Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

El libro, de la memoria

El Romanticismo propició, tras su agotamiento, la aparición de dos imágenes de la creación y del poeta: el arrebatado visionario de instinto, cuya figura viene encarnada por Rimbaud, y el poeta estudioso y consciente que aporta a su oficio una inteligencia cargada de pasión, como Mallarmé o Eliot. El destino final de ambos, sin embargo, confluye y no es, en el fondo, más que una extensión de la línea fundamental de la estética romántica: la búsqueda de la esencialidad en el lenguaje, de la pureza o impureza de una palabra absoluta. Sánchez Robayna pertenece, sin duda, al segundo tipo, y gusta de retratarse así: «El estudio, las horas de la mesa, / la lámpara encendida, fragmentos de la noche» (87),

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Crónicas del periodista medroso

El cómic (o tebeo, o historieta, tanto da) tiene una sólida reputación de entretenimiento pueril. Tal fama responde a la realidad estadística de casi todo lo que se produce en el medio, pero otro tanto se puede decir del cine o la novela, que no merecen ese desprecio generalizado. De vez en cuando, no obstante, alguna obra desconcierta tan pobres expectativas y muestra que el cómic tiene posibilidades expresivas en nada inferiores a las de otras artes. Joe Sacco las ha explorado a su peculiar modo en estas dos obras, editadas en castellano con inusitada presteza. La última traducida, Palestina, fue la primera que publicó, y marca la pauta de un método narrativo adaptado a su oficio de periodista: Sacco

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