiaridad, pero también la vitalidad, de esta España que se adentra en el XXI, la obra de Gutiérrez lleva un prólogo de Ansón y fue presentada en un acto que se estimará, sin duda, como el último episodio de esa conspiración tan curiosa que se desarrolla a base de periódicos y libros.

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