RESEÑAS

El inquietante encanto de la República de Weimar

Eric D. Weitz
La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia
Madrid, Turner, 2019 (2ª ed.)
Trad. de Gregorio Cantera
528 pp. 28 € COMPRAR ESTE LIBRO

Ernst Bloch
Herencia de esta época
Madrid, Tecnos, 2019
Trad. de Miguel Salmerón
384 pp. 27 € COMPRAR ESTE LIBRO

La República de Weimar, sucesora en 1919 del Segundo Imperio alemán tras la derrota en la Primera Guerra Mundial y liquidada en 1933 al ascender Adolf Hitler a la cancillería de lo que todavía tenía nombre oficial de Deutsches Reich, sigue ejerciendo cien años después de su nacimiento una fascinación indudable sobre las generaciones posteriores a 1945. Encanto, si se quiere, un tanto morboso, que resucita de forma periódica en tiempos de turbulencias democráticas, desafíos a las certidumbres de los sistemas democráticos construidos después de la Segunda Guerra Mundial, incertidumbre económica y difusas amenazas en el horizonte. Weimar se convirtió en un símbolo político lastrado, sinónimo de democracia fracasada en una sociedad moderna, consumida por enemigos internos y llegados al poder mediante unas elecciones.

No es por ello casualidad que vean la luz al mismo tiempo dos obras maestras, aunque distintas en naturaleza y enfoque. Por un lado, la magna síntesis interpretativa acerca de la República de Weimar del historiador norteamericano Eric D. Weitz, profesor en Princeton, reedición ampliada y actualizada de la primera entrega publicada en 2009. Por otro, el excepcional y complejo testimonio del pensador marxista Ernst Bloch, conjunto de reflexiones contemporáneas sobre la política y la cultura de la Alemania de entreguerras publicadas por primera vez en 1936 y reeditadas por la editorial Suhrkamp en 1962. Dos obras que, desde perspectivas muy distintas –uno, la mirada del historiador cultural, basada en el análisis de fuentes, testimonios y estudios monográficos; dos, la visión del filósofo marxista, producto de la observación participante, pero también condicionada por sus rígidos principios–, intentan responder a una pregunta básica: ¿por qué fracasó el sistema democrático de Weimar?

Esa pregunta ya fue formulada de forma casi obsesiva por los demócratas alemanes en el exilio, desde los arquitectos refugiados en Ankara hasta los profesores universitarios que hallaron cobijo en las universidades californianas. No podían entender por qué un país de una cultura excepcional, moderno y dinámico, había podido generar una hidra como la dictadura nacionalsocialista. La cuestión estaba y está condicionada por la constatación de una enorme paradoja. Por un lado, Weimar constituyó un período de excepcional vitalidad cultural, de liberación de mentes y espíritus, de secularización de la vida cotidiana y de eclosión de la modernidad. Son tres lustros dorados de las artes plásticas, la literatura, la arquitectura, la filosofía, la música y la creatividad en el cine. El Berlín posimperial se convirtió en una auténtica metrópoli de las artes y la cultura, pero también devino en un símbolo de la nueva alegría vital que invadía a las nuevas generaciones que habían vivido la barbarie de la Gran Guerra en el frente y la retaguardia. Weimar eran los cabarets berlineses, el arte irreverente de George Grosz, los edificios racionalistas de la Bauhaus, las reflexiones de pensadores tan dispares en sus planteamientos como Martin Heidegger u Oswald Spengler, la obra de escritores como Thomas Mann. La Alemania de Weimar asistió también a la nueva apoteosis del culto al cuerpo, a la liberación sexual y al ascenso de la mujer como en su nuevo papel de protagonista y dueña de sus propias decisiones. Así lo muestra Eric Weitz de manera magistral en los diversos capítulos consagrados a la ciudad de Berlín (pp. 57-100), a los nuevos principios arquitectónicos (pp. 201-242) y a la cultura o la sociedad de masas (pp. 293-344), aunque el más fascinante e innovador de todos sea quizá el dedicado a «cuerpos y sexo» (pp. 345-382).

Todo ello coexistía con la inestabilidad política y la difícil desmovilización de decenas de miles de excombatientes, incluyendo entre ellos mutilados de guerra y afectados por lo que después se conocería como síndrome de estrés postraumático. A comienzos de la década de 1920 esta muchedumbre mendigaba a menudo por las calles alemanas, o vagaba en busca de ocupación. Muchos de ellos indujeron una dinámica de embrutecimiento de la política, de traslación al ágora pública de los criterios del frente. La Alemania de Weimar nació, además, bajo el signo de la debilidad institucional. El sistema republicano fue tolerado, más que aceptado, por buena parte de las elites tradicionales del imperio alemán (terratenientes, grandes industriales, altos funcionarios, militares), que minaron desde dentro su legitimidad. La izquierda revolucionaria, en particular los comunistas, intentaron en 1919 el asalto al poder siguiendo la estela soviética, y no renunciaron a acabar con una república, a sus ojos, burguesa y acomodaticia con las elites de siempre. Desde el otro extremo, las distintas familias de la derecha radical, desde los cuerpos de milicias contrarrevolucionarias y nacionalistas hasta los emergentes nacionalsocialistas, pasando también por el más institucional Partido Nacional-Popular Alemán, aborrecían una república gobernada, a su juicio, por plutócratas judíos, antipatriotas y socialistas disfrazados. La inestabilidad económica de la primera mitad de los años veinte, cuya principal secuela fue la hiperinflación, y el impacto posterior de la Gran Depresión de 1929, que generó un masivo desempleo, se sumaron a las miopes exigencias de reparaciones económicas por parte de los vencedores de la Gran Guerra. La cuestión del pago de las reparaciones, hábilmente explicado por Weitz, se convirtió en un eje central de los discursos revanchistas y revisionistas del Diktat (imposición) de Versalles, que constituía uno de los elementos discursivos más poderosos de la derecha radical y que era invocado también a menudo por otros partidos.

¿Quiénes sostenían la República? Apenas tres partidos, que se sucedieron en las distintas coaliciones de gobierno dentro de un parlamento inestable, debido en parte a la adopción de un sistema electoral proporcional que otorgaba representación a casi todos los partidos. Por un lado, el Partido Democrático Alemán, de matriz liberal; por otro, el partido católico-confesional del Zentrum; y, en fin, el Partido Socialdemócrata, fuertemente implantado ya desde antes de 1914, pero lastrado por la escisión de un ala radical (el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania) y el Partido Comunista, y por el hecho de haber tenido que liderar la represión de los consejos obreros en 1919. A ellos se podían unir en coalición fuerzas menos entusiastas de la democracia liberal, como el Partido Popular Alemán de Gustav Stresemann, o, en menor medida, el Partido Nacional-Popular Alemán. Eran partidos cuyas bases sociales no siempre sumaban, sino que se superponían, de manera débil, para sostener con lealtad constitucional el sistema político. Weitz, con pluma crítica, señala las amenazas al sistema republicano llegadas desde los extremos, pero no tiene duda en subrayar cuál era la fuente de mayor inestabilidad: la creciente radicalización de la derecha extrema. Era un espectro político diversificado, rejuvenecido con nuevas ideas, como la «revolución conservadora» (pp. 385-388) del círculo Der Ring, el irracionalismo filosófico y la peculiar teoría cíclica de la historia de Oswald Spengler, las ensoñaciones racistas y el viejo antisemitismo renovado, que se unían a la reafirmación del carácter etnocéntrico del nacionalismo alemán y su veneración por principios como el Volkstum, el sustrato objetivo y etnocultural de la nación. Filósofos como Martin Heidegger, teóricos jóvenes como Carl Schmitt, escritores que cultivaban la mística de la violencia como Ernst Jünger, líderes respetables que actuaban de intermediarios con el mundo de las finanzas y la industria como Alfred Hugenberg, constituían la antesala del fenómeno que a partir de 1930 acabaría por convertirse en un tsunami que arrasaría con la República: la irresistible ascensión del Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes y la creciente popularidad de su líder, Adolf Hitler. Un líder que, en la percepción marxista de Bloch (pp. 72-79), sabía engatusar a las masas obreras adoptando una falsa apariencia revolucionaria, sublimando en el mito del Tercer Reich todas las frustraciones de amplias capas sociales y prometiendo un cielo terrenal (pp. 129-159). En eso, Bloch no tenía reparos en denunciar la, a su juicio, miope estrategia política del Partido Comunista y del Partido Socialdemócrata, encerrados en un determinismo socioeconómico conforme al cual la burguesía y el capitalismo acabarían siendo devorados por las contradicciones del sistema. Con una prosa un tanto abstrusa, pero una mente lúcida, el pensador marxista entendía que Hitler, y los nazis en general, habían sabido convertir la «herencia» cultural e histórica del pueblo alemán en un arma de presente y de futuro, haciéndola prevalecer así sobre la supuesta lógica del materialismo histórico: sus rivales no supieron comprender la «dialéctica de múltiples matices» que acabó con la República de Weimar (pp. 145-150).

El panóptico de Bloch es conceptualmente denso y amargamente lúcido, y en ocasiones desgarrador. Su lectura, por ello, no siempre es fácil, pese a la magnífica traducción de Miguel Salmerón. Muchos de sus juicios no serían compartidos por la historiografía actual, pero otras observaciones demuestran su lucidez. Del mismo modo, la mirada de Weitz no ofrece conclusiones radicalmente distintas al modelo explicativo ya conocido: el de Weimar como una república sin republicanos, devorada por la falta de consenso social, político y cultural en el momento de su constitución, sus contradicciones internas, su condición de potencia imperial derrotada y su fragilidad institucional. La Gran Depresión le daría el golpe de gracia, pero ya estaba herida desde su nacimiento.

No obstante, y a diferencia de las miradas sobre la República de Weimar que fueron predominantes en la historiografía alemana entre los años setenta del siglo pasado y la primera década del siglo XXI, el historiador norteamericano rehúye las explicaciones estructuralistas. Autores como Heinrich August Winkler, por ejemplo, en la senda de historiadores como Hans-Ulrich Wehler, tendían a recalcar que sólo desde el paradigma del Sonderweg, de la vía especial alemana hacia la modernidad, podía entenderse por qué el canciller conservador Kurt von Schleicher había sido sucedido por Adolf Hitler el 30 de enero de 1933 con el beneplácito del presidente de la República, el venerable mariscal Paul von Hindenburg. En ningún otro país –defendían– habían conservado las elites políticas preliberales tanto poder como para sentirse seguras de que controlarían a quien pretendiera instaurar un régimen nuevo. Weitz reconoce el peso del «déficit democrático» de Alemania. Pero también huye de determinismos: aunque la democracia de Weimar fue enterrada como resultado de la «conspiración de un reducido círculo de hombres poderosos próximos a Hindenburg», Hitler no habría pasado de ser una extravagancia más de aquella época de no haber mediado un conjunto de crisis políticas, sociales y económicas que habían minado la legitimidad del sistema democrático y el ánimo de amplios sectores de población. El beneficiario, Hitler, pronto revelaría cuál era su auténtico propósito, que iba más allá de los anhelos de restauración de la grandeza alemana y la superación de la Gran Depresión que habían llevado a muchos votantes a confiar circunstancialmente en los nazis en 1932.

Weitz, en este sentido, no ofrece grandes novedades respecto a los trabajos clásicos sobre la crisis de la democracia en la Alemania de entreguerras y la Europa de su tiempo. Podría achacársele cierta falta de perspectiva comparativa, y el carácter impresionista de varios pasajes. Con todo, el autor consigue dibujar un panorama caleidoscópico y cautivador, una mirada propia de la historia cultural de la política, con especial atención a lo que podría denominarse la «civilización» de la Alemania de Weimar, patente a través de su atención al paisaje urbano y cosmopolita de Berlín, al mundo de las artes y las letras, los cambios de valores sociales y de los roles de género. Las partes dedicadas a la vida política, los cambios sociales y las oscilaciones económicas se caracterizan por su narración ágil, sin pinceladas estadísticas. No incluye gráficos con resultados electorales, ni tampoco tablas con datos cuantitativos referidos a la economía o la sociedad. Es una historia cultural, que evidencia cierta fascinación por la época que estudia y su dinamismo creativo, que prefiere atender a la agencia de elites y minorías significativas, pero que no por ello olvida la relevancia de las desigualdades sociales y las percepciones de los protagonistas, recogiendo testimonios de obreros y de oficinistas. A ello contribuye un cuidado elenco de ilustraciones, tanto en color como en blanco y negro, que complementan perfectamente el texto, desde fotografías hasta carteles electorales. Es un ejercicio de síntesis imaginativa y bien escrita, en una prosa fluida y bien traducida –salvo detalles menores–, que sirve de ejemplar introducción y síntesis a la época que estudia.

Ese valor de recreación epocal es también el que impregna el conjunto de escritos de Bloch, sin duda mucho más subjetivos y de lectura más difícil para un público generalista. La introducción a la edición española (pp. 11-27), obra de Miguel Salmerón, es sin duda erudita, pero idónea únicamente para iniciados. A diferencia del historiador que emite su juicio setenta y cinco años después, Bloch se sumerge en la vorágine de los hechos y los estima de acuerdo con sus esquemas, claramente estructuralistas, aunque no por ello ciegamente deterministas. Su interés radica precisamente en su capacidad por ver más allá de lo que hacían muchos de sus contemporáneos, sus atrevidas comparaciones y sus ácidas críticas a tirios y troyanos. Para él –puede leerse entre líneas–, tampoco el nazismo era inevitable. Pero el hecho es que triunfó. Y el recuerdo de Weimar se convirtió en un sueño doloroso: el de la democracia vital y creativa que pudo ser y no fue, responsabilidad tanto de sus enemigos externos como de sus adversarios internos, que «emplean el lenguaje de la democracia» y se valen de ella para minar las propias instituciones democráticas, como recuerda Eric D. Weitz (p 468).

Xosé M. Núñez Seixas es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Santiago de Compostela y lo fue de la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich (2012-2017). Sus últimos libros son Camarada invierno. Experiencia y memoria de la División Azul  (Barcelona, Crítica, 2016), Fascismo, guerra e memória. Olhares ibéricos e europeus (Porto Alegre, ediPUCRS, 2016), Suspiros de España. El nacionalismo español 1808-2018  (Barcelona, Crítica, 2018), El frente del Este. Historia y memoria de la guerra germano-soviética, 1941-1945 (Madrid, Alianza, 2018), Patriotas transnacionales. Estudios sobre nacionalismos y transferencias culturales en la Europa del siglo XX (Madrid, Cátedra, 2019) y Die bewegte Nation. Der spanische Nationalgedanke, 1808-2019 (Hamburgo, Hamburger Edition, 2019). Es asimismo coordinador de España en democracia, 1975-2011 (Barcelona y Madrid, Crítica y Marcial Pons, 2017).

15/07/2019

 
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