Cuando las palabras ritman la vida

Tengo, tengo, tengo. Los ritmos de la lengua

José Antonio Millán

Barcelona, Ariel, 2017

El último libro de José Antonio Millán, Tengo, tengo, tengo, es un ensayo de divulgación lingüística casi en estado de gracia. Esto es así porque atesora virtudes expositivas muy difíciles de hallar todas juntas en una misma obra de este ámbito; porque estudia con penetración y perspicacia el tema que pretende esclarecer a sus lectores ?los mecanismos rítmicos subyacentes en el español?; y, sobre todo, porque se trata de un libro inteligible, ameno y riguroso, en el que se nota el buen hacer de quien es una referencia en los campos de la lingüística, la edición, la educación y las nuevas tecnologías. Además, la enjundia de los ejemplos que selecciona para ilustrar sus análisis ?principalmente tomados del español peninsular y, en ocasiones, de otros idiomas, quizá para demostrar el carácter universal de los fenómenos que está explicando? es notoria en todo el libro. Veamos someramente lo que contiene.

La Parte I, «Palabras en el tiempo», tiene un carácter propedéutico y plantea de entrada el qué (el ritmo) y el dónde (la lengua) del ensayo. Para empezar, José Antonio Millán explica cómo las dos principales actividades en que el ser humano manifiesta el sentido del ritmo son la música y el lenguaje verbal y, a continuación, distingue dos tipos de ritmo. El interno, que tiene que ver más con los patrones de algunas funciones corporales básicas, como la circulación sanguínea o respirar; y el externo, que es una propiedad innata exclusiva de los hombres, idea esta que viene de lejos (Aristóteles, Poética 48b). Este ritmo externo se empieza a desarrollar en los primeros meses de vida (balbuceo canónico) y su percepción se encuentra en la misma área del cerebro que controla el lenguaje. Después analiza aquellos recursos (medida versal, distribución de acentos, rima, pausas y repeticiones) que se han utilizado tradicionalmente para dotar de regularidad, unidad y formalización a la poesía. Una vez fijado el concepto de ritmo que va a manejar y los mecanismos que lo regulan, el resto del libro estudia el ritmo ?con puntuales incursiones en el mundo de la poesía culta? en lo que el autor denomina la lengua «normal», porque es ahí donde con mayor espontaneidad afloran las estructuras rítmicas del idioma, centrándose sobre todo en aquellas de sus facetas (lúdica, mnemotécnica, mágica, proverbial…) que no tienen una finalidad artística o literaria inmediata.

Las Partes II a IV se aproximan a un mismo fenómeno: las cancioncillas que acompañan a los juegos infantiles. José Antonio Millán explica que los patios de los colegios son espitas por las que, con cierta independencia de la presión que ejerce la sociedad, las instituciones o la familia sobre los niños, brota una cultura que poco a poco va viéndose arrinconada: la cultura popular-tradicional. El autor se interesa por aquellas palabras inventadas (Sarabuca / de rabo de cuca…) que se insertan en estas canciones, muchas veces incomprensibles y sin sentido aparente, pero que tienen un propósito importante: crear un ritmo que paute un movimiento regular. En el caso concreto de las canciones o retahílas de sorteo, estas palabras proporcionan una estructura rítmica marcada que facilita el acto de seleccionar jugadores: Una, dole, / tele, catole, / quile, quilete… Por otro lado, su exotismo contribuye a que sean memorizadas con más facilidad. Son palabras que se recitan, canturrean o cantan y que tienen algo antiguo, mágico y ritual. Relacionado con esto último, destaca la breve cala del autor en el mundo de los trabalenguas, que inician al neófito en los arcanos fonéticos de un idioma, y en el de las adivinanzas, nacidas como entretenimiento cortesano y que en la actualidad se utilizan más bien para instruir en los principales tropos de una lengua.

Pero no todo en el ritmo iba a ser un juego de niños. También existen formas lingüísticas que se sirven del ritmo para dotar a su mensaje del prestigio de lo inveterado, como ensalmos, encantamientos, conjuros y refranes. Al análisis de las cualidades rítmicas de estos últimos dedica José Antonio Millán varios capítulos del libro. Los refranes suelen transmitir un saber común de forma figurada, aunque en ocasiones sólo son «cosas que se dicen porque se han dicho antes», y suelen tener dos partes. La primera termina en una suspensión que se remata o cierra en la segunda con una rima o un paralelismo para proteger al refrán de ulteriores deformaciones; sin embargo, a lo que invitan a veces es a parodiarlo. Otro caso cercano sería el de las nanas, que con su ritmo lento y repetitivo y su tono suave y descendente, tranquilizan y educan el sentido musical de los infantes.

En la Parte V, «De otro continente», José Antonio Millán se dedica a rastrear la huella de los sonidos africanos en la lengua española. Géneros como los villancicos, guineas o negrinos atestiguan su presencia en la música y teatro españoles ya desde los Siglos de Oro, presencia que sobrevive hoy fundamentalmente en Hispanoamérica. No hay más que escuchar a los innumerables congos panameños o colombianos para hacerse una idea. También se interesa por la incorporación de esos sonidos a la poesía culta moderna, con ejemplos como el famoso poema «Jabberwocky» de Lewis Carroll, «Karawane», poema fonético dadaísta de Hugo Ball, las jitanjáforas de Oliverio Girondo o algunas composiciones de los cubanos José Lezama Lima y Nicolás Guillén y del puertorriqueño Luis Palés Matos.

La Parte VI, «Al unísono», analiza los ritmos que sirven para organizar las acciones humanas. Estamos hablando de las marchas militares y de las canciones de trabajo, como el martinete, cuyos ritmos coordinan los esfuerzos simultáneos de varias personas y conservan el compás de las acciones de que derivan; pero también hablamos de las consignas y eslóganes que se gritan en las manifestaciones (No nos mires, / únete) con ritmos que dependen del movimiento del cuerpo al andar y que refuerzan la sensación de pertenencia a un grupo.

Tampoco escapan al interés del autor los ritmos que se generan cuando alguien toma la palabra en público para anunciar algo (vendedores ambulantes, pregoneros) o zanjar alguna cuestión. En este apartado destaca el análisis que realiza de las retransmisiones futbolísticas y de las subastas, modalidades en las que la voz del emisor debe ser un surtidor continuo, modulado y rítmico de palabras. Respecto a las subastas, recomiendo al curioso lector que vea How much wood would a woodchuck chuck… (1976), documental de Werner Herzog sobre la ?en su primera acepción? «formidable» lengua de los subastadores de ganado.

La Parte VIII, «Grabar en la mente», podríamos considerarla ya un ejercicio de arqueología lingüística. Investiga los patrones rítmicos que facilitan el noble arte de la retentiva. Pero me temo que el ritmo como elemento mnemotécnico inició su declive hace tiempo con la aparición de Google.

Por último, el libro contiene un muy útil «Índice de materias y de nombres propios» para que el lector localice fácilmente los temas que le interesan y una «Bibliografía básica» que se completa con los materiales alojados en el portal web de la obra. Estos materiales complementarios se organizan en tres apartados: una «Bibliografía detallada» de más de doscientas referencias bibliográficas, con preferencia por las obras que son accesibles desde Internet; un extenso apartado de «Notas» vinculadas a cada capítulo del libro; y una «Lista de medios» ?trastear por aquí es una delicia? con ejemplos sonoros y visuales que ilustran casi todas las citas utilizadas en el libro. Este «esfuerzo de síntesis y relación», la claridad expositiva del autor y la brevedad de cada capítulo, con una extensión media de tres a cuatro páginas, nos llevan a preguntarnos cuál sería el formato más adecuado para aprovechar la lectura de este libro. Parece evidente que el digital, que, si bien en ocasiones favorece un tipo de lectura superficial, rápida y fragmentada, en este caso permite que la obra se despliegue en todas sus posibilidades para orientar al lector en el «continuum digital». Y es que, hoy, un libro sobre el ritmo no podía entrar sólo por los ojos. Por eso, intuyo, esta obra podría tener una especial utilidad como herramienta pedagógica en el campo de la docencia.

Estamos ante un ensayo que no se pierde en zarandajas teóricas ni se refugia en tecnicismos abstrusos. Un ensayo que es el resultado de la infinita curiosidad y sapiencia de su autor hacia cualquier manifestación del idioma que presente pautas rítmicas, aunque con predilección por sus expresiones orales. Un ensayo, en fin, que muestra cómo la lengua se organiza con naturalidad en moldes rítmicos, a veces por el puro placer que supone el hacerlo, pero sobre todo cuando la usamos con fines prácticos como vender vacas, animar a tu equipo, dormir a un niño, elegir quién se la liga al pilla-pilla, memorizar la tabla de multiplicar del 7 o, incluso, conseguir un «lenguaje sazonado» (Platón, Política 607a). Ya lo había dicho Rubén Darío hace más de un siglo: «Ama tu ritmo y ritma tus acciones».

Iván Gallardo es profesor de Literatura.

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Ficha técnica

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