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Sufrimiento y desolación en la Alemania de la posguerra


Otoño alemán
Stig Dagerman
Pepitas de Calabaza, Logroño, 2021
117 págs.

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Otoño alemán es un libro de poco más de un centenar de páginas, una recopilación de trece crónicas de un periodista sueco, Stig Dagerman (1923-1954), sobre la vida de la población alemana en los meses finales de 1946. Ciudades en ruinas, refugiados que vagan por las calles o se amontonan en vagones de tren que recorren las estaciones de un lado a otro del país, desolación externa e interna en la que la esperanza parece haberse extinguido definitivamente… La prosa de Dagerman es equiparable a las mejores instantáneas de los grandes fotógrafos del siglo XX. Las imágenes resultan innecesarias y no añadirían gran cosa a un libro que puede ser calificado, sin exageración alguna, como una de las obras maestras del periodismo literario.

Otoño alemán debería haber sido una lectura recomendada para los líderes políticos vencedores en la segunda guerra mundial, pero en el improbable caso de que lo hubieran leído, habrían replicado con el mismo argumento que los ocupantes británicos emplean en algunos de los capítulos del libro: los bombardeos de Coventry o de Londres fueron la causa de los bombardeos de Dresde, Berlín y otras ciudades alemanas. Del mismo modo, si algunos de los últimos presidentes estadounidenses o el propio Vladimir Putin, hubieran tenido que confrontarse con estas crónicas, quizás se hubieran limitado a decir que no les dejaron otra opción que la de bombardear. Pero la geopolítica y su obsesión por los territorios o los argumentos de que se está librando una guerra justa o ejerciendo una «legítima defensa» son una retórica vacía ante libros como Otoño alemán. Su lectura me ha recordado la Historia de los bombardeos del historiador sueco Sven Lindqvist, publicada en 1999, escrita no solo desde la profusión documental sino también desde la personal experiencia del niño que vivió la angustiosa sensación de los bombardeos aéreos alemanes en 1940. Ambas obras coinciden en ser una denuncia de la hipocresía, de la apelación a altos ideales, incluso de aquellos que pasan por irreprochables, para tener actitudes atrozmente inhumanas, en las que el odio o la indiferencia lo llenan todo. En Dagerman las descripciones hablan por sí solas, sobre todo las de las ciudades de Alemania en ruinas: Berlín, Hannover, Essen, Colonia, Núremberg, Hamburgo… Pocas urbes se salvaron de una desolación total. En contraste los bombardeos se prodigaron poco en las zonas rurales, pero las consecuencias no fueron menos trágicas. El autor cuenta al respecto una anécdota estremecedora: la de un hombre que llevó una tarde a su familia a la consulta del dentista de su aldea. Él fue el único que sobrevivió a un inesperado bombardeo.

Por lo demás, el libro de Dagerman describe como pocos el drama de los refugiados de guerra alemanes, el de los desplazados por la modificación de las fronteras hecha al compás del avance de las tropas soviéticas, pero a la vez el de los desplazados internos, los que Baviera no quería admitir y enviaba al norte, pues consideraba que la Prusia imperial había sido la única responsable de la guerra y de la derrota. Y es sabido que el nombre de Prusia fue condenado a desaparecer hasta de la cartografía. Este tipo de consideraciones palidecen ante la gente hacinada en sótanos y urinarios mientras cae la lluvia, acurrucada en lechos sin mantas, junto a estufas que todo lo envuelven en humo y que solo disponen de patatas hervidas para alimentarse. Estas personas ciertamente tenían sentimientos de rencor hacia los aliados, pero se encontraban inmersas por completo en la depresión y la apatía. Como bien señala Dagerman, si un periodista preguntara a estos refugiados si vivían mejor con Hitler, no podrían responder qué vivían peor. Su angustiosa situación les forzaría a hacer comparaciones. Pero lo que es absurdo es que algunos analistas llegaran a sentenciar que el nazismo seguía estando muy vivo en Alemania y que estaban en peligro los valores occidentales. Dagerman no tiene reparos en afirmar que hay personas que son insensibles ante el sufrimiento y que han perdido toda capacidad de compasión ante quienes llevan una existencia inhumana. Solo les preocupa la vuelta del nazismo y no ven a individuos hambrientos y temblando de frío. Esos alemanes constatan que se ha derribado un régimen que los mantenía, pero sus liberadores ejercen mucho peor la tarea de cuidarlos. Hablar entonces de que se ha venido a traer la democracia a Alemania no convence demasiado a quienes se encuentran al borde de la muerte y la desesperación. Subraya el autor que un mejor abastecimiento y una existencia llevada con esperanza son premisas indispensables para la democracia. La guerra es, en consecuencia, la peor de las pedagogías.

Los testimonios recogidos por Dagerman desembocan en una petición unánime: que los aliados dejen de castigar al pueblo alemán, que tiene la imborrable sensación de que las cosas en vez de ir a mejor, solo están empeorando. Cabría preguntarse si todo esto es fruto de la desidia o de una fría burocracia, pero nuestro autor, en uno de los artículos dedicado a la situación de las estaciones ferroviarias, no lo cree porque recoge el testimonio de un capitán inglés destinado en Hamburgo: «¿Por qué ayudarles a poner todo esto en pie en tres años cuando lo mejor sería que lo hicieran en treinta?». Al leer esto no he podido evitar recordar las reticencias de Margaret Thatcher en 1989 ante la reunificación de Alemania, cuando afirmó en privado ante Gorbachov que Europa no estaba preparada para ese acontecimiento. La actitud de los ingleses también es percibida por una mujer entrevistada por Dagerman y que vive con otros refugiados de Baviera en una antigua cárcel de la Gestapo. Denuncia que los ingleses tuvieron la oportunidad de demostrarles lo que es la democracia, pero no la aprovecharon. Ella no era precisamente de aquellas personas que vivían mejor en la época de Hitler, pues lo perdió todo, aunque tiene ante sí la triste evidencia de que su castigo no ha terminado. Sinceridades de este tipo se convertían para algunos en argumentos para demostrar la falta de sentido de culpabilidad de la población civil alemana. Pero como bien afirma nuestro autor, «los sufrimientos vividos en carne propia estropean la comprensión de los sufrimientos de los demás». Más adelante, añadirá que los alemanes sienten una falta de libertad, pero se puede constatar que no existe una base objetiva para la resistencia, ni siquiera pasiva. Por lo general, tampoco se perciben sentimientos de desprecio hacia los ocupantes.

La posguerra alemana fue también un momento de peregrinas conclusiones que solo eran el resultado de una propaganda acrítica: la derrota ha abolido en Alemania las clases sociales. Para Dagerman, no deja de ser una cínica exageración, pues, según él, se han acentuado las diferencias. La igualación ha consistido en que todos los alemanes experimentan los mismos apuros económicos. Con todo, hay gente más pobre que vive en las ruinas de las ciudades, y gente menos pobre que sobrevive en sus antiguas residencias. Además, denuncia el autor que hay leyes que no se ajustan a la realidad: se priva a un antiguo militante nazi de su vivienda y se cede en alquiler a un perseguido político. Sin embargo, este perseguido no tiene recursos suficientes para conservar la vivienda y lo más habitual es que termine en manos de alguien que sí puede hacerlo y que, por lo general, se enriqueció con el nazismo.

Otoño alemán es un continuo contraste entre el idealismo y la realidad. La realidad es la del hambre, que no encaja con ninguna forma de idealismo. De ahí que Dagerman no tenga reparos en afirmar que las masas indiferentes necesitan llenarse la barriga antes de asumir una opción política. Los partidos que surgen en Alemania se sorprenden, aunque finalmente tienen que aceptar que la gente aspira a resolver primero sus necesidades más perentorias. Por otra parte, esta obra es un retrato de personas sin esperanza, de gente que espera resignadamente un tren que los lleve de una estación a otra. Curiosamente los trenes de carga tienen prioridad sobre los demás, pero al final esos mismos trenes acaban llevando a los refugiados a lugares en que nadie sabe de su llegada ni quiere saber nada de ellos. En otro orden de cosas, es magistral la descripción del metro de Berlín, donde conviven la humedad y la pobreza, y pese a todo, los trenes circulan con rapidez y seguridad. Además, Dagerman narra su experiencia de viaje en tren a Hamburgo, en compartimentos para ocho personas en los que llegan a hacinarse veinticinco, en los que no hay que sujetarse a nada para no caerse y nunca se pasa frío. Viaja en compañía de un joven refugiado, Gerhard Blume, que sueña con llegar al puerto y embarcarse rumbo a América. Sin embargo, la realidad es que Gerhard vagará por la noche en las calles de Hamburgo, mientras que Dagerman, como periodista acreditado, pernoctará en un hotel con toda clase de comodidades.

Muchos afirmarían que en Alemania reinaba la inmoralidad de la mano del robo, el mercado negro o la prostitución. Dagerman no está de acuerdo, pues considera que la gente se ha visto obligada a asumir una moral enteramente nueva. Nada es inmoral bajo las condiciones en que vive la población. Todo está admitido como medio de supervivencia, pues, en opinión del autor, para los alemanes es inadmisible, e incluso inmoral, pasar hambre. Para evitarlo son capaces de hacer cualquier cosa, aunque esté prohibido. Son jóvenes alemanes los que se dedican, sobre todo, a organizar bandas de atracadores o redes del mercado negro. Hay quien los calificaría de generación perdida, aunque en realidad, como señala Dagerman, en Alemania existen varias generaciones perdidas.

En otro capítulo se aborda la obsesión de los vencedores por la desnazificación, lo que llevó a constituir tribunales para llevar a cabo los correspondientes procesos. Dagerman resalta sus aspectos ridículos, hasta el extremo de que las sesiones judiciales se convierten en un entretenimiento más para el público alemán, una muestra de arte escénico para quienes no tienen muchas ocasiones de acudir a los teatros. El autor resalta los rasgos kafkianos de los procesos, en los que abundan las excusas, los certificados de buena conducta de los acusados y, por supuesto, las multas. Los procesos resultan tan inútiles como superficiales. El capítulo final del libro presenta a Dagerman en un avión de regreso a Suecia, desde donde recuerda, con la mirada sobre unas espesas nubes que cubren el mar, «una Alemania otoñal helada hasta la médula». En ella ha sido un excepcional testigo del sufrimiento humano, con toda su «amargura, histeria, tedio existencial y ausencia de amor».

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