RESEÑAS

Una experiencia camp

David J. Skal
Algo en la sangre. La biografía secreta de Bram Stoker, el hombre que escribió Dracula
Madrid, Es Pop, 2017
Trad. de Óscar Palmer Yáñez
672 pp. 30 €

Cuando me pongo la bata de profesora, la intertextualidad es uno de los conceptos más útiles para perfeccionar las estrategias de lectura de mis estudiantes. Sirve para que entiendan mejor que el texto y el contexto son dos espacios interrelacionados, y que las formas y los estilos difícilmente pueden comprenderse al margen de las ideas y preocupaciones dominantes en una época y lugar concretos. Leemos intentando identificar, en la elección de palabras y temas, la interacción de las fuentes del pasado con las corrientes de pensamiento coetáneas a la escritura de la obra que se interpreta. En el copo de nieve del texto cristaliza su presente, aunque su musculatura retórica sea el resultado del buen funcionamiento de un metabolismo capaz de digerir los alimentos congelados de la tradición cultural. Esta amalgama de tiempos, discursos, ideas e imágenes incide en la construcción de una obra, bien porque los escritores adoptan un posicionamiento asertivo, bien porque se plantean preguntas o disienten del marco ideológico de una contemporaneidad, incomprensible a su vez sin la impronta del pasado.

La próxima vez que tenga que ejemplificar estas nociones en mis clases, echaré mano sin duda de Algo en la sangre. Porque la periferia del relato biográfico en torno al escritor irlandés Bram Stoker nos permite ver el centro y, simultáneamente, el centro se atomiza, como partículas de polvo iluminadas por un haz de luz, en la periferia: el dibujo del fondo siluetea la figura y, al mismo tiempo, la figura de Stoker, decantada en su Drácula (1897), condensa el momento que le tocó vivir, tanto por las personas que lo rodearon –Walt Whitman, la madre de Oscar Wilde, Jane, y el propio Wilde, el gran actor Henry Irving, Hall Caine‒ como por las obsesiones ‒literarias, dramáticas, sanitarias, antropológicas, económicas, culturales y «Culturales»‒ que marcan su época y su propia vida: el hambre, la plaga de cólera que obligó a la madre de Stoker a amputar el brazo de un enfermo que quería colarse en la casa, religiosidades y sexualidades confusas, cuentos de hadas, tramoyas y trampantojos de las pantomimas que Stoker admiró en su infancia, el teatro, las adaptaciones de Fausto o de Macbeth, el mesmerismo y el espiritismo, la lectura de Edgar Allan Poe, la teoría de la miasma o el fantasma terrible de la sífilis encarnado en el cuerpo de los escritores y en el imaginario de sus obras. Dorian Gray y Drácula establecen, en este sentido, una de las conversaciones más apasionantes de Algo en la sangre.

La biografía de Bram Stoker nos permite conocer las vicisitudes, los orígenes y metamorfosis, la evolución, de una existencia inmersa en el aire de su tiempo a través del estudio minucioso de un acervo documental impresionante, que en algunos tramos puede hacerse abrumador, incluso fatigoso ‒el relato de las pompas fúnebres de Irving‒, y de la aplicación, siempre heterodoxa, cautivadora y a menudo imaginativa, de la metodología de los Estudios Culturales. Los Estudios Culturales vienen a poner en tela de juicio, de algún modo, el límite entre alta y baja cultura: Skal consigue mantener el equilibrio sin caer en la demagogia. Un logro absolutamente maravilloso en una época en la que nos parece que paliamos el elitismo amparando en el Teatro Real actuaciones de El Barrio, mientras que en los institutos se deja de estudiar a Sófocles. Mandan las finanzas. Aunque nos lo vendan como lo contrario.

Volviendo al sesgo imaginativo de Algo en la sangre, este puede constituir la mayor objeción, pero también la mayor virtud de la propuesta de Skal: objeción desde las coordenadas de un rigor academicista que casi destierra la hipótesis como procedimiento en la escritura biográfica ortodoxa; virtud desde una perspectiva libresca que busca en la reconstrucción de la vida de un escritor su dimensión de personaje, su anecdotario, el reflejo de pulsiones o de pensamientos difícilmente comprobables desde un punto de vista científico. Y, sin embargo, ese ingrediente novelesco de «lo que pudo haber sido» y a veces fue, y a veces no fue, es lo que convierte en fascinante y amena la lectura de este volumen. Skal recoge las palabras del poeta John Greenleaf Whittier: «De todas las tristes palabras de la lengua o pluma, las más tristes de todas son “Lo que podría haber sido”» (p. 570). El biógrafo de Stoker desgrasa la cita de sus connotaciones melancólicas y nos ofrece bellísimas hipótesis sobre cómo, por ejemplo, Harry Clarke, el magnífico ilustrador de los Cuentos de misterio e imaginación, de Edgar Allan Poe, estuvo a punto de ofrecernos su versión de Drácula. Conviene subrayar que una de las características más interesantes de esta biografía son sus paratextos: retratos de Stoker y de su esposa Florence, carteles y decorados teatrales, lienzos prerrafaelitas que toman como modelo a la actriz Ellen Terry, fotogramas de distintas versiones cinematográficas draculianas y de los actores que lo interpretaron, desde Bela Lugosi a Gary Oldman pasando por Frank Langella o Christopher Lee.

En lo que se refiere a la proyección de Drácula en el imaginario cultural, podríamos decir que la sombra de los dedos, de las garras del conde reconvertido en Nosferatu por Murnau en 1922, llegan hasta hoy. Por cierto, esa adaptación no autorizada fue el caballo de batalla legal más importante de Florence Stoker. Skal hace hincapié en las fuentes que pudieron dar lugar a la creación de la novela de Stoker y, a la vez, se desliza por la línea del tiempo para mostrarnos la trascendencia y perdurabilidad de Drácula, muy especialmente, en el ámbito cinematográfico: llama mucho la atención cómo Skal señala que la famosa versión de Francis Ford Coppola (1992) desvirtúa el original, reduciéndolo a historia de amor constante más allá de la muerte, una propuesta que nunca tuvo grandes pretensiones literarias, pero que, sin embargo, concentró «un siglo tumultuoso y de transición, alimentado e impulsado por paradojas de la mente, la materia y la metafísica, los misterios del género y el sexo, la guerra entre la conformidad y la transgresión, el ascenso de la ciencia y la muerte de Dios» (p. 606).

El proyecto artístico de Harry Clarke no pudo salir adelante, otra vez, a causa del bloqueo a que lo sometió Florence Stoker, quien se alza como uno de los personajes más apasionantes y escurridizos de esta acumulación de vidas privadas que, entretejidas, confeccionan un magnífico tapiz de la cultura victoriana y, en general, de la cultura anglosajona más relevante hasta mediados de los años treinta. Florence Stoker representa el paradigma de cierta mujer victoriana que, según Skal, se mueve siempre entre perversas dicotomías ‒santa y puta, ángel y demonio‒, sintetizadas por el prerrafaelismo y el esteticismo del momento. Algunas mujeres asumieron esas simplificaciones castrantes; otras, por el contrario, intentaron neutralizarlas deslizándose por la rendija entre dos piedras de moler ‒o, o‒. Skal, a través del relato de las aventuras de Hester Dowden, hija del mentor de Stoker en el Trinity College, que dijo haber «contactado» con Oscar Wilde, plantea cómo el espiritismo fue un oficio prestigiado para mujeres, solteras o divorciadas, que ambicionaban obtener una independencia económica. En lo que respecta a Florence Stoker ‒Balcombe de soltera‒, su encanto reside en que no sabemos bien dónde ubicarla. Fue una mujer bellísima, que se ennovió con Wilde y se casó con Stoker; coqueteó con el teatro; no se dejó retratar después de cumplir los cuarenta años; amasó una gran fortuna gracias a los derechos de las adaptaciones de la obra de su marido; y mantuvo una relación distante con su hijo Noel. Quizá siempre estuvo enamorada de Oscar y Stoker le dedicó el peor de esos libros que siempre escribió por dinero. Las cenizas de Florence, en una paradoja vampírica, quedaron sin sepultura y su nombre no fue tallado en la piedra de la tumba familiar. El énfasis en lo luctuoso y en lo macabro en la narración de Skal magnetiza a los amantes del género fantaterrorífico: la muerte de Wilde, con su repertorio de secreciones infecciosas, es espeluznante. Cada anécdota de la vida de Stoker está empapada por el sesgo siniestro de Drácula: como si su rostro de ficción pudiese superponerse a todos los rostros y a la vez todos los rostros, reales o fantásticos, hubiesen servido para definir las facciones del vampiro transilvano, desde la carne y el hueso de Henry Irving ‒también su máscara mortuoria‒ hasta las facciones librescas de Ambrosio, el protagonista de esa joya de la ficción gótica titulada El monje (Matthew Lewis, 1796).

La dimensión psicosexual de la biografía de Stoker y su proyección en Drácula es uno de los aspectos más sobresalientes de Algo en la sangre, porque revelan el surgimiento de una sensibilidad peculiar para la que aún no se había inventado nombre: una sensibilidad homoerótica, de raíz grecolatina, que se toleraba bajo la máscara de las amistades y admiraciones viriles y que dejaba de tolerarse cuando se hacía explícita, se consumaba en los burdeles masculinos y empezaba a escandalizar a una sociedad biempensante marcada por su doble moral. Entre la admiración de Stoker por Whitman o su cariñosa relación con Hal Caine («Hommy Bear»), y los escarceos de Wilde con Lord Alfred Bruce Douglas, alias Bosie, y otras amistades masculinas, media la enorme distancia del «exhibicionismo», acaso tan solo de las indiscreciones, que costaron la cárcel y la defenestración pública al autor de De profundis (1897). La moral victoriana se diversifica en formas de sexualidad reprimidas, polimórficas, confusas ‒agradablemente o no‒ que dieron lugar a perturbadoras metáforas artísticas proyectadas más allá del tiempo y el espacio: esto se demuestra, desde el punto de vista de la homosexualidad femenina, en una película tan curiosa como La hija de Drácula (Lambert Hillyer, 1936), a partir de la que Skal lleva a cabo una pequeña revisión del lesbianismo hollywoodense, desde Mercedes de Acosta a Greta Garbo, pasando por la mismísima sobrina de Oscar Wilde. Hay quien puede reprocharle a Skal cierta obsesión por los asuntos sexuales: ¿sobre todo los no resueltos? Yo, como lectora, empatizo con las truculencias fantaterroríficas y también me siento muy próxima a la erotomanía del autor. En este libro no hay ni una sola referencia al dandismo y, sin embargo, algunas páginas describen hermosamente la tonalidad verdosa de la dentadura de Wilde. Ese gesto literario resume parte del espíritu victoriano concentrado en estas páginas: la de la putrefacción de la belleza o la belleza de las putrefacciones. La de la vida eterna ‒de Drácula, de cada uno de nosotros, de Stoker hibernado por sus biógrafos‒ como condenación.

En Algo en la sangre, el cotilleo se funde con la paráfrasis de las obras del escritor irlandés – desde sus narraciones iniciáticas hasta la licuefacción misógina de La guarida del gusano blanco (1911)‒, haciendo de su lectura una experiencia instructiva, colorista, farandulera y profunda. Una experiencia pop o camp, que es uno de los términos por los que el biógrafo de Stoker también se interesa. Puede que, al final, lo que menos importe de este libro sea la figura de su protagonista, mucho menos histriónico vitalmente que su contrafigura, Oscar Wilde: Bram Stoker, el niño enfermo y paralizado, el atleta y el polemista, el esposo y padre, el crítico teatral, el autor de obras sin demasiadas pretensiones literarias, el agente de Hal Caine, el contable y hombre de confianza de Henry Irving. Esa alma de todas las fiestas que, poco a poco, fue transformándose en un oscuro y posiblemente disfrazado irlandés que se retrató a través de las máscaras de ficciones que aún hoy son la sustancia de nuestros terrores y aflicciones nocturnas.

Marta Sanz es escritora. Sus últimos libros son Black, black, black (Barcelona, Anagrama, 2010), Daniela Astor y la caja negra (Barcelona, Anagrama 2013), No tan incendiario (Cáceres, Periférica, 2014), Un buen detective no se casa jamás (Barcelona, Anagrama, 2014), Farándula  (Barcelona, Anagrama, 2015), Éramos mujeres jóvenes. Una educación sentimental de la Transición española (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2016) y Clavícula (Barcelona, Anagrama, 2017).

09/04/2018

 
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