Sefarad
ANTONIO MUÑOZ MOLINA

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Desde la publicación de Beatus Ille (1986) la obra narrativa de Muñoz Molina ha despertado una notable atención crítica que, además, ha ido acompañada por el éxito de ventas. El caso de El jinete polaco (tal vez su novela más ambiciosa y lograda hasta la fecha) es el mejor exponente de esa rara y feliz unanimidad. Sin embargo, a partir de Ardor guerrero y Plenilunio, en la trayectoria de Muñoz Molina se vienen repitiendo ciertas tendencias que empañan la casi inobjetable calidad de su producción precedente, si bien ello no ha afectado en absoluto a su incidencia tanto en el medio crítico como en el del público lector. En mi opinión, ese cambio tiene su origen en la excesiva transparencia con que se percibe el posicionamiento ético del autor, así como en la simplificación de personajes y construcción narrativa a la que aboca esa explicitud del sentido.

Sefarad participa de esta nueva y discutible orientación en la producción literaria de nuestro autor, aunque atenuada en este caso por ciertas instancias como la elección de un género fronterizo y, sobre todo, la convivencia de personajes ficticios y reales, entre los que se incluye un «yo» que juega a identificarse con el autor. En gran medida, la ambición que anima este libro deriva, precisamente, de su apuesta por ese mestizaje, que aparece enunciado ya en el subtítulo: el marbete de Una novela de novelas advierte de que la peculiaridad genérica de Sefarad reside en una estructura dispersa propiciada por la diversidad no jerarquizable de relatos que, además, son recreaciones de historias reales leídas u oídas por el autor. En la elección de estas coordenadas tiene mucho que ver el propósito fundamental de la obra –no menos ambicioso–, que no es otro que presentar un vasto fresco de la marginación, la persecución y el desarraigo desde la expulsión de los judíos sefardíes en 1492, aunque con especial atención al horror de los campos de exterminio europeos durante el siglo XX.

Ahora bien, la indagación sobre los temas citados se lleva a cabo mediante un mosaico de historias muy heterogéneo en cuanto a la identidad de sus protagonistas y a la naturaleza de sus peripecias. Así, junto a figuras tan conocidas como Kafka y su amante Milena Jesenska, o como Primo Levi, aparece un amplio muestrario de existencias anónimas o, cuando menos, tenuemente inscritas en las páginas menos conocidas de la historia. Del mismo modo, junto al contexto de las grandes represiones de la Europa de medio siglo, hay un nutrido conjunto de relatos que transcurren en el espacio de una cenicienta capital de provincias española, o en el marco rural de un pueblo en el que es fácil reconocer la Mágina de otras novelas del autor. Si a todo esto añadimos la presencia intermitente de una voz cuya identificación con el propio autor no es descabellada, se podrá deducir hasta qué punto hay una apuesta por la composición poliédrica, desconocida hasta ahora en la trayectoria de Muñoz Molina.

Dadas estas coordenadas generales bajo las que se desarrolla el libro, se hace necesario el planteamiento de algunas preguntas sobre su pertinencia y su plasmación efectiva. La primera y más urgente atañe a la cuestión de la unidad y a la coherencia de los relatos. Como ya se ha anticipado, la búsqueda de un elemento vertebrador reside fundamentalmente en el abordaje reiterado de una serie de temas de los que, en principio, participan todos los relatos. Pero para que el aspecto temático tenga pleno sentido y validez como mecanismo unificador debe manifestarse con constancia y, sobre todo, enriquecerse con las múltiples peripecias y personajes en que se materializa, requisitos que difícilmente se satisfacen en Sefarad. En primer lugar, muchos relatos (véanse «Ademuz» o «América») mantienen un vínculo excesivamente vago y lejano con el drama central del exilio y la persecución, y parecen responder, por el tono más intimista y amable, a unos intereses de recreación autobiográfica tan lícitos como difíciles de armonizar con la otra vertiente. Por otro lado, el propósito central del libro (del que es cifra su mismo título) está planteado de tal forma que ya en la primera mitad muestra claros síntomas de agotamiento. El problema radica en que Muñoz Molina ha utilizado las peripecias de un buen número de personajes como meros exempla ilustrativos de un discurso bastante más simple de lo que puede sugerir su vistoso envoltorio. El mensaje que pretende comunicar Sefarad se refiere a la precariedad del destino humano, su indefensión ante el sufrimiento inútil y la muerte, pero su plasmación en historias concretas resulta una traducción literal de las ideas enunciadas por el narrador, casi un trasvase «de la teoría a la práctica». Esta circunstancia determina que muchos relatos, así como ciertos elementos manejados como referentes simbólicos (los trenes, por ejemplo), constituyan una sucesión de ecos reiterativos y prescindibles. Por eso, y a pesar de que uno de los propósitos principales de la obra es mostrar que detrás de cada historia hay una existencia y un dolor únicos y auténticos, el resultado apunta precisamente en dirección contraria: porque los personajes parecen repetirse sus identidades se difuminan, al tiempo que se desgasta su posible eficacia como revulsivo moral.

Sefarad es por tanto una obra discutible, susceptible de juicios bien dispares. Contemplada como conjunto de relatos, resulta un libro desigual en el que piezas como «América» o «Tan callando» brillan como excepciones de intensidad y buen pulso narrativo. Pero si se juzga como lo que aspira a ser, es decir, como obra unitaria y ambiciosa en sus planteamientos temáticos y estructurales, las objeciones se pueden multiplicar. Desde esta perspectiva, Sefarad adquiere un aspecto heterogéneo y desconcertante que ni siquiera puede aliviar la continuidad de una prosa quizá un tanto enumerativa y ampulosa. Al igual que ocurría con Plenilunio, estamos ante una propuesta desbordante de ambición malograda en la que la complejidad se resuelve en repetición y la denuncia, en consigna explícita.

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