Octubre 2020
Revista de Libros
RESEÑAS

El diván de Montalbán

Daniel Vázquez Sellés
Recuerdos sin retorno. Para Manuel Vázquez Montalbán
Barcelona, Península, 2013
120 pp. 13,50 €

El hijo único de Manuel Vázquez Montalbán firma en propia declaración este «acto de expiación paternofilial» que cae sobre el indefenso ataúd de su padre como un último perno inclemente, desmañado, comido por óxidos varios y compatibles: el arrasador complejo de inferioridad, el ajuste de cuentas freudiano, el arranque sentimental, el memorialismo cainita, la autocompasión patética, el desahogo contra terceros, el comentario político, el acceso lírico, el brindis al sol felliniano y hasta alguna parrafada de sintaxis madura. Todo ello cabe y se sucede sin concierto en estos Recuerdos sin retorno que le han dejado publicar a Daniel Vázquez Sallés, contra el que no tenía uno nada antes de leer su libro.

El autor, quizá por encargo lucrativo, quizá animado de una generosidad filial en la efeméride del primer decenio sin el padre de Pepe Carvalho, afronta la escritura de una obra que debiera por íntimas razones haber observado un proceso más serio de elaboración, un propósito más claro de destino o, al menos, debiera su desnortado autor haber contado con una piadosa asistencia editorial, así sea por la limpia memoria del patriarca. No es que Vázquez Montalbán salga malparado de estos recuerdos filiales, ni tampoco más explorado de lo que ya estaba por el propio autobiografismo solapado de Montalbán, ni elucidado en sus posibles incoherencias, como esa de ser a un tiempo terca ama de llaves del comunismo español y teórico pionero del nuevo gourmet de clase media-alta. El delicado género de la carta al padre, para ser literatura de observación y no documentalismo de niño perdido, exige la afirmación de una nueva personalidad mediante la reivindicación orgullosa, o bien el ajusticiamiento a lo Kafka; pero la obrita digamos compuesta por el vástago de Manuel Vázquez Montalbán no hace ni una cosa ni la contraria: explota desde la portada el apellido paterno para acabar endilgándonos la confesión más idiosincrásica que original de un varón barcelonés en plena crisis de los cuarenta, hijo de padre talentoso a quien el cielo y la genética se negaron a transmitir el don, dóciles al inflexible aforismo: Quod natura non dat, Salmantica non præstat.

El texto vale como documento elocuente del tema del padre no intencional. Si Vázquez Sallés se propuso emprender un paseo proustiano por el tiempo compartido, en la práctica sólo se lame las heridas de una vida marcada (para bien y) para mal por el hierro de un papá titánico, castrante. Así los Panero. En este caso, el relato en primera persona traslada la voz de un hombre aplastado por la relevancia del destinatario al que se dirige. Unas veces lo defiende de un Arcadi Espada o un Vidal-Folch implacables con los turistas del ideal. Otras veces le reprocha su incapacidad para el cariño, o la existencia vicaria a la que la fama del padre tiene condenado al hijo: «En este planeta de los simios, no soy el puto mono de feria al que pueden lanzar cacahuetes cada vez que recuperan sus historias de la puta mili». Desde luego, si el autor aspira a un reconocimiento propio que suelte amarras con las prebendas dinásticas, no lo conseguirá con ese lenguaje.

El libro, digámoslo todo, reviste algún interés marujo cuando bucea en las relaciones más o menos venenosas de Vázquez Montalbán con grandes nombres de su tiempo y circunstancia, como Santiago Carrillo, retratado como un superviviente veleta indigno de la militancia de pedernal del columnista, o como Carmen Balcells, que queda como una déspota menopáusica con secreta devoción por la astrología. Especialmente revelador, de una lucidez verdaderamente impar entre tanto ternurismo, me ha parecido el reparo que el hijo pone a la misión intelectual de la que el padre se sentía investido por cuna y crianza: «Toda tu obra rezuma memoria, ideología, rebelión contra un mundo heredado. Como hijo de la clase obrera, un niño criado en el Barrio Chino barcelonés entre perdedores de una guerra de clases, siempre fuiste un perdedor emocional y tu carácter ciclotímico es consecuencia de aquellos años de racionamiento, del pan negro, de las calles controladas por los falangistas, de un padre preso, de una madre necesitada de cariño y de los estertores de un barrio fortificado». Yo, que he leído a MVM y lo he reseñado en Revista de Libros, no añado una coma a esto que dice su hijo, el mismo que unas páginas más allá agradece el siguiente consejo paterno que tiene grabado –dice– a fuego en el corazón: «Daniel, los pijos son muy simpáticos, pero cuando les tocas la cartera, te arman guerras civiles». En fin, era el acento familiar.

Daniel Vázquez se define izquierdista, pero no comunista, y catalanista cuya opción por la independencia crece a tono con el ambiente. Tampoco en el coraje ideológico, como en el manejo gramatical, ha salido al padre. Aunque, eso sí, pide una república catalana con el castellano como lengua cooficial, más que nada por integrar. Registra Vázquez Sallés que «la españolidad tiene paralelismos con el sionismo» y, en un claro ejemplo de proyección, que «Madrid es una ciudad egocéntrica hasta la neurosis», antes de advertir de la recentralización fascistoide que planea Rajoy. Y en este plan. Si abandona los derroteros de la política, tampoco es mucho mejor, porque acecha la depre y entonces puede declararse un «espermatozoide despistado», «escritor neurótico y ciclotímico» e incluso «una persona altamente peligrosa». Luego remonta el vuelo y quiere declamar poesía, pero cita la «Oda la inmortalidad» de Wordsworth –los archisobados versos del esplendor en la hierba– atribuyéndosela a Walt Whitman.

Lo peor de todo es que Manuel Vázquez Montalbán ni siquiera fue un genio; en el mejor de los casos, fue un escritor articulado con una cosmovisión numantina y un estilo solvente. Puede que tres o cuatro libros suyos, los menos atrincherados, perduren: una cifra con la que él mismo se conformaba. En cuanto a los recuerdos de su hijo –que se cierran, por cierto, con un delirante obituario firmado en sentido tono de compadre por el subcomandante Marcos, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional–, corramos un púdico velo ante el salón familiar y celebremos a los padres mediocres y a los escritores que merecen tal nombre porque adoptan sin quejidos la iconoclastia del cuarto mandamiento. Caso que no es el que nos ocupa.

Jorge Bustos es licenciado en Teoría de la Literatura por la Universidad Complutense. Es periodista freelance.

11/03/2014

 
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