Sin muro, pero sí lamentaciones

Es cuento largo

GÜNTER GRASS

Alfaguara, Madrid / Edicions 62, Barcelona, 1997

Según mis anotaciones, comencé a leer Ein weites Feld el 3 de agosto de 1995. Para quienes nacimos a un tiro de piedra del Puerto de Palos, esa fecha, 3 de agosto, sugiere irremisiblemente la idea de un viaje descubridor. El Almirante de la Mar Océana iba a ser en este caso Günter Grass, muchas millas marinas (773 páginas de densa tipografía) quedaban a proa. Pero me embarqué con gusto en la aventura, y muy poco después me redescubrí en lontananza; me volví a ver un día de febrero de 1990, encaramado al Muro de Berlín en la mismísima Puerta de Brandeburgo, sonriente y creyendo que la pesadilla había terminado. El Almirante me guiñó el ojo desde las páginas de Ein weites Feld y me dijo algo así como «Ya ves que no».

Ein weites Feld (aparecida ahora en español algo más de dos años más tarde y bajo el título Es cuento largo) es un libro en el que resulta harto difícil «entrar», pero del que, ya metido en él, resulta todavía más difícil «salir». Un amigo íntimo alemán, hombre de mucha lectura, me llamó una noche desesperado, desde Berlín, para decirme que iba llegando a la página 100 y estaba a punto de abandonarlo, que sólo lo seguiría leyendo si yo le aseguraba que valía la pena. Le contesté que sí. A las dos semanas volvió a llamar para darme las gracias y decirme que pensaba releerlo muy pronto: no lograba «salir» de él. Una sensación que yo compartía. Pero ¿por qué?, ¿qué tiene de peculiar esta última novela de Günter Grass para que una vez «dentro» queramos instalarnos en su interior?

Con toda honestidad debo adelantar que creo que la sensación sólo puede ser compartida, al menos íntegramente, por quienes vivimos en Alemania y hemos seguido paso a paso el doloroso proceso, en absoluto concluido, de la mal llamada reunificación. La partícula «re» no es que sobre, es que hiede. Eso además de que, como me dijo un día sabiamente Mario Benedetti, ni siquiera era unificación, tan sólo la absorción de un país del Tercer Mundo por otro del prepotente primero.

Para un lector como el español, que tiene ahora esta obra en sus manos, y a pesar de la impagable traducción de Miguel Sáenz, debe ser más que arduo sentirse «dentro» de casa entre las páginas de este libro. Un libro en el que, para empezar, uno de sus protagonistas está tomado en préstamo a otra narración alemana (Hoftaller es un anagrama de Tallhover, de la novela homónima de Hans Joachim Schädlich, no sé si traducida a nuestra lengua), y en el que el protagonista absoluto es una especie de extrañísimo alter ego de Theodor Fontane, escritor alemán del siglo pasado del que poco o nada se conoce, como persona, en nuestras latitudes. En cambio, para un lector alemán o asimilado, leer esta historia es como participar en una fiesta donde conoces a muchos invitados y te entran muchísimas ganas de conocer al resto.

¿Dije historia? ¿Y cuál es la historia que se relata? Una vez más diré con toda honestidad que la anécdota del libro casi no cuenta, y estoy segurísimo de que si se la analiza con lupa se encontrarían los mismos fallos que hemos detectado todos los amantes de Raymond Chandler en The Big Sleep y The Long Goodbye. Los dos personajes peripatéticos de la agonizante RDA, Hoftaller y Fonty, este último llamado así en honor a Fontane, deambulan por una Alemania en trance de unirse, y hablan, hablan y hablan, mientras a su alrededor pululan ya the carpetbaggers, como llamaban en el aristocrático Sur que perdió la guerra de secesión, en los EE.UU., a los insaciables tiburones del Norte; que llegaban con sus carpetas bajo el brazo, llenas de nuevas leyes y de aparentemente pingües contratos, y con una única idea, la de adueñarse legal y contractualmente de lo que fue la Confederación. Sólo que la RDA no era el aristocrático Sur de los EE.UU., ni hubo una guerra de secesión. Todo lo contrario: la RDA era, en teoría, el primer Estado campesino y obrero en suelo alemán, y en vez de una guerra de secesión se había producido una implacable anexión. Si el socialismo de la RDA devino huero, la democracia que le advino de Occidente se limitó a las urnas: los habitantes de la ex RDA continúan siendo ciudadanos de segunda clase.

De una manera sutil, muy güntergrassiana, Ein weites Feld sugiere algo así como la reescritura de El proceso y El castillo. Empleando recursos idiomáticos que no son los de Kafka, Grass consigue reinstalarnos en ese mundo arácnido y atroz de lo que fueron las estructuras de poder de la RDA, pero al mismo tiempo alza las cejas y levanta el dedo admonitorio (¡nunca jamás se lo perdonarán los perdonavidas occidentales!) advirtiendo en contra de la falacia de que esta otra Alemania sea el bálsamo de Fierabrás. Con notable sagacida, hablando de la gran rémora de la vida actual en Alemania, el reglamentismo a fortiori, un editorialista del Financial Times concluyó hace poco que Alemania era el único país comunista que quedaba en Europa. Grass lo había sugerido ya dos años antes a través de Ein weites Feld. A la kafkiana realidad cutre de la RDA le sucedería la kafkiana realidad hortera de una Alemania unificada desde Occidente y a machamartillo: «Nada más inmortal que un archivo» (pág. 116). The Wuttke, tal es el nombre auténtico de aquel a quien llaman Fonty, declara en algún momento de la novela que Alemania es un país de emigración. Entiéndaseme bien: no para emigrar a ella, sino para emigrar de ella. Y él mismo termina emigrando, a Francia, el secular enemigo de antaño. Pero lo cierto y verdadero es que Günter Grass, el autor de los días de Fonty, no sólo no se va de Alemania sino que persevera en su amor por esta patria difícil y sigue combatiendo desde dentro de ella por hacerla más habitable.

Recuerdo que al terminar de leer Ein weites Feld (no me acabo de acostumbrar a su título español) pensé dos cosas. La primera, que era un libro absolutamente congruente con la frase de Clawdia Chauchat respondiendo a la declaración de amor de Hans Castorp en La montaña mágica: «Eres, de veras, un galán que sabe requerir de una manera profunda; a la alemana». Y lo segundo que pensé fue: ¡Cuánta falta le hace a España un Günter Grass que escriba, sin temor a represalias, la novela de la transición! Sólo que ¿quién la podría escribir? Quizás uno que repasase a fondo a don Benito Pérez Galdós (sobre todo los Episodios de la quinta serie), y se inventara un personaje a sus hechuras que bautizaría como Benny, al que hiciese dialogar con un tal Netavira (¿Avinareta?) por los vericuetos de nuestra renombrada –adviertan que no escribí reputada– democracia. Sería un ejercicio digno de leerse, y el lector español comprendería entonces mucho mejor, incluso aunque el resultado no fuese tan bueno, el irresistible gancho de este nuevo libro de Günter Grass, cuya morosa lectura recomiendo vehementemente. Terminarán agradeciéndomelo, como mi amigo el de Berlín.

Ficha técnica

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