Agosto 2018
Revista de Libros
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RESEÑAS

Bajo el volcán

Jon Bilbao
El silencio y los crujidos
Madrid, Impedimenta, 2018
240 pp. 20,50 €

Jon Bilbao
Estrómboli
Madrid, Impedimenta, 2017
272 pp. 20,95 €

A lo largo de los últimos diez años, Jon Bilbao (Ribadesella, 1972) ha escrito media docena de novelas y colecciones de cuentos que lo sitúan entre los más originales de la literatura española actual. En su último libro, El silencio y los crujidos, combina esas dos formas con tres relatos que se funden en una especie de novela, aunque no por completo. Como para fomentar aún más la indefinición, los tres relatos son variaciones de una misma historia. El primero está ambientado en una provincia remota del imperio bizantino a finales del siglo VI, el segundo se desarrolla en la década de 1960 en una zona aislada del Amazonas y el tercero mira hacia Menorca en un futuro próximo. En esos escenarios reaparecen varios motivos, incluido el de la obsesión con las alturas y el aislamiento, así como personajes que encallan en situaciones imposibles. Por momentos, nadie parece hallarse en más apuros que el autor. ¿Cuánta libertad de movimientos, por ejemplo, puede tenerse en un relato como «Columna», que versa sobre un estilita obsesionado con la pureza, decidido a acabar sus días encima de un capitel?

Por sorprendente que parezca, mucha. El asceta de Bilbao no elude las peripecias: al avanzar la historia, viaja kilómetros sin pisar el suelo, se encapricha con una pastora, compite en ascetismo (una ironía muy efectiva) con un estilita vecino y encuentra un final violento que acaso justifica su vocación. Un modelo de la historia es, sin duda, El barón rampante, de Italo Calvino, cuyo protagonista trepaba a los árboles de la finca familiar en su infancia y desde allí iniciaba todo tipo de aventuras hasta la madurez, sin bajar en ningún momento. A Bilbao, sin embargo, no parece interesarle el lado cómico del concepto, ni la exuberancia verbal que pueden inspirar las situaciones absurdas. «Columna» presenta un estilo controlado y un registro emocional exiguo, plasmados con suma precisión. Y la parquedad refuerza la materia. Aunque Bilbao tiene mucho de fabulista, sus fábulas son secas y austeras.

Mientras estudia el modo en que las aspiraciones nobles pueden conducir a fines nefastos, el relato contempla temas relacionados con la tentación, la transgresión y el perdón. Los dos que siguen elaboran esas nociones no exentas de armónicos religiosos. Especialmente cautivador es «Tepuy», en el que el protagonista llega por helicóptero a la montaña de superficie chata aludida en el título y queda librado a su suerte después de que el piloto desaparezca en circunstancias algo misteriosas. La ambientación coquetea con el género fantástico, y muchos lectores recordarán el tepuy que imaginó Arthur Conan Doyle en El mundo perdido, donde unos exploradores descubrían un reducto selvático que había permanecido intacto desde la era de los dinosaurios; pero en «Tepuy», una vez más, se impone una austeridad muy distinta de la fantasía. El relato se emparenta, más bien, con cuentos inverosímiles en la superficie, pero anclados en temores reconocibles, como los primeros de Patricia Highsmith, a los que Graham Greene llamó memorablemente «estudios sobre la aprensión» (por oposición al miedo). De un modo similar, poco en los cuentos Bilbao podría llamarse literatura de terror, pero desde un principio sabemos que las cosas acabarán muy mal en casi todos ellos. En «Tepuy», ese progreso seguro hacia el desastre carcome los nervios del lector.

Llegamos a la tercera variación, «Torre», la más larga y elaborada de las tres historias. Y con ella entramos en un territorio inconfundiblemente actual: Juan Larrazábal, un multimillonario que ha hecho fortuna en Internet, se muda a Menorca para aislarse del mundo después de un éxito sonado con una empresa de ética cuestionable. Según va revelándose con buen sentido del ritmo, Larrazábal ha hecho fortuna con la creación de un sitio web que permite a los usuarios subir una fotografía cualquiera y encontrar una cara casi idéntica (con un cuerpo anejo) en «la ingente cantidad de vídeos pornográficos disponibles en la red»: no más fantasías a ojos cerrados. Es una idea plausiblemente perversa, que conecta con numerosas ansiedades de nuestra época saturada de imágenes. Pero debe decirse que el relato no siempre convence en sus detalles. Cuesta creer, por ejemplo, que «millones de personas» pagarían por un servicio así, cuando la economía de Internet se basa en el todo gratis. Y la trama depende de una reacción puritana que parece improbable a la luz de los actuales hábitos en línea. Dicho eso, Bilbao captura con inteligencia la hipocresía de una sociedad que condena lo que desea y reparte con acierto los conflictos en varios personajes secundarios.

Leídos en sucesión, los relatos producen un extraño efecto de acumulación que hace pensar no sólo en los arquetipos de las fábulas, sino en los atributos morales que, en otras épocas de la historia literaria, ponían en funcionamiento las alegorías. Hay referencias concretas que potencian la relación de las historias. Los tres protagonistas masculinos, por ejemplo, se llaman Juan; y las tres figuras femeninas que los acompañan reciben el nombre simbólico de Una. Digo «figuras femeninas» porque la feminidad de una de ellas también es simbólica: se trata de la serpiente, personificada sin rubor por quien la observa («era delicada, rezongona, maledicente»). No tan fácil de determinar es qué está simbolizándose en el conjunto. ¿Estamos sólo ante un estudio múltiple de temas relacionados con la tentación, como decía más arriba? ¿O hay algo más hondo, la noción de que existe un núcleo limitado de historias, aun cuando la experiencia pueda variar sin límites? Por ese lado, asoma una especie de fatalismo: lo sucedido volverá a ocurrir porque siempre se reparten los mismos papeles. Las repeticiones narrativas, en ese sentido, pondrían de relieve las limitaciones humanas.

Sin ahondar en interpretaciones, cabe convenir que lo anterior señala un terreno poco transitado por los cuentistas contemporáneos. Generalizando, se diría que, hoy por hoy, la literatura pone más atención en las marcas culturales contingentes que en un posible sustrato atávico. En cualquier caso, no es la primera vez que Bilbao se aleja de las superficies de hoy en busca de otras resonancias. En su novela quizá más conocida, Shakespeare y la ballena blanca, imaginaba que el gran poeta dramático, embarcado con su compañía de teatro rumbo a la corte danesa, avistaba una ballena con cadáveres a la rastra y soñaba con escribir sobre ella. Shakespeare, pues, se adelantaría a Herman Melville, una idea nada disparatada en vista de que Moby Dick es una novela shakespearena como pocas. Pero el ejercicio narrativo no se limitaba a retrotraer dos siglos al cetáceo, sino que ponía en relación las inquietudes metafísicas que compartieron los dos escritores. No es poco decir que llegaba a buen puerto.   

Dado que en El silencio y los crujidos se hace una excavación similar del pasado, puede resultar sorprendente que el libro aparezca tan solo dos años después que Estrómboli (2016), una colección de relatos centrados en la vida moderna. La sorpresa no debería durar mucho. Estrómboli ofrece diversas situaciones ambientadas en un presente difuso, desde una boda mal avenida hasta viajes por el extranjero, pasando por una muerte infantil, un delito misterioso y unos cuantos problemas de pareja; pero en ninguna de esas circunstancias falta la atmósfera inquietante que vincula lo narrado con atavismos inmemoriales. El relato que abre la colección, «Crónica distanciada de mi último verano», es un buen ejemplo. El punto de partida podría habérsele ocurrido a cualquiera de los muchísimos cuentistas actuales que, por mor de sus ombligos, se obsesionan con la vida literaria: vemos a una pareja con problemas que lleva un tiempo en Reno, donde la mujer está dedicada por completo a su tesis literaria, y la situación tiene que desbloquearse de alguna manera. Sólo a Bilbao, sin embargo, se le ocurriría la manera en que se desbloquea, cuando hacen eclosión los impulsos más bajos de la masculinidad y la vida en un campus acaba cruzándose con la ley de la selva.

Casi desde sus primeros cuentos, Bilbao es un atento estudioso del aturdimiento moral; véase, por ejemplo, el primero de su colección Bajo el influjo del cometa (2010), donde unos vecinos insulsos se convertían en la obsesión inexplicable de una pareja, que cometía unos cuantos desaguisados para alimentarla. En Estrómboli tenemos unas cuantas muestras adicionales de ello. En «Una boda en invierno», un relato en primera persona cuyos protagonistas hablan por turnos, todos parecen empeñados en dar lo peor de sí; en «Siempre hay algo peor», un viajero español acaba obligado a hacerle los recados a un delincuente durante una estancia en Los Ángeles; en «Avicularia avicularia», un padre de familia desempleado se inscribe en un concurso de entretenimientos televisivo y, cuando sale ganador, se convierte en el hazmerreír de su familia. Cada uno de los personajes actúa como movido por una fuerza incomprensible, pero la narración avanza con plena comprensión de los dilemas expuestos. Una de las técnicas de Bilbao consiste en tensar la incomodidad hasta que el lector exclama casi en voz alta: «¡Pero no puedes hacer eso!», y acto seguido hacerlo. Así ocurre en «El peso de tu hijo en oro», cuando un niño muere en un accidente estúpido. Bilbao no se ahorra la descripción de un brazo «arrancado a la altura del hombro y todo él […] de color rojo, como si lo hubieran metido en un bidón de pintura de ese color». Nótese el puntillo de la frase «de ese color» (no vayamos a pensar que el bidón pueda contener pintura, pongamos, azul); solo un estilista muy distanciado de la emoción del relato puede escribirla.

En la misma línea, merece una mención aparte «Estrómboli», que no casualmente da nombre a la colección y la cierra. El trasfondo anecdótico es banal: hay un personaje que desaparece del mapa por despecho, poco después de descubrir que su socia, de quien lleva años enamorado, se ha liado con su hermano. Pero la decisión de refugiarse en Estrómboli parece responder a fuerzas tan enormes como las que mueven al estilita de El silencio y los crujidos a escalar su columna. Tenemos aquí, en pocas palabras, al característico personaje de Bilbao cuyos impulsos son más poderosos que su psicología, y cuyos actos exceden de manera inexplicable los estímulos que los inspiran. A ello debe añadirse que la narración viene filtrada por los ojos de la socia y el hermano, lo que convierte en más misteriosa a la figura del despechado. Y la isla volcánica del título funciona como un correlato ideal de la aridez sentimental de los personajes. El único problema es que, ocasionalmente, esos personajes parecen cifras, ilustraciones de una idea previa sobre las emociones. Pero el autor lo resuelve en sus propios términos, por vía del simbolismo y la elipsis. Sin revelar las idas y vueltas de la trama, cabe señalar que el cuento acaba con una visión altamente simbólica, que no corresponde a ninguno de los personajes, cuando unos excursionistas se acercan al volcán. El narrador se explaya:

En ningún momento imaginarían la existencia, a tres kilómetros de profundidad, de la cámara magmática del volcán […]. Desde allí el magma ascendía por la chimenea hasta el cráter, donde los excursionistas aguardaban las proyecciones de lava y piroclastos con el corazón palpitante por el esfuerzo y la emoción. Al subir por la chimenea, la parte superior del magma se enfriaba y solidificaba, formando un tapón. El magma de más abajo liberaba el vapor de agua y los productos gaseosos albergados en su interior. Los gases y el vapor generaban una burbuja que crecía hasta reventar el tapón. Esto sucedía cada veinte minutos, un infinitésimo temporal en términos geológicos, y aun así el volcán era siempre preciso. Aliviaba su presión, indiferente a las fotografías de los excursionistas y las exclamaciones de asombro y toda aquella cháchara.

¿Se esconde allí una analogía? Digamos que los personajes de Bilbao siempre buscan «aliviar la presión», su prosa los registra como un sismógrafo y los lectores no podemos sino mirar con asombro, en espera del siguiente estallido.

Martín Schifino es crítico literario y traductor. Entre sus últimas traducciones figuran las de E. B. White, Ensayos de E. B. White (Madrid, Capitán Swing, 2018); Patricia Highsmith, Once y La casa negra (Barcelona, Anagrama, 2018); y Ursula K. Le Guin, Contar es escuchar (Madrid, Círculo de Tiza, 2018).

30/07/2018

 
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