George Steiner, reivindicación de la alta cultura

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Un lector
George Steiner
Madrid, Siruela, 2021.

Al final de su vida, en una entrevista publicada póstumamente, George Steiner reconocía que le había faltado valor para crear. Nunca antes lo había dicho con tanta claridad; es más, si de algo se enorgullecía este erudito menudo y curioso era de ser un maestro, con toda la potencia semántica que posee el término para quien se consideraba un eslabón en la interminable cadena de la tradición rabínica. Pero no es esta, sin embargo, la condición que mejor le describe, sino la de lector, ya que su vocación fue la de desentrañar, con el concienzudo trabajo de un orfebre, esas «presencias» que laten en todo texto escrito.

En este sentido, es probable que su forma de adentrarse en la cultura europea -desde Homero hasta Schönberg- constituya su lección más inolvidable para quienes, después de su muerte, nos acercamos a él con el anhelo de familiarizarnos con una forma de leer desgraciadamente olvidada. Un lector es el mejor camino para hacerlo. El volumen, que compendia extractos de sus obras más emblemáticas, si bien anteriores a 1984, y que en castellano permanecía inédito, tiene dos ventajas: por un lado, fue el propio Steiner quien preparó la antología, de modo incluye lo que consideraba importante, de algún valor, o más representativo. Por otro, a pesar de haberse publicado en fecha tan temprana y de su indudable carácter retrospectivo, la selección revela las principales líneas de fuerza de todo su trabajo posterior y, por tanto, a lo largo de sus páginas nos encontramos con los temas más frecuentados por Steiner, como la decadencia de las humanidades, el proceso de amnesia institucionalizada, la uniformidad lingüística y el envilecimiento del lenguaje, las fisuras en el proceso de transmisión cultural y, en fin, la imposibilidad de que la cultura nos resguarde o proteja de la barbarie.

Si, como lector, la maestría se palpa en cada una de sus páginas, trufadas de citas, de nombres propios, de insólitos saberes y mitologías, como autor lo que más hemos de apreciar son los innumerables debates que suscitó. No dejaba nunca indiferente. Por ejemplo, en su segunda ensayo, La muerte de la tragedia, publicado en 1964, exponía la polémica tesis de que la erosión de lo sagrado reprimía el majestuoso género nacido en Grecia, de modo que críticos como Raymond Williams, primero, y Terry Eagleton, más tarde, presentaron sus objeciones. Con independencia de que nuestro tiempo sea o no inexorablemente antitrágico, o de que resulte viable expresar el desencanto político y económico emulando a Esquilo, es un hecho que en aquel ensayo seminal Steiner ofrecía un diagnóstico sobre la crisis de la cultura que los acontecimientos posteriores solo se han encargado de confirmar. No extraña que su desesperación creciera con los años.

Leer a Steiner supone asistir a un espectáculo único, algo así como acercarse al escenario en el que tiene lugar el drama crepuscular de la gran cultura europea. Salvando las distancias, Steiner es a nosotros lo que Zweig al Imperio. Además, a diferencia de otros pensadores, que se han limitado a llamar la atención sobre el deterioro cultural, buscando remedios fáciles o proponiendo un simple lavado de cara, Steiner pone el dedo en la llaga advirtiendo que el problema es punzante, pues no solo leemos menos -y peor-, sino que parece estarnos vedado el acceso a los tesoros culturales más elevados. Por decirlo de otro modo, Dante y Tolstoi emplean un dialecto distinto al nuestro y no sintonizamos con facilidad con esa tradición -escriturística, humanística, clásica- que convierte los libros en la mejor senda para conocernos.

George Steiner

Se objetará que Steiner es un hombre poblado de libros y que imagina el mundo desde su biblioteca. Y sí, su interpretación está mediada por la riqueza de la literatura, del arte y del lenguaje. Ahora bien, en esta antología, y aunque en ocasiones brote, no es tan marcado el tono catastrofista. Justo es reconocer, también, que a Steiner no le falta ni pasión ni coherencia. En sus propias palabras, nos adentramos en una época poscultural, lo que implica no únicamente la pérdida de ese amplio caudal de narrativas y libretos que nos explican como seres humanos, sino la liquidación paulatina de la pluralidad. Como políglota y erudito, le inquietaba tanto la imposición del inglés como lingua franca como la difusión de ese delirio del alma que es el nacionalismo, porque en uno y en otro caso lo que se resiente son siempre las dimensiones en que se articula la multiplicidad de lo humano.

Los críticos le reprocharon su elitismo, pero su pasión por la cultura aristocrática convivía con la curiosidad por formas artísticas postreras o de vanguardia. Tampoco censuraba el acceso del gran público a la cultura más elevada. Lo que sí deploraba era que la industria no ayudara a preservar «ese pico de hielo que atraviesa las entrañas» (Kafka, que es uno de los rasgos de lo que se ha llamado sublime, y que se puede encarnar tanto en una cantata de Bach como en un lienzo de Munch.

El humanista es un recordador, alguien que, como Steiner, evoca siempre el pasado. Que camina, por decirlo así, con la mirada hacia atrás. Que habla en pretérito y apacienta su interioridad a través del continuado diálogo con quienes le precedieron. De esta suerte, si tuviéramos que resumir esta obra, diríamos que lo que nos revela -o recuerda- es que la cultura no constituye el desván de las antigüedades, ni el altillo de los cachivaches viejos; se podría afirmar, por el contrario, que es una corriente a través de la cual manan fuerzas y significados, a cuya zaga vamos, pero que a la postre nos seguirán siendo esquivos.

Esta dinámica entre «presencia/ausencia» es lo que apuntala la vitalidad de la tradición cultural y permite su pervivencia. El problema es que todo ese acervo inacabable no cabe en una escueta nota a pie de página, ni podemos llegar a él con una vertiginosa visita en la red. La cultura, así, se debate entre las manos empobrecedoras de los especialistas y el efímero gusto de las masas.

Por otro lado, la experiencia del Holocausto –su familia, judía, se vio obligada a abandonar Europa ante el avance del nazismo-  permitió a Steiner inmunizarse desde muy temprano frente a cualquier frivolidad idealista. Como intelectual, y contra lo que cabe suponer, nunca confió demasiado en el poder humanizador o emancipador de la cultura, pues sabía que era razonable dudar de que el estudio de Shakespeare hiciera a un hombre menos propenso a abrir la espita del gas. Creía que Europa no podría superar nunca esa oscura paradoja que convirtió a la cuna de la civilización, el país de Goethe y Kant, en un brutal y frío campo de concentración.

La experiencia de la barbarie -como la música o el ajedrez, el cruel destino del pueblo judío constituye una de las constantes de su obra y, como aquellos temas, también comparece en esta colección de extractos- le condujo a reflexionar sobre dos fenómenos interrelacionados. En primer lugar, sobre el envilecimiento del lenguaje y la pérdida paulatina de su potencial simbólico y creativo -son memorables, a este respecto, sus páginas sobre el daño de la pornografía, que no solo ha vulgarizado el lenguaje, sino estandarizado el comportamiento sexual, haciéndolo escasamente imaginativo-. Y, en segundo lugar, sobre el umbral de lo decible, esto es, sobre los límites de las formas expresivas y la retirada de estas últimas ante la irrupción de lo inhumano.

Del mismo modo que podríamos leer Un lector como introducción a la extensa producción de Steiner, también sirve como una especie de trampolín para familiarizarse con el resto de su producción. Quien conozca los ensayos que publicó más tarde, especialmente Presencias reales, Gramática de la creación, Lecciones de los maestros o Errata, sabrá que este último representante de la alta cultura europea no pierde fuste ni siquiera cuando aborda asuntos quizá menos elevados, pero más urgentes, como nuestra entrada en el universo de lo visual y lo que depara. Lo cierto es que esta selección opera como una suerte de revulsivo y que en estos textos, llenos de citas memorables, podemos descubrir sendas y caminos en los que nos reencontrarnos con la cultura, la misma que Steiner se propuso conservar y transmitir.

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