¡Ay, si fuera literatura!

Un milagro en equilibrio

LUCÍA ETXEBARRÍA

Planeta, Barcelona, 472 págs.

Premio Planeta 2004

Al margen de consideraciones que aquí importan poco, como las sociológicas y económicas que pueden identificar a un premio como el Planeta, ya reiteradas año tras año y por doquier en distintos medios, Un milagro en equilibrio está en el extremo opuesto a lo que cualquier lector de mediano gusto reconocería como obra literaria, y compendia, en justa consonancia, todas las prendas que suelen adornar a los libros ideados únicamente para instalarse en un mercado de productos baratos, obvios, simples y tontos, cuya fecha de edición coincide con la de su caducidad.

Para justificar las afirmaciones anteriores sólo sería necesario describir la propia escritura de la obra, pues en literatura el hábito sí hace al monje, sin tener que recurrir a otras razones teóricas prolijas.Aun así, parece oportuno en este caso revisar al menos su caracterización genérica y su contenido y su forma, sin que tampoco sea obligado abordar los tres términos o conceptos desde una posición novedosa, sino únicamente desde la perspectiva más tradicional y clásica.

En primer lugar, el libro de Etxebarría no es en sí una novela o, lo que es igual, una ficción creada desde y en lo imaginario. A pesar de que, como dijo en una ocasión nuestro Nobel gallego, novela es todo libro que lleva en la cubierta el rótulo de novela, o como también se ha dicho, novela es todo escrito que así lo considera el mercado, Un milagro enequilibrio pertenece al género del «testimonio», de «no ficción», como tantas obras que se están publicando en estos días.Y del mismo modo que alguien escribe sobre su experiencia de abuela, redacta un diario sobre su relación con tribus marginales o sobre su drogodependencia, Etxebarría escribe una extensa carta a su hija recién nacida («pequeño bulto cagón y mimado» la llama, entre otros apelativos), en la que se desahoga pegando la hebra sobre su estrenada maternidad y rememorando al paso recuerdos personales, muy tópicos por cierto, que van desde la adolescencia hasta el presente e incluyen su edad del pavo, sus coqueteos con la droga, su aprendizaje como escritora profesional o la enfermedad y muerte de su madre, tal vez esto último lo único salvable del libro.

¿Qué hay de novelesco aquí? Nada. Tanto es así que la propia autora, consciente del entuerto, le llega a decir a su hija: «Han pasado ya dos meses desde que mi madre falleciera y en estos dos meses he sido incapaz de sentarme frente al ordenador y acabar lo que empezó siendo una carta para ti, Amanda, continuó siendo una especie de diario y, sinceramente, no sé en qué acabará» (p. 327).

En segundo lugar, y aunque ningún asunto o contenido tiene la llave exclusiva para legitimar una novela –todo depende de su tratamiento novelesco y estético–, el libro de Etxebarría –diario, monólogo, confidencia, desahogo mental o como quiera llamarse– está formado por una sucesión de tópicos y de recurrencias argumentales tan actuales y cercanos al lector que no parece perseguir otro propósito ni otro objetivo final que los de suscitar –sobre todo en las lectoras, que son a la postre quienes suelen comprar libros– una fácil y desenfocada catarsis basada en la identificación con los quejidos, lamentos y exabruptos que transmite la voz narradora, y en el autoconsuelo que fomenta el relato –sufrido en unos casos, en otros disidente y en otros broncos– de su peripecia.

En tercer lugar, ante el hecho incuestionable de que la forma estética proporciona la carta de identidad a una obra literaria, en cuanto que la escritura ha de tener en todo momento la ambición de ser renovadora y sorprendente, y en ningún caso cristalizada o reducida al simple cliché, se ha de concluir de inmediato que este libro de Etxebarría se sitúa en el polo opuesto de la literatura, es decir, en el de la frase hecha y coloquial, en el de la fórmula lingüística repetida y familiar, en el de la cláusula sintáctica «de serie», y en ningún caso, por tanto, en el de la escritura sugeridora y plurisignificativa.

El libro de Etxebarría está repleto de referencias al cine y la publicidad, muy conocidas o muy actuales (valgan como ejemplos: «Pero ésa es otra historia», de Irma la Dulce, repetido varias veces, o «el Mister Proper de la tele, que ahora se llama Don Limpio»); de frases vulgares y cotidianas como «cuando la cosa se recrudeció», «se dedica al cultivo exhaustivo de la nada más absoluta», «sus tetas resultaban un prodigio de desafío a las leyes de la gravedad», «Lo de ser una chica pechugona marca», «ya ves, la vida es como una partida de cartas», «Por cierto, ¿quién coño es Mario Testino?» o «me acometió de pronto una náusea acuciante»; de iniciadores de párrafos y conectores neutros y coloquiales como «Pues eso», «Lo dicho», «Por cierto», «El caso es que», «Lo cierto es que», «La cuestión es que» o «Y entonces»; etc. Los ejemplos serían tan numerosos que desbordaríamos el espacio de esta reseña.

Sólo resta lamentar dos efectos incontestables. El primero, que los editores, otorgando crédito y valor popular al producto con el aval de un premio excesivamente mediático, traten de convencer a los lectores ingenuos de que obras como estas son representativas de la mejor literatura escrita hoy en España. El segundo, la pérdida de tiempo, de algunas horas, que el lector podría haber dedicado a quehaceres mucho más provechosos para el cuerpo y el espíritu.

Ficha técnica

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