La riqueza oculta de las naciones. Investigación sobre los paraísos fiscales
Gabriel Zucman
Barcelona, Pasado & Presente, 2014
148 pp. 19 €

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Este libro de Gabriel Zucman presenta una investigación casi detectivesca sobre los paraísos fiscales, con especial énfasis en Suiza y Luxemburgo. Hay que reconocer el ingenio del autor al buscar un título que juega con la obra insigne de Adam Smith. Se trata de un libro amable, de fácil lectura, semejante a una novela de gánsteres donde los malos son inequívocamente los paraísos fiscales. La verdad es que la obra destila ciertos prejuicios y algunas propuestas irrealizables, tales como coaliciones de países que impongan sanciones arancelarias a los principales paraísos fiscales, un catastro financiero mundial que obligue al intercambio de información financiera entre todos los países o impuestos globales sobre el capital financiero.

El libro está estructurado en cuatro capítulos. En el primero se presenta una evolución histórica de Suiza como paradigma de los paraísos fiscales desde comienzos del siglo XX hasta nuestros días, haciendo especialmente referencia al período de entreguerras y a las tres décadas (de los años cincuenta a los setenta) consideradas por el autor como la «edad de oro de la plaza suiza». A partir de esta fecha, se narra el surgimiento de nuevos paraísos fiscales –Islas Vírgenes, Luxemburgo o Panamá– que, según Zucman, no compiten, sino que están especializados en función de las diferentes etapas de gestión de patrimonios. Fruto de esta evolución se hace una primera estimación de las cuentas opacas en Suiza. Así, según los datos del autor, desde que el G-20 anunció el camino hacia el fin del secreto bancario en la cumbre de Londres de 2009, las fortunas extranjeras gestionadas en Suiza se han disparado un 14% para situarse en la cifra de 1,8 billones de euros.

En su segundo capítulo, «La riqueza faltante de las naciones», se señala que Berna ha dejado entrever que irá adoptando el intercambio de información para acabar con el secreto bancario, pero Zucman considera que los avances han sido muy deficientes. De hecho, según sus cálculos, más de la mitad de los capitales que se esconden aún en Suiza son de origen europeo. Estima que los alemanes han ocultado doscientos mil millones de euros y que franceses e italianos ocultan ciento ochenta mil y ciento veintinueve mil millones, respectivamente. Respecto a nuestro país, se indica que han llegado a los bancos suizos desde España capitales por valor de ochenta mil millones de euros. A partir de datos de la Reserva Federal de Estados Unidos y del Instituto Nacional de Estadística francés (INSEE), Zucman calcula que, en todo el mundo, los centros offshore esconden 5,8 billones de euros. Sin embargo, uno de los principales problemas de estas cuantificaciones, precisamente por su naturaleza, es que difieren sustancialmente de otras estimaciones realizadas con un rigor semejante. Los datos utilizados por Tax Justice en 2010 cifraban en más del doble, concretamente 12,1 billones de euros, la cantidad que gestionaban los cincuenta mayores bancos. De hecho, el autor señala otras sobreestimaciones, por ejemplo la de James Henry, quien valora los fondos offshore entre 21 y 32 billones de euros. Todos estos datos ponen de manifiesto la extraordinaria dificultad de sacar conclusiones o de hacer propuestas a partir de unas cifras sobre las que no hay certeza ninguna.

A partir de estos valores, Zucman estima en ciento treinta mil millones de euros las pérdidas en recaudaciones fiscales por el secreto bancario. No obstante, en este cálculo se olvida de que una parte importante de estos depósitos se reinvierten en deuda soberana, acciones y proyectos empresariales en países de la OCDE con una elevada fiscalidad. Además, los más beneficiados han sido precisamente los países occidentales, ya que gran parte del dinero que se protege de regímenes totalitarios globales se reinvierte en Estados Unidos y Europa.

Tras las estimaciones realizadas, los siguientes capítulos se centran en la propuesta de soluciones para evitar la evasión fiscal. Precisamente el capítulo tercero analiza los fracasos de las iniciativas recientes, como la Foreign Tax Compliance Act (FATCA) por falta de medidas de control y sanciones claras. De ahí que en el último capítulo se apele a la necesidad de crear, en primer lugar, un registro mundial de títulos financieros, indicando quién posee cada acción y cada condición, acompañado de un intercambio automático de información. Junto con este registro, se propone la creación de un impuesto progresivo sobre el capital que evitaría la potencial opacidad del catastro financiero. Por último, se incluye una reforma del impuesto de sociedades que grave las ganancias globales de las multinacionales.

Estas propuestas, aun superando los problemas técnicos tan complejos que implicarían, suponen que todo el mundo va a estar dispuesto a jugar a este «juego». Es posible que, con una fuerte presión de los organismos internacionales, pudiera llegarse a someter a Suiza y/o Luxemburgo, pero existen serias dudas de que los nuevos paraísos fiscales afincados en diversas partes del mundo puedan ser controlados. De igual forma, no debemos olvidar que las restricciones al capital nos llevaron a la peor recesión después de la Segunda Guerra Mundial y, a pesar de ello, no se consiguió el objetivo que se buscaba. Además, siempre existiría el riesgo de que, una vez que todos los paraísos fiscales existentes desapareciesen, surgieran nuevos refugios o nuevas fórmulas financieras. Las propuestas presentadas pueden tener la misma viabilidad que tratar de poner puertas al campo.

Por otro lado, este libro repite un error habitual al referirse al tax haven como «paraíso fiscal» cuando en realidad debería denominarse, de acuerdo con su acepción inglesa, «refugio fiscal». Aunque parezca tan solo un matiz, la idea es muy distinta. Un paraíso es un sitio que uno elegiría más allá de cualquier cosa, que sólo nos proporciona bondades y al que vamos sin que nos llamen ni nos «obliguen». Un refugio implica escapar de algo, refugiarnos de un ataque. Y esto es lo que sucede en la mayor parte de las economías mundiales, desde luego en las europeas occidentales. El desmedido crecimiento del gasto público para financiar, entre otras cosas, el Estado de bienestar al que nos hemos acostumbrado, ha provocado un agobiante incremento de la presión fiscal, esto es, un aumento de los impuestos. Y vale aclarar para quienes dicen, con razón, que España no es el país que –entre sus vecinos– tiene la presión fiscal más alta, que el mejor indicador para saber cómo de grande es la proporción de impuestos que pagamos respecto a nuestras riquezas materiales, es el de esfuerzo fiscal (índice de Frank). Es decir, el indicador que mide el peso que representan los impuestos en la renta per cápita de los ciudadanos, es decir, qué porcentaje de lo que se gana va destinado al pago de tributos. Por tanto, afecta de manera más directa al bolsillo de los ciudadanos. Aquí sí nos salimos, ya que nuestro indicador de esfuerzo fiscal es el más alto de la zona euro. ¿No tiene sentido escaparse de algo así? ¿Buscar refugio? Cualquiera de nosotros, cual individuo racional, elegiría –si pudiese– domiciliarse fiscalmente en un «paraíso/refugio» al ver que los impuestos suben y suben, tal y como propone el autor de nuestro libro.

Quizá tendrían más éxito propuestas que, en vez de gravar cada vez más el capital, incentivaran el retorno del dinero al país de origen, es decir, compitiendo con ellos con impuestos más bajos. La mejor forma de retener o repatriar el dinero que se va al exterior es con una Hacienda nacional que incentive a los ahorradores a quedarse o a volver: por un lado, rebajando la fiscalidad del ahorro y, por otro, con amnistías fiscales bien diseñadas. Un ejemplo es la Banca del Gottardo, que era una entidad bancaria suiza con sede en Lugano, cerca de la frontera italiana y propiedad de la compañía aseguradora Swiss Life. La ultima amnistía fiscal italiana tuvo tanto éxito repatriando depósitos que la Banca del Gottardo estuvo al borde del colapso y tuvo que ser malvendida por su propietarios. Para cualquier banco, retiradas masivas de dinero equivalen a problemas o desequilibrios financieros graves. Si todos los países occidentales anunciasen al mismo tiempo una «amnistía fiscal» para la repatriación de dinero no declarado, esta sería la mejor medida para provocar graves problemas a los «paraísos fiscales» y para aumentar los ingresos públicos tan necesarios en una época como la actual, con endeudamientos públicos elevadísimos.

En definitiva, este libro establece una línea divisoria clara entre buenos –los Estados– y malos –los paraísos/refugios fiscales–, cuando la realidad es que estamos en la delgada línea roja, donde ni los buenos son tan buenos ni los malos, tan malos.

Rocío Albert López-Ibor es profesora de Economía en la Universidad Complutense y autora de Análisis de la presencia de las mujeres en los puestos directivos de las empresas madrileñas (Madrid, Biblioteca Nueva, 2008).

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