RESEÑAS

La mujer con los ojos de ningún color

Berta Vias Mahou
Una vida prestada
Barcelona, Lumen, 2017
212 pp. 18,90 €

Nació, fotografió y murió. Ni se reprodujo ni reveló su nombre verdadero a casi nadie. Era «La Efigie», «Zapatones», «la francesa» o «la espía». Sabían que esa niñera atípica escondía algo, pero tampoco nos fijamos demasiado en lo que hacen los demás. Comía de pie, como un antílope. Tenía altura de rascacielos y su corazón era, en realidad, un hueso de melocotón. Duro y áspero. Anunciaba su presencia con sombreros y cerca del vientre, le colgaba –siempre– una cámara Rolleiflex.

Clic.

Esa es Vivian Maier (Nueva York, 1926-Chicago, 2009), nacida Dorothée Viviane Thérèse. Pasea con zapatos masculinos por Bangkok, Egipto, Chicago, Indonesia o Nueva York. Clic. Sólo dispara una vez. Lo hizo en más de ciento cincuenta mil ocasiones. Apenas reveló los negativos. Casi nunca imprimió su trabajo. Al final de sus días, sentada ante el Michigan helado, pensó que «ver no es más que otra manera de escuchar». Nos lo cuenta Berta Vias Mahou en Una vida prestada, que engaña tanto como la propia Maier con sus decenas de nombres inventados. Porque parece una biografía, pero no lo es.

Las biografías se escriben con recuerdos de otros. Pero nadie recordaba nítidamente a Vivian: así operan las sombras. Murió como había vivido, sola, en una residencia de Oak Park, sin que se pudiera precisar el color de sus ojos. Los pocos que conservaban algún destello de aquella mujer se los entregaron al documental Encontrar a Vivian Maier (John Maloof y Charlie Siskel, 2013) y a un puñado de historiadores. Y, en cierta forma, la encontraron. Dieron con los niños a los que cuidó, las casas en que vivió y los billetes de avión que utilizó. Con sus cartas sin abrir, con recortes de periódico, sus facturas mugrientas y con los tubos de rollo de película repletos de dientes de leche. Contaron la fascinante leyenda de una artista que no quería público, que surcó la vida con el anonimato a babor y la soledad a estribor. Que rechazó ser famosa, esposa, madre, reportera o propietaria de nada. Quiso cuidar hijos ajenos y hacer fotos que nadie veía. Hasta que en 2007, el propio Maloof pagó menos de trescientos dólares por una caja de negativos anónimos en una casa de subastas. A partir de ahí, todo es historia contada: el descubrimiento progresivo de un material prodigioso que resumía toda la gran fotografía estadounidense del siglo XX. El hallazgo de más películas en desvanes mohosos, en guardamuebles de patronos ya muertos, como ella. La historia de Vivian Maier, la enigmática niñera fotógrafa, cuyo nombre –más o menos verdadero– habita el mismo panteón que el de Berenice Abbott, Lisette Model, Imogen Cunningham, Dorothea Lange, Helen Levitt o Diane Arbus.

Pero en todas las investigaciones seguía restallando el mismo enigma: por qué.

Clic.

No es el obturador de una cámara: es el chasquido de un cerrojo. El que impedía el acceso a la habitación de la niñera, la única exigencia que ponía al aceptar su puesto. Berta Vias Mahou no explica de dónde saca la llave maestra, pero accede al interior, con pasos delicados. De la estancia y de la fotógrafa. Nos introduce en su cabeza, la de una mujer que jamás contaba nada personal, ni nada que no lo fuera. A partir del único pensamiento auténtico y demostrable de Vivian Maier, hallado en una cinta magnetofónica («Tenemos que dejar sitio a los demás. Esto es una rueda, te subes y llegas al final, alguien más tiene tu misma oportunidad y ocupa tu lugar, hasta el final, una vez más, siempre igual. Nada nuevo bajo el sol»), la autora construye la respuesta y la filosofía vital de la artista. ¿Por qué anónima? ¿Por qué alérgica a los demás? ¿Por qué abandonar tan singular talento en cajas de zapatos?

La explicación está en Una vida prestada, que no es magia ni espiritismo, sino una novela. Vivian cuenta en primera persona su historia de Kafka fotográfico. Una historia que la prosa de Mahou convierte en otra cosa: un plan. Rumiado durante décadas, celosamente preparado para que, cuando se esfumara, los demás pudieran reconstruir a Vivian Maier con sus legajos. Una mujer que no escondía la cámara, pero sí el anzuelo.

«Hago las fotos sabiendo que van a ser vistas y lo hago para eso, para que se vean, pero no ahora. Ahora no las enseño. Y nadie parece saber que las hago, aunque todos me vean hacerlas. Lo tengo todo pensado», leemos. Con precisión más de restaurador que de orfebre, la autora madrileña desmenuza cómo Maier dispuso ese proyecto de celebridad póstuma, y sobre todo, por qué. No tenía miedo, ni pudor. Sentía, nos dice, asco por los engranajes de una esfera artística contaminada por un enfermizo egocentrismo, una «charca pútrida que con demasiada frecuencia funciona como el crimen organizado». No estaba dispuesta a sacar codos, ni a empujar. Aplaudir le resultaba una costumbre bárbara. Detestaba a los camanduleros aduladores, a los fotógrafos que sólo retratan lo que ven, lo que puede ver cualquiera, no lo que está más allá de nuestros ojos. Todo esto lo cavila Maier cuando asiste a la histórica exposición neoyorquina de La familia del hombre, cosa que pudo ocurrir o no. Una excusa para escucharla pensar y dar contexto a su desprecio: «No hay nada más real que el hambre, leíste en un panel. Y nada más falso que fotografiar el hambre, gruñiste para tus adentros». Se sentía a gusto sólo con los viejos, los niños y los fracasados.

Vivian sabía que era buena, pero no quería oírlo. No desde el presente: «Tus fotografías serán para los demás... cuando tú no puedas ya saber lo que los demás piensan sobre ellas, ni sobre ti. Cuando no sean más que un regalo y no un examen ante un tribunal con frecuencia hipócrita y corrupto», nos dice. Por eso diseminó migas de pan. Desperdigó fragmentos, retazos, rollos de negativos, pequeñas pistas para un explorador futuro.

En la novela, todo es hipótesis, pero destella con el vigor de la autenticidad. La novelista reimagina las solitarias tribulaciones de Maier y también –quizá la parte más exquisita– las circunstancias que condujeron a sus fotos más icónicas. La concisión con que recrea, por ejemplo, al quiosquero derrumbado sobre la palma de la mano es clarividente hasta el extremo de hacer indisoluble la historia de Vias Mahou y la fotografía de Maier. Se convierten en parte de la misma realidad: el tipo se llamaba Jim Roger y la niñera le adormeció con su perorata para congelarlo en el tiempo. No sabremos nunca si su vida fue tan poética –o lo que es lo mismo: tan carente de poesía–, pero las escenas en que se desenvuelve con la sociedad de la época gozan de una fuerza evocadora que deshilacha por los bordes la condición de ficción. Son una filigrana. Pocas veces los ejercicios de ventriloquía con los muertos salen bien. Esta es una de ellas.

Una vida prestada contiene, además, frases sobre las que parece que te despeñas: «La vanidad no es más que eso: un placer que dura poco y pide mucho»; «Vuestra casa no era un hogar, sino una de las muchas filiales que el infierno tiene en la tierra»; «Me he dedicado a perpetuar la vida, que es como hacerla muerte»; o «Odio y amor tienen el mismo número de letras. Las justas para coronar nuestros nudillos». Al margen de su sublime atractivo literario, la novela se hunde en la carne contemporánea como un cuchillo afilado: imposible sustraerse a las reflexiones que plantea sobre la exposición, el éxito o el esfuerzo en una sociedad como la actual, asfixiada por el exhibicionismo público y el reconocimiento efímero y falsario.

El libro alcanza, en suma, lo máximo a lo que aspira un relato ficcionado: verismo. Y lo que hace sobrevivir a las crónicas sobre figuras fantasmales: corazón. Sin una gota de edulcorante y con muy leves y equilibrados asomos de humana compasión. Invenciones, más que probablemente: pero si hubo realmente en la vida de Maier un «él», una manada o un instante para redimirse con la madre, como le brinda la autora, poco importa. Berta Vias Mahou le presta una vida a Vivian Maier, y de su exacta y prominente talla.

Al final, resulta que la niñera no era tan hermética. Tampoco su fama acaeció por azar. Lo dispuso así. Tenía que morir primero para alcanzar el firmamento de que hablaba Van Gogh. Después, tropezarían con su tesoro, su postrera ofrenda sin revelar: «Sea quien sea, creerá que me ha encontrado, cuando en realidad habrá sido al revés». Pero no podría ser cualquiera: «Quiero que sea alguien con hambre, alguien egoísta, primario, libre, en la medida en la que una persona en el mundo civilizado puede serlo», establece. «Un cazador de tesoros callejero, como yo». Posiblemente se refería a John Maloof, el joven con el pelo al cepillo que pujó por aquella caja desvencijada. Pero después de Una vida prestada, es legítimo preguntarse si no hablaba también de Berta Vias Mahou.

No lo sabremos jamás, porque Vivian mentía con la misma soltura con que se cambiaba de sombrero. Azules, negros, marrones, verde azulado. Respondía indistintamente para rellenar el pasaporte. Sus ojos eran cada vez de un color. O lo que es lo mismo: de todos a la vez, como el blanco y negro de sus fotos.

Clic.

Bárbara Ayuso es periodista, colaboradora de El País y Jot Down. Es coautora, con Marta Arias, del libro Viaje al negro resplandor de Azerbaiyán (Madrid, Musa a las 9, 2014).

04/06/2018

 
COMENTARIOS

ANGELES MARTIN 05/06/18 20:14
muchas gracias por la magnifica lectura que has hecho de la novela de Berta Vias Mahou.
Saludos
Ángeles Martín

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