Archivo Revista de Libros

El río de la mente

Uno de los relieves más hermosos y dramáticos del arte drávida en general, y de la dinastía pallava en particular, es el Gran Peñón de Mahaballipuram. Se trata de una peña tallada que representa el descenso del Ganges sobre la Tierra. El mito se narra bellamente en el R?m?ia?a. Al mediodía, después de bañarse en sus aguas, honrar a los dioses y antepasados, prender el fuego sagrado y comer las ofrendas bendecidas, con la mente en paz y el corazón dichoso, el sabio Vi?v?mitra cuenta a los príncipes R?ma y Lak?ma?a la historia del nacimiento del río. La historia de cómo Bhag?ratha, para redimir a sus ancestros y tener un heredero, estuvo mil años practicando el ascetismo hasta que Brahm? quedó complacido y le concedió el deseo de que Gang? bajara del cielo, y de cómo después de cien años erguido sobre el dedo gordo de su pie consiguió que ?iva absorbiese el impacto de la corriente al quedar enredada en la maraña de pelo de su cabeza.

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El viaje como signo revelador

Si tuviese que elegir dos palabras para expresar la esencia de este libro, escogería el término japonés sabi, que significa soledad meditativa y la palabra viaje. Sabi es un ideal, un valor de origen medieval que se asocia con aquello que produce belleza y desolación en la soledad. En su lectura china se escribe con un ideograma que se lee como jaku, término budista que significa calma trascendental, y que en muchos textos se interpreta como muerte o nirvana. Esto nos permite intuir en el título Calmas de enero algo más que su evidente referencia meteorológica. Sabi es una atmósfera, un ambiente, pero también una cualidad de ciertos objetos a los que el paso del tiempo ha cargado de serena melancolía, abandono y desnuda emoción. En Occidente, el artista que se ha manifestado más próximo a este concepto fue un pintor de vida cuasimonástica, el italiano Giorgio Morandi, al que César Antonio Molina dedica uno de los poemas de su libro. Un pintor de bodegones que, sin embargo, fue un pintor metafísico. Un pintor de naturalezas muertas que sacralizaban la realidad.

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Aquellos años de plenitud ya clausurados

Decía Oscar Wilde desde la cárcel de Reading que en cada momento de nuestra vida somos lo que vamos a ser no menos que lo que hemos sido. De la necesidad de contar una vida y reflejar un mundo nacen la mayoría de las memorias. Pero un libro de memorias no es un memorándum ni una agenda: por eso en él no debe darse cuenta de todo lo que se ha vivido. El buen memorialista ?y Villena lo es? siempre se muestra selectivo, no acaparador y, si los tiene, nunca acude a sus diarios para verificar los recuerdos. Se aleja de la mortificante y baldía exhaustividad y del esnobismo retrospectivo de los peores perpetradores del género. Intenta aprehender los iridiscentes y errabundos fulgores del pasado, pero resalta sin empacho unas vivencias y olvida otras, porque sabe que esas zonas de terra incognita, llamadas «bellas durmientes» por los antiguos cartógrafos, son también necesarias.

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La revisita a un clásico contemporáneo

Claudio Rodríguez (1934-1999) es un poeta al que desde muy pronto se incluyó en el discurso literario de su generación histórica, la llamada Generación del Medio Siglo, cuyos miembros (Ángel González, José Agustín Goytisolo, José Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines) vivieron de niños la experiencia de la guerra civil española y empezaron a publicar en la década de los cincuenta, dominada por una lírica testimonial y de carácter social que pronto habrían de superar. Como sucede con el resto de compañeros de generación, su obra ha sido ampliamente editada y estudiada. Buena muestra de ello sería la precoz recopilación de sus tres primeros libros por parte de Carlos Bousoño (1971) o la del propio autor bajo el título Desde mis poemas (1983). También existen abundantes antologías de su poesía.

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Cuando las palabras ritman la vida

El último libro de José Antonio Millán, Tengo, tengo, tengo, es un ensayo de divulgación lingüística casi en estado de gracia. Esto es así porque atesora virtudes expositivas muy difíciles de hallar todas juntas en una misma obra de este ámbito; porque estudia con penetración y perspicacia el tema que pretende esclarecer a sus lectores ?los mecanismos rítmicos subyacentes en el español?; y, sobre todo, porque se trata de un libro inteligible, ameno y riguroso, en el que se nota el buen hacer de quien es una referencia en los campos de la lingüística, la edición, la educación y las nuevas tecnologías. Además, la enjundia de los ejemplos que selecciona para ilustrar sus análisis ?principalmente tomados del español peninsular y, en ocasiones, de otros idiomas, quizá para demostrar el carácter universal de los fenómenos que está explicando? es notoria en todo el libro. Veamos someramente lo que contiene.

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Con pocos, pero doctos libros juntos

He de reconocer que la primera reacción que me suscitó este libro fue de suspicacia, sospecha y desconfianza. En la sobrecubierta, una fotografía con un primer plano del autor y, rodeándola, una faja promocional que aludía a la última película de Jim Jarmusch, Paterson. Además, no paraba de darle vueltas al título: Poesía reunida. Sabía que William Carlos Williams había publicado durante cincuenta años de labor poética un número muy respetable de obras y la elasticidad semántica del término «reunida» originaba en mí cierta curiosidad e incertidumbre. ¿Cuánta de su poesía estaría «reunida» en este volumen? Los títulos seleccionados, ¿ofrecerían una visión general de su trayectoria literaria? Al consultar el índice, mis recelos aumentaron. Con «reunida», Lumen se refería sólo a cuatro obras, y tres de ellas ya habían sido publicadas con anterioridad en la misma editorial. Por lo menos, se trataba de una edición bilingüe. Pero dos hechos me llamaban positivamente la atención. El volumen no incluía Paterson (lógico, pues ya disponemos de una estupenda traducción en Cátedra); y no se trataba de una antología, modalidad de recolección ya ensayada por las editoriales Era, Visor y Alianza en el ámbito hispanohablante. Era imprescindible encontrar, si es que los había, el propósito y la pertinencia de esta publicación. 

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El camino interior

Antes de abordar el análisis de este libro dividido en tres partes, conviene recordar que Antonio Gamoneda ha señalado en numerosas ocasiones la significativa diferencia que existe entre poesía y literatura. Para él, el pensamiento poético, contradictorio y siempre cercano al nacimiento del lenguaje, tiene su origen en un impulso rítmico antes basado en proporciones y armonías de naturaleza matemática y musical que en la expresión lingüística de un logos o «razón». Este movimiento inicial queda después detenido, cristalizado en una escritura reveladora del ser ?iluminada por el don del amor y la memoria, donde conocimiento y vida ocurren sin distinción? que se erige en una ascesis encaminada a la liberación de la conciencia, única realidad del universo, pero que se ignora a sí misma. Por eso no resulta sorprendente que el estilo de Gamoneda, en constante equilibrio entre abstracción y concreción, aunque con cierto gusto por vocablos añejos de fonética rotunda sorprendidos en una sintaxis moderna, siempre haya sido esencial y enigmático, un lenguaje, en este caso alejado de las formas clásicas, que alude y oculta, ilumina y ciega a la vez.

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Las enseñanzas del abismo

Tótem espantapájaros es un libro constituido por cincuenta poemas que proponen dos vías alternas, aunque profundamente imbricadas, para acceder a su significado. La primera, que se manifiesta de manera inmediata y casi instintiva, es la visual. En este punto, los poemas comparten varias peculiaridades unificadoras: todos son caligramas, textos que adoptan una disposición gráfica cuya silueta recuerda a las figuras antropomórficas mencionadas en el título; todos están escritos en color blanco sobre fondo negro; y todos presentan una tipografía cercana a la caligrafía infantil. La segunda vía de acceso, más demorada o reflexiva si se quiere, correspondería a la materia propiamente verbal de las composiciones. De este modo, los poemas, en un movimiento inicial, despliegan su carácter icónico sólo para consumarse posteriormente en su naturaleza lingüística.

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