Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee
Eduardo Lago
Barcelona, Malpaso, 2013
286 pp. 22 €

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La nueva novela de Eduardo Lago es un juego de espejos, una fantasía intertextual, una parodia de literatura policíaca, un homenaje a dos grandes escritores, un insólito ejercicio crítico y, por momentos, un grandioso desmadre narrativo. Puede dudarse incluso de que sea una novela (¿más bien un manojo de narraciones entrelazadas?), aunque acaso Lago diría que la novela como noción estable es una de las cuestiones que quiere poner en entredicho en ésta. Aquí no se hallarán, en cualquier caso, personajes redondos, narradores fiables ni nada tan rancio como la mímesis. Y si a uno eso le resulta incómodo, tendrá que atenerse a la acusación que le lanza un personaje a otro: «¿No serás uno de esos realistas de mierda?»

Paso pregunta. Pero está clarísimo que Lago no es un realista, ni de esos ni de los otros, así que habrá que evaluar su novela de acuerdo con criterios, como suele decirse, intraliterarios. Tampoco hay muchas opciones, pues Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee, según se lee ya en la primera página, «empieza y termina por un libro». Y no cualquier libro, sino uno de los más comentados de la última década: El original de Laura, la novela póstuma de Vladimir Nabokov, que salió a la luz en 2009, contra sus deseos de que fuese destruida. Se recordará que los herederos del escritor, primero en la persona de su esposa Vera y luego de su hijo Dmitri, pasaron tres décadas jugando al que-sí-que-no con los editores, mientras lanzaban migajas a la prensa sobre la genialidad que tenían guardada, hablaban del deber para con el muerto, pero también con la historia literaria, y emitían juicios rimbombantes sin un gramo de duda, aunque con el tiempo cada vez más dudosos. Lo cierto es que, cuando el material finalmente se publicó, resultó ser poco más que un conjunto de notas dispersas, con algunos buenos párrafos completos, gran variedad de oraciones sueltas, cantidad de erratas, incoherencias y apenas el espectro de una historia sobrevolando el conjunto.

Ello no impidió, desde luego, que la publicación fuese una noticia mundial: ahí estaban, al fin y al cabo, las últimas palabras de Nabokov, casi de puño y letra. La estupenda edición de Knopf y Penguin, unánimemente aclamada, era un facsímil a color de la novela esbozada en 138 fichas, que estaban troqueladas para que el lector pudiera separarlas y tener una reproducción en tamaño natural del trabajo del autor (en la introducción, Dmitri Nabokov, remedando al anotador chiflado de Pálido fuego, recomendaba comprar dos ejemplares, ¡a treinta y cinco euros cada uno!, para leer uno y troquelar el otro). Del contenido propiamente dicho se habló, por supuesto, mucho más, aunque el veredicto fue menos favorable que en lo relativo al envase. Unos pocos admiradores de restos textuales expresaron sus respetos, pero incluso nabokovianos acérrimos como Martin Amis y Aleksandar Hemon debieron aceptar que no veían gran cosa en ellos. Otro ilustre miembro de este bando, John Banville, se irritó tanto con Dmitri Nabokov que tildó la publicación de un «no evento literario», condenándola como puro «ejercicio comercial». Sin llegar a esos extremos, podría decirse que el texto sólo despierta interés sobre los márgenes de la literatura, sobre aquello que ocurre cuando la expresión literaria no llega a cobrar vida: un interés, digamos, genético. ¿Cómo se gesta una novela? ¿Qué nos deja ver de los procesos mentales de un escritor? Y, más particularmente, ¿qué revela de un escritor hacia el final de su vida? Preguntas que se hace, entre muchas otras, Eduardo Lago en esta novela, por interpuesta persona de sus personajes.

Qué tipo de personajes interpone un escritor español entre él y Nabokov no es un problema menor. Lago vive desde hace veinticinco años en Nueva York y ha escrito mucho sobre los cruces culturales entre España y Estados Unidos; en su ambiciosa novela anterior, Llámame Brooklyn, el fresco era lo bastante amplio para incluir la Guerra Civil, la historia de Brooklyn y unos cuantos personajes biculturales. En Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee, los personajes son norteamericanos y, salvo una breve sección en Chile, también lo es la ambientación, que va de Nueva York a California. Lo que leemos, pues, habría que tomarlo como una traducción. El estilo de Lago –pulido, gramatical, sin cambios abruptos de registro– suena un poco a traducido; pero hay algunos detalles, o derrapes, que rompen la ilusión de que estamos ante una historia contada por un norteamericano. Quizá señalarlo sea pecar de realista, pero me temo que tiene que hacerse. La alarma salta ya al principio, cuando el principal narrador, Benjamin Hallux, un periodista que acaba de renunciar a su puesto en The New Yorker (nada menos), dice toparse en la librería Barnes & Noble con la novela de Nabokov: «un libro […] cuya existencia me era completamente desconocida». Dado que The New Yorker comentó la aparición del libro, como todos los periódicos y revistas culturales norteamericanos, su ignorancia es sumamente improbable. Pero, sin duda, Lago necesita la sorpresa para explicar la obsesión.

Porque Hallux se obsesiona desmedidamente con la obra inconclusa de Nabokov, y de ahí se disparan todas las historias que vienen a continuación. Sin poder explicarse lo que tanto le inquieta del texto, el escritor-periodista contrata a un escritor fantasma para que desvele su simbología oculta. Entra en juego Stanley Marlowe (el nombre es un seudónimo), «negro» de profesión y detective por azar, cuya misión será producir un informe detalladísimo del texto. Dicho informe, redactado en once capítulos, es más o menos el doble de largo que el original y adopta mayormente la forma de diálogos imaginarios entre Marlowe y Hallux. Como exégesis, es algo caprichosa; pero, como juego posmoderno, es entretenidísimo. Poco a poco va apareciendo un perfil muy completo del argumento y los temas de la novela inconclusa. Los temas importan. Porque en el centro de El original de Laura se halla el deseo de su protagonista de desaparecer, una cuestión que se hace eco de las circunstancias en que se compuso el texto. «Para Nabokov –dice Marlowe– hay una relación muy estrecha entre autodestrucción y creatividad […]. Lo fascinante de El original de Laura es que los lectores asistimos al espectáculo de ver cómo el texto que intenta construir Nabokov se desintegra ante sus propios ojos». Sobrecogedoramente, la última ficha de la novela dice:

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Palabras que acaso cifran la obsesión de Hallux. Marlowe, mientras tanto, trabaja en un proyecto paralelo, la biografía por encargo de un magnate californiano. En esta sección, Lago recrea el estilo de Raymond Chandler, el segundo escritor homenajeado de la novela, copiando alguno de sus tópicos más conocidos. De hecho, el pastiche chandleriano es el más logrado que he leído desde Gun, with Occasional Music, la novela de Jonathan Lethem en la que el noir se cruza con la ciencia ficción. Sirva de ejemplo esta frase atmosférica: «Una luna gigante flotaba sobre la línea de palmeras que flanqueaban la playa»; o un fragmento de caracterización como el siguiente: «El magnate aguardaba a que se extinguieran los escasos días de vida que le quedaban rodeado de plantas que necesitaban temperaturas glaciales, desplazándose en silla de ruedas por entre pasillos flanqueados por expositores en los que se encerraban los especímenes entomológicos más raros del planeta». Lo cual recuerda la escena de El sueño eterno en que Marlowe visita al general Sternwood (en la película de Howard Hawks, se ve a este último rodeado de plantas tropicales, pero el efecto es similar). Hay incluso una femme fatale, que aquí no es la hija, sino la joven esposa del millonario.

No voy a detenerme en la trama y sus muchas bifurcaciones, que incluyen un complot orquestado por un agente literario para robar el informe que redacta Marlowe de la novela, una desaparición absoluta como la que deseaba el personaje de Nabokov, un romance entre el escritor y la femme fatale (¡soñar no cuesta nada!), un relato sobre unas mafias de Nueva York, un viaje a la isla chilena de Más Afuera (famosa por haber albergado al náufrago que inspiró el personaje de Robinson Crusoe) y, si entendí bien, una comunicación telefónica con una dimensión desconocida. Lo que sí cabe destacar es cómo Lago trenza los hilos narrativos para producir una novela detectivesca sobre un misterio que, en sentido estricto, no existe: si a uno le intriga El original de Laura, se soluciona con una visita a la librería y una tarde de lectura. Pero, multiplicando las especulaciones, las narraciones superpuestas a narraciones, las historias dentro de las historias, Lago crea un «vacío perfecto» –por robar una frase a Stanis?aw Lem– que deja la realidad cada vez más lejos o, como decía Nabokov, entre comillas. En palabras de un personaje: «Lo que pasa en el mundo real no importa, sólo lo que figura por escrito».

Sin embargo, esta profusión de historias acaba lastrando la novela. Lago, en un punto, no sabe dónde parar. Tampoco se preocupa por hacer una distinción entre creación literaria y reportaje de segunda mano. La sección del viaje a la isla de Más Afuera, por ejemplo, empalma temáticamente con un largo artículo publicado por Jonathan Franzen en The New Yorker: Lago no esconde la fuente, pero vaya uno a saber qué persigue con remedarla. Más problemático aún es el extenso episodio, incluido hacia el final del libro, acerca de un grupo de fashionistas neoyorquinos que matan a un narco. No sólo poco tiene esto que ver con Nabokov, Marlowe o Hallux, sino que el material de donde está tomado (como, de nuevo, Lago confiesa) es la novela de Siri Hustvedt Todo cuanto amé, que a su vez cuenta en clave los descarríos del hijo de Paul Auster. En este sentido, hay dos problemas: primero, cuando a la realidad se le ponen no sólo comillas, sino, además, llaves, corchetes y paréntesis, se amortigua con cada mediación su potencia emocional; y, segundo, la literatura desciende a chismografía: dijo Siri que el hijo de Paul, etc. Lo primero podrá ser una táctica, pero difícilmente lo sea lo segundo.

Por fortuna, Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee compensa de sobra esos defectos. Su diálogo con la literatura norteamericana, que no se limita a las figuras citadas, es riquísimo. Su prosa es siempre un placer. Y las elucubraciones de Hallux y Marlowe, que a veces parecen tomadas de una pieza absurdista, son divertidísimas. Merece la pena mencionarse, finalmente, un efecto paradójico. A pesar de toda su intertextualidad y autorreferencialidad, la novela acaba capturando ese trastorno harto real que a tanta gente le envenena y le alegra la vida al mismo tiempo: la obsesión literaria.

Martín Schifino es crítico teatral de Revista de Libros y traductor.

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