«El poeta regresa de la espuma» 


Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos
Pablo Neruda
Barcelona, Seix Barral, 2015
132 pp. 15,90 €

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En la introducción a esta edición de poemas inéditos, Darío Oses, encargado de Bibliotecas y Archivos de la Fundación Pablo Neruda, cuenta que, al revisar los documentos originales de la obra del poeta chileno, quedó sorprendido por la variedad de formatos empleados para desplegar su escritura. Sus versos habían sido esparcidos indistintamente en «cuadernos escolares de los años cincuenta y sesenta, papeles sueltos, blocs de distintos formatos, algunos con marcas extrañas, fabricados en otros países, cuadernos universitarios, papeles sueltos, tintas de diversos colores. En algunas ocasiones el poeta escribía en los menús y en los programas musicales de los barcos en que viajaba, y sus versos transcurrían entre las opciones de entrada, platos de fondo, postres y vinos que mostraba la carta». Esta diversidad ayuda a perfilar la figura del poeta laureado. Era, desde luego, un viajero que conoció numerosos rincones y regiones del mundo, desde la inmensidad lluviosa de su Temuco de la infancia hasta la exótica lejanía de Oriente. Era también un devoto incorregible de la buena mesa, a la que se entregaba eclesiásticamente en sus comidas y libaciones. Y era, por último, un vividor asaltado por la necesidad de escribir dondequiera que se encontrase.

Por sorprendente que parezca, estos veintiún poemas habían permanecido sepultados por simple descuido y sólo vieron la luz cuando se procedió a ordenar y digitalizar el archivo que posee la Fundación Neruda en Chile. Entrar ahora en sus versos dispersos y fragmentarios ofrece la posibilidad de conocer un conjunto intocado por el escrutinio académico y formal. Por lo pronto, aclaremos que no se trata de un hallazgo que vaya a cambiar el rumbo de la poesía. No asoma en estos versos un Neruda nuevo, ni sale a la luz un signo revelador que permita introducir un giro desconocido en la lectura de su obra o en la operatoria de sus criterios. Al contrario, más bien son poemas o fragmentos que confirman la capacidad del poeta para sacar agua de las piedras. Muchos de ellos están fechados y pueden asociarse con determinados períodos y libros publicados. Es decir, dentro del ánimo arqueológico que anima este rescate, puede conjeturarse en qué momento fueron excluidos de la fama y la posteridad. Por lo tanto, aunque este ejercicio de reanimación tiene, básicamente, un afán de rescate novedoso, como el hallazgo de una momia antigua que confirma la existencia de una civilización milenaria, en realidad  convoca más que nada el asombro ante los años que los poemas pasaron en la sombra y, sobre todo, ante su condición de piezas a las que les fue negada la trascendencia. 

Con certeza, lo más interesante de Tus pies toco en la sombra es la posibilidad de entrar en el trastero olvidado para ver lo que dejó atrás el premio Nobel y tenaz candidato a la presidencia de Chile por el Partido Comunista. Convertido ya en vida en poeta colosal que alimentaba el mito sin fisuras del genio titánico e inalcanzable, Neruda suele aparecer como autor de una obra sin vacíos. Esta edición nos permite asomarnos, en cambio, a los entresijos de su proceso creativo como espectadores de un ejercicio más misterioso: la comprensión de lo que ha permanecido negado, la investigación de las omisiones. Dicho con mayor ambición, es una lectura que trata visitar, si acaso, el silencio de Neruda, cuyos versos más citados ya anunciaban tempranamente: «Me gusta cuando callas porque estás como ausente». En cierto modo, Tus pies toco en la sombra es un despliegue de ausencias que muestran las dudas en la evolución de la obra. Las anotaciones que Darío Oses ofrece en este volumen sirven para aclarar, poema por poema, la filiación de cada fragmento dentro del panorama general del trabajo de Neruda y refuerzan esa sensación de trabajo sobre versiones abortadas, una poética de lo que pudo haber sido. 

Pero no todos estos experimentos y fragmentos abandonados parecen necesariamente intentos fallidos. Seguramente, algunos pedazos luego se habrán transformado y viven en otras estrofas que fueron editadas y publicadas. Incluso hay alguna pieza que muestra una estructura más consolidada. Llama la atención el poema 18, fechado en octubre de 1958, una enumeración de oficios y tareas diarias cuyo tono más coloquial y resignado permite, de alguna forma, su asociación con la antipoesía de Nicanor Parra, quien cuatro años antes había publicado sus Poemas y antipoemas. Si, en Los vicios del mundo moderno, el antipoeta Parra se da cita con las desacreditadas actividades del hombre en la «gran cloaca» del mundo moderno –poblada, entre otros, de estrellas de cine, y de sangrientos boxeadores que pelean a la luz de la luna–, el poeta Neruda, por su parte, aborda la repetida derrota diaria de los distintos empleados en su retorno a casa.

el héroe regresa del olvido,
el pobre de un solo día menos,
el cirujano de mirar la muerte,
el boxeador de su triste contrato,
alguien regresa de la geometría,

La diferencia esencial está, por supuesto, en el remate repleto de absurdo del antipoema que contrasta con el voto de sumisión a los hechos que reconoce Neruda en los últimos versos del poema 18:

hago en la noche de todos los hombres
una pequeña noche para mí,
se acerca mi mujer, se hace el silencio
y el sueño vuelve a dar la vuelta al mundo.

El acercamiento a lo mundano en la obra de Neruda responde a una tarea que el poeta se propuso como parte de su ideario populista: la poesía debía bajar del Olimpo para darse a conocer entre los mortales, hablando de cosas sencillas, enalteciendo lo cotidiano. Si tenemos en cuenta que estos fragmentos se reparten entre los años cincuenta y comienzos de los setenta, poco antes de la muerte de Neruda, ocurrida meses después del golpe de Estado en Chile, sabemos que el enfoque de la poesía de Neruda ha dejado atrás el hermetismo existencial de su Residencia en la tierra y la soflama política del Canto general. Se trata, en este caso, del poeta de las Odas elementales, aquel que, como señala el crítico René de Costa, emplea el poema como lente de aumento que le ayuda al lector a «ver la importancia de las cosas humildes».

Gracias al cuidado de la edición, que también reproduce en versión facsimilar algunos de los poemas, se hacen visibles las tachaduras y enmiendas del autor, como si observásemos el proceso detrás de la composición. Hay poemas que aparecen sin apenas correcciones. La pluma del vate fluye espontánea y desinhibida. Otros, en cambio, son un cúmulo de borraduras y variaciones titubeantes que exponen la búsqueda de la sencillez deseada como una laboriosa faena de injertos y amputaciones. Ya lo decía el propio Neruda en sus memorias: «Creo en la espontaneidad dirigida». De igual modo, hay también posibles errores ortográficos que Pere Gimferrer, en su prólogo, sugiere tomar por la insinuación de sentidos remotísimos. Así ocurre en el verso «es un movimiento florido de un siclo de sombra en el mundo», en el Poema 4, que, de paso, Gimferrer califica del más valioso de todos: «El primer impulso –dice– nos llevaría a leer que “siclo” es lapsus de tecleado por “siglo”, “ciclo” o “silo”; pero, en filología, con frecuencia se impone la lectio difficilior: la palabra “siclo” (medida o moneda) existe». Difícil esclarecerlo y tampoco crucial: el poeta habita el canto del lenguaje, no la formalidad ortográfica de la escritura, mucho menos cuando se trata de material no editado.

Ahora bien, en este afán forense sobre el hallazgo de piezas sueltas, seis poemas de amor y otros quince de temática variada, es imposible recomponer una intención final. Mientras el citado Poema 18 se lee como una pieza consolidada y admirable, su Poema 10, una oda a la oreja, sugiere, por el contrario, un caso de inconclusión: sus escasas líneas anuncian una celebración que no se concreta. Eso sí, puede reconocerse una voz, una versificación, un tono familiar: es Neruda que quiere «celebrar a una oreja», pero que sólo alcanza a trazar unas pocas líneas, entre las cuales asoman otros posibles equívocos ortográficos y el silencio como remate: «yo no hablo / de la pequeña / oreja / mas amada / hecha tal vez de nácar». Esa declaración incumplida, ¿no es, tal vez, la caducidad de la escucha, la irrupción del silencio? Un haiku diría menos y diría más. Pero Neruda, que escribía en todas partes, en todo tipo de superficies, no era un cultivador de la austeridad oriental. Más bien, al asomarnos a estos retazos de poesía abandonada somos testigos de la lucha que un poeta mayor entabla con los límites de lo que, finalmente, no llegaría nunca a escribir.

Pedro Donoso es crítico literario.

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