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Andreu Nin, un revolucionario ejemplar


La revolución imposible. Vida y muerte de Andreu Nin
Andreu Navarra
Tusquets, Barcelona, 2021
363 p.

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El análisis de la vida política de Andreu Nin tropieza siempre con un mismo escollo: la convergencia entre su condición de víctima del estalinismo, y la exaltación de su carácter de verdadero revolucionario, sacrificado por la contrarrevolución, que encabezaban el PCE y su sucursal catalana, el PSUC. En suma, Tierra y libertad, de Ken Loach. En palabras de Pierre Broué, el POUM se oponía a «la reacción democrática», puesta en marcha «por la contrarrevolución estaliniana» para anular el impulso revolucionario de las jornadas de julio del 36. E.H. Carr lo refrenda, al afirmar que el POUM era «irreprochablemente proletario» y sin razón aparente fue sometido a una brutal represión (paralela a los juicios de Moscú, lo cual sí es cierto).

En gran medida, la minuciosa biografía de Andreu Navarra trata de escapar a esa pinza, poniendo de manifiesto la rigidez del ideario y la práctica política de Nin, a diferencia de las hagiografías al uso, pero lo logra solo en parte al transmitir una permanente sensación de simpatía hacia él, fundada en las buenas intenciones revolucionarias de Nin, por contraste con la negatividad que afecta a sus adversarios políticos. Más que en las reiteradas deudas expresadas en La revolución imposible con Pelai Pagès, es en el seguimiento acrítico de las valoraciones militantes de Julián Gorkin donde la aproximación de Andreu Navarra muestra sus poco saludables efectos.

La distancia entre Nin y Joaquín Maurín, los dos líderes del recién constituido POUM, resulta minimizada y atribuible a la derechización del pensamiento maurinista durante su exilio. Vale la pena detenerse en el juicio tardío de Maurín sobre el POUM, en carta a «Víctor Alba», de 11 de febrero de 1973: «El Ejecutivo del POUM no comprendió nunca que la prioridad era ganar la guerra. Antepuso la revolución a la guerra, y perdió la guerra, la revolución y se perdió a sí mismo. Lo que Engels dijo de los anarquistas españoles de 1873, es decir, que actuaron como no debían haber actuado, puede decirse aproximadamente del POUM de 1936-1937». Maurín fue amigo de Nin, y por ello amplía su crítica al «Ejecutivo del POUM», pero lo que aquí plantea es una explicación razonada de la política del partido y de su necesario fracaso, dejando de lado el socorrido anatema contra el estalinismo.

La coherencia del esquema revolucionario de Nin reside en su cadena de silogismos, proyectando una revolución comunista en España que sería clónica respecto de la soviética de 1917. De ahí también su atractivo para las jóvenes generaciones trotskistas del tardofranquismo. La revolución está ahí disponible, a la espera de que la ponga en marcha un partido comunista, cuyo liderazgo, siguiendo a Lenin, rechace todo estadio intermedio de carácter democrático. Tal sería a su juicio la tarea del POUM al ser fundado en 1935, por fusión de su pequeña Izquierda Comunista, tras romper con Trotski, con el Bloque Obrero y Campesino del bujariniano Joaquín Maurín. Para Nin, el verdadero enemigo es el PCE, que incumple su deber histórico y traiciona la revolución adhiriéndose a la democracia (burguesa).

En su biografía, Andreu Navarra describe la paradoja de que Nin reconozca las ventajas obtenidas con la victoria del Frente Popular, tales como la liberación de los revolucionarios presos, y al mismo tiempo «cargue contra un oportunismo irreflexivo, hijo de cándidas ilusiones democráticas, que llevaría indefectiblemente la revolución a la catástrofe». Los principios de su catecismo revolucionario, fijado desde 1931, no habían de experimentar otra modificación que el reconocimiento, inspirado en las Alianzas Obreras de 1934, de que, ante la imposibilidad de forjar el sujeto único de la revolución, esta será el fruto del «pluralismo revolucionario». Los comités revolucionarios serían los elementos activos que sustentarían el pluralismo en el nivel superior de la Generalitat y del gobierno obrero de Largo Caballero en Madrid. En una palabra, la democracia obrera, que Nin impulsa en su dimensión socializadora, desde su puesto como consejero de Economía de la Generalitat.

Los dos capítulos centrales de la biografía, sobre la Guerra Civil y los hechos de mayo del 37, más sus consecuencias, ilustran la puesta en práctica del citado esquematismo, conducente a disociar una doctrina revolucionaria mimética respecto de Octubre 1917, de los planteamientos concretos que asume Nin como político entre julio de 1936 y mayo de 1937. La desafortunada circunstancia de que su socio Maurín quedara apresado en territorio sublevado durante toda la guerra, evitó el componente realista que sin duda hubiera aportado, y de este modo el POUM, bajo la guía de Nin, enfiló el camino hacia lo que Navarro llama «la revolución imposible».

El tribunal que juzgó y condenó a los dirigentes del POUM en 1938 fue el primero en destacar que no cabía imputarles la colaboración con el franquismo, ni en el plano político ni en el militar. Solo que, como advierte Andreu Navarra, la experiencia soviética sin el nombre, propugnada por Nin y el POUM, tenía más que ver con su visión de las primeras jornadas de 1917 en Petrogrado «que con una perspectiva realista de la marcha de la guerra». Con media España en manos de los franquistas, y en un continuo avance, la cuestión era de mucho mayor trascendencia que un simple un debate de ideas, y en este terreno Andreu Navarra se queda corto al enjuiciar críticamente la política poumista. Es preciso recordar que la continua denuncia por Nin, y un sector anarquista, de todo aquel que no secundase su radicalismo, aun cuando no fuera signo de complicidad con Franco, sí contribuía a debilitar cada vez más el esfuerzo de guerra. ¿Por qué iban a luchar los trabajadores en defensa de una República que les cerraba el paso a su auténtico objetivo, la revolución? Toda perspectiva de unidad republicana resultaba desautorizada.

La «irreprochable política proletaria», elogiada por E.H. Carr, implicaba ni más ni menos que el olvido de la guerra en curso. Había que conservar armas en la retaguardia para hacer la revolución, tarea esencial a que debían consagrarse «las masas». Y lo hicieron en mayo de 1937 en Barcelona, con la CNT como protagonista activo, y el POUM como participante en las barricadas y agente de radicalización. Desde meses anteriores, según consigna su órgano La Batalla, en los mítines del POUM se gritaba «¡Muera la República democrática!». Había que luchar contra «la ideología confusionista y democrática del Frente Popular», de acuerdo con una lógica de insurrección antirrepublicana.

Por orden de la Comintern, la destrucción del POUM fue un objetivo del comunismo oficial, que culminó en la detención y asesinato de Nin en junio de 1937, así como en el procesamiento de sus principales dirigentes. Era el estilo de Stalin, que no encontró freno en el primer ministro Negrín, a pesar de las reclamaciones del nacionalista vasco Manuel Irujo, según revelan las notas tomadas por Togliatti (Instituto Gramsci). Asimismo, el entonces joven dirigente Wilebaldo Solano me contó en París que tras esa inhibición Negrín protegió a los poumistas durante su proceso. El episodio es bien conocido y Navarro lo relata puntualmente, lo mismo que el papel desempeñado por el POUM durante la insurrección de mayo. Lo que tiene poco sentido es calificar de «mentiras» la imputación al POUM como provocador antirrepublicano con su «muera la República democrática» y «la distensión entre las fuerzas obreras». Para colmo, Nin seguía en la Generalitat después de que su partido intentara la destrucción de las instituciones republicanas en Cataluña, con las armas en la mano. Los crímenes made in Stalin fueron tales, pero su denuncia no autoriza a elogiar una política suicida.

Por otra parte, la biografía de Andreu Navarra da cumplida cuenta de la labor desarrollada por Andreu Nin en la consejería de Justicia desde septiembre de 1936, con la puesta en marcha de los tribunales populares. Ahora bien, ¿sirvió eso para acabar con la feroz violencia que en los mismos meses instauraron las patrullas de control de los seguidores anarquistas de García Oliver? Leamos su libro El eco de los pasos, confesión involuntaria y anticipo de una bibliografía, reciente y rigurosa, sobre ese tiempo de terror. Andreu Navarra no entra en el tema.

En su conjunto, la biografía de Andreu Nin por A. Navarra constituye una aportación de primer orden, al margen del período polémico de la guerra. Lo que resulta menos convincente es la exaltación final de la figura de Nin en cuanto revolucionario modélico: «Pero con todo -nos dice Andreu Navarra- no es la historia de un perdedor, sino la de un ganador; la historia de alguien que se aferró a una ambición de cambio mundial que contrasta con sus orígenes modestos (sic)». Amén.

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