Entre Negrín y el soldado de Medellín


El final de la guerra. La última puñalada a la República
Paul Preston
Barcelona, Debate, 2014
413 pp. 22,90 €

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Hace aproximadamente una década y media, un estimadísimo amigo hispanista y quien esto escribe solíamos comentar que la historiografía de la Guerra Civil española parecía ir a ningún lado, al menos a ninguno interesante. Estábamos muy equivocados. Las entonces aguas tranquilas estaban a punto de volverse turbulentas, primero con el debate de la Memoria Histórica y luego con la crisis, que dio lugar a la aparición de nuevas y no tan nuevas polémicas historiográficas, a veces demasiado ácidas y expresadas en tonos fuera de lugar, tanto sobre el presente como el pasado. Como resultado, en los últimos años, el público interesado ha disfrutado, y en ocasiones padecido, una eclosión de publicaciones no ya sólo sobre el franquismo –que es lo que mi amigo y yo esperábamos–, sino también sobre la República y la Guerra Civil. Al mismo tiempo, las corrientes historiográficas parecen haberse separado y hasta hecho más rígidas en sus antagonismos, lo que ha tenido consecuencias sobre qué se ha dicho sobre quién y cómo se ha dicho (y a quién se ha ignorado de forma más o menos deliberada).

Paul Preston es uno de los líderes de una corriente historiográfica muy notable y seguida. Desde la London School of Economics, y también a través de su encomiable labor editora, él se constituyó hace ya mucho tiempo en faro, y su cátedra en lugar de destino, para muchos investigadores españoles. A esta labor habría que sumar, además, su frecuente presencia pública en España y, por supuesto, su notabilísima –y rara entre hispanistas y, sobre todo, entre historiadores españoles– capacidad para escribir libros que la gente quiere leer. Su visión de la historia, o al menos la que a él le interesa escribir, es eminentemente tradicional, esto es, política, y normalmente la que va de arriba abajo. Es una aproximación muy respetable, especialmente si se hace bien. Preston tiene una enorme capacidad para leer vieja y nueva literatura –aunque bastante menos para el trabajo de archivo– y para sintetizar con precisión casi milimétrica información del más variado origen en argumentos bien construidos y narrados (aunque hay que decir que es una lástima que la traducción del libro que comentamos no haga siempre justicia a la buena pluma del autor). Por último, es un escritor que siempre expresa sus opiniones de manera muy clara.

Este libro refleja a la perfección el estilo de Preston. De entrada, hay que decir que se trata de uno de los mejores que ha escrito últimamente, lo que no deja de ser notable para un profesor en teoría jubilado. Parte del mérito de este nuevo trabajo reside en que Preston prescinde de la teorización. A este respecto, cabe recordar las polémicas, no siempre corteses o justas, que generó la publicación de su El holocausto español. Por el contrario, en este libro las tesis del autor son sencillas y están expuestas desde las primeras páginas: Juan Negrín fue el mejor político republicano durante la Guerra Civil, mientras que los demás estuvieron en lo cierto en la medida en que compartieron sus ideas y apoyaron sus acciones. Esto hace de forma necesaria que en su relato las fuerzas nefarias más absolutas estuviesen encabezadas por los dos principales conspiradores que derrocaron a Negrín de la Presidencia del Consejo de Ministros en marzo de 1939: el socialista moderado pero desilusionado y, según Preston, ya en pleno trance místico, Julián Besteiro y, sobre todo, el vano y egocéntrico coronel Segismundo Casado. Ellos, y sus seguidores, fueron los culpables de dos delitos mayores: traicionar a la República y, de este modo, finalizar la tarea que comenzaron otros en julio de 1936, y causar un desastre humano que se saldó con unos cincuenta mil ejecutados y centenares de miles de españoles hechos prisioneros por Franco. Hay un probable tercer delito mayor que Preston no acaba de elaborar, pero que insinúa que debe achacarse a los enemigos de Negrín: que al haber abortado la resistencia a ultranza que este predicaba quizá también impidieron que la Guerra Civil acabase arrastrándose hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, lo que habría cambiado dramática y súbitamente el destino de España.

Este libro pertenece a una reciente tradición que ha buscado rescatar la injustamente olvidada figura de Negrín. Entre otros, Gabriel Jackson (Juan Negrín), Enrique Moradiellos (Don Juan Negrín) y, en cierto modo, Helen Graham (La República Española en guerra, 1936-1939) han hecho un esfuerzo más que meritorio en este sentido. En todos los casos anteriores, la visión es, como la de Preston, eminentemente política. Y no cabe duda de que, desde esta perspectiva, la estrategia de Negrín fue mucho más robusta y realista que las de los golpistas de marzo, cuya ingenuidad en unos casos, prejuicios en casi todos, y connivencia con el enemigo en demasiados, resultan, al menos hoy, palmarios. Hay, sin embargo, dos grandes objeciones que pueden hacerse al análisis de Preston. La primera es de corte lógico y se basa en la pregunta de si era factible la postura de resistencia a ultranza. Las dificultades de aprovisionamiento, de comida y de material de guerra habían dejado a la zona republicana en una situación desesperada. El reducido y pobremente armado ejército, de cuyo mando se había ausentado (o más bien desertado) su jefe, el general Vicente Rojo, tendría que enfrentarse a las eufóricas y muchísimo más numerosas y mejor armadas tropas de Franco, quien disponía del ejército de maniobra que había conquistado Cataluña a comienzos de 1939. Es más, ¿ayudarían a la República ahora Francia (a remolque del Reino Unido desde la remilitarización alemana de la frontera común en marzo de 1936) o el Reino Unido (el principal muñidor de la destrucción de Checoslovaquia en septiembre de 1938)? ¿No fueron esos países los que no hicieron casi nada cuando Polonia fue invadida en septiembre de 1939, y eso que esta era una aliada y ya estaban todos en teoría en guerra con los nazis? En estas circunstancias, es dudoso que: la República hubiese podido resistir mucho tiempo el envite franquista; los aliados hiciesen en marzo de 1939 lo que no hicieron desde julio de 1936; y, finalmente, que el Caudillo negociase nada, pues no era este ni el estilo ni la intención del sangriento pero ya casi victorioso dictador. Quizás, como Preston sugiere, el escaso tiempo que el golpe casadista negó a la República hubiese hecho posible una evacuación significativa de decenas de miles individuos más comprometidos, sobre todo si la flota republicana no hubiese huido a Bizerta, imposibilitando así la formación de convoyes cargados de refugiados. En todo caso, no cabe duda de que el golpe casadista precipitó la catástrofe, aunque nunca quedará claro el grado en que la empeoró.

La segunda objeción tiene que ver con la concepción del análisis histórico –esto es, la primacía de la política– del autor. Cuando (p. 61) a Negrín le preguntaron en julio de 1938 si iba a pactar con Franco, él dijo que no lo haría por «el pobre soldado de Medellín» que estaba luchando en el frente de Extremadura. Según Preston, Negrín sabía que una paz mediada podría salvar a decenas de miles de políticos, pero dejaría a merced del Caudillo a los españoles de a pie que, como ese soldadito extremeño anónimo, luchaban por o apoyaban a la República. Pero el problema era insoluble: ni la República podía ganar la guerra ni millones de españoles se iban a ir del país. Ahí entraba la lógica, o más bien la fe, de la resistencia: esperar a que ocurriese un milagro. Pero el análisis de Preston hubiese sido más convincente –y quizá más justo para con los golpistas– si las opiniones de los de abajo hubiesen tenido más presencia en su libro. Como ya argumentó Michael Seidman (A ras de suelo), el descontento era muy amplio entre la población civil y entre los reclutas del ejército republicano. Este último ha sido explicado en más detalle por James Matthews (Soldados a la fuerza), que es un alumno de la escuela de Preston. No cabe duda de que Negrín pensó mucho en los soldados y en los pobres, pero ya es más dudoso que estos pensasen como Negrín en 1939, especialmente cuando la derrota final parecía inevitable desde hacía muchos meses. Como afirma el mismo Preston (p. 51), sólo en Madrid morían por entonces cada semana unas cuatrocientas personas de inanición. Entonces, ¿qué sentido tenía resistir? Y, ¿quién quería resistir? Desgraciadamente, el lector no encontrará una respuesta en este libro. Y esto es importante, porque, al fin y al cabo, el golpe de Casado y Besteiro no contó con oposición popular y, desde luego, tuvo fuertes apoyos. La primera no es estudiada por Preston, mientras que este explica los segundos por una serie de motivos personales y políticos, empezando con el resentimiento contra los comunistas que, se decía –aunque no fuese verdad–, dominaban a Negrín. Al final, no sabemos de qué modo el hambre y el sufrimiento de casi tres años de guerra influyeron en la actitud popular (¿fue de indignación o de alivio?) ante al golpe.

Preston ha escrito un magnífico trabajo de historia política. Él está convencido (p. 334) de que «Negrín tenía razón». La lógica dice que probablemente estaba menos equivocado que sus enemigos. Pero no sabemos qué pensaban los españoles que Negrín comandaba, en medio del hambre y la guerra, el día que Casado quiso capturarlo y, probablemente, entregarlo a Franco. La historia de Negrín merece ser contada con la simpatía desplegada por Preston y otros, pero la del soldado de Medellín y la de sus familiares, y la de millones españoles no políticos, no debe ignorarse tampoco, entre otras cosas porque no es la misma que la del gran líder socialista, ni es tan sencilla.

Antonio Cazorla Sánchez es catedrático de Historia de Europa en la Trent University (Canadá). Sus últimos libros son Las políticas de la victoria. La consolidación del Nuevo Estado franquista (1938-1953) (Madrid, Marcial Pons, 2000) y Franco. Biografía del mito (Madrid, Alianza, 2015).

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