Mesa de trucos en el obrador del cuento


La trama oculta
José María Merino
Madrid, Páginas de Espuma, 2014
288 pp. 17 €

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José María Merino se ha convertido desde hace años en un maestro de la narración breve. Y lo ha hecho por partida doble, pues alcanzó la excelencia primero como autor de cuentos, contribuyendo a la revitalización del género en los años ochenta del siglo XX y, a la vez, sin dejar de escribir relatos, como estudioso de la teoría y la práctica del cuento, cuyos entresijos compositivos ha explicado en lúcidos ensayos agrupados en Ficción continua (2004) y Ficción perpetua (2014). Igual magisterio ha ejercido el autor leonés en el cultivo del microrrelato, cuya producción completa, hasta entonces, reunió en La glorieta de los fugitivos (2007) y cuya teoría y práctica analizó en importantes trabajos incluidos en los dos volúmenes citados.

Si antes había publicado varios libros de cuentos en volúmenes concebidos como ciclos, llegando a organizar los relatos y microrrelatos de una misma obra con una leve trama novelesca (El libro de las horas contadas, 2011), ahora ha reunido en La trama oculta (cuentos de los dos lados con una silva mínima) veinte cuentos y quince microrrelatos (diecisiete, si contamos los dos brevísimos del comienzo) que ilustran sus diversas maneras de concebir y practicar estas dos modalidades de la narración corta: «quise componer –explica el autor– una colección que recogiese todas mis “modalidades cuentísticas”, es decir, en la que estuviesen presentadas las diversas especies de los cuentos que me han venido interesando como autor durante tantos años» (p. 9). Los cuentos se agrupan en dos partes (diez en cada una), según su naturaleza realista (primera parte) o fantástica (segunda). Y en ambas partes el autor antepone a cada texto una interesante información personal acerca de la génesis del cuento, salvo en los cuatro últimos relatos fantásticos, protagonizados por el profesor Souto, heterónimo del autor, con un breve prólogo común a los cuatro. El recuerdo de aquella información autorial, una vez leído el cuento al que se refiere, ilustra muy bien cómo «en la literatura se vierte la vida, disfrazándose en forma de tramas que, paradójicamente, la hacen claramente reconocible» (p. 38).

Los cuentos confirman el alto mérito literario alcanzado por Merino en el género, en la estirpe de sus maestros, empezando por Maupassant y Chéjov, ambos homenajeados en la misma página del sexto relato, «El último viaje» (p. 70). Entre los de naturaleza realista, agrupados en De este lado, hay relatos dignos de figurar en las mejores antologías por su naturalidad, su oralidad y su armonización de memoria e imaginación en su ambientación preferentemente leonesa, muy explícita en la cecina y el Barrio Húmedo de «Dios nos libre» y en el tren de León a Bilbao, que Juan Pedro Aparicio bautizó como «El Transcantábrico» en «El último viaje», donde Merino funde con habilidad recuerdos de experiencias pasadas y lugares conocidos en viajes realizados o imaginados a partir de lecturas. Por destacar algunos, mencionaré «La trama oculta», el primero, por su ejemplaridad en el arte de sugerir en un texto cuya exploración en el pasado compartido por dos hermanos y un amigo renace a partir de la representación teatral y posterior lectura de la obra chejoviana El jardín de los cerezos. Dicha gravitación del pasado en el presente reaparece en otros cuentos, también excelentes, como «La mirada de Flora», narrado en segunda persona autorreflexiva, inspirado en un enigmático retrato de Lucrecia Borgia y asociado a los temas clásicos del Carpe diem y Ars longa, vita brevis; también «El día menos pensado», cuento de Navidad cuyo protagonista libera recelos familiares del pasado en plena reunión de Nochebuena. En otros cuentos se abordan temas e inquietudes característicos del autor, como leyendas, mitos y supersticiones, viajes y lecturas. Y entre los mejores hay que resaltar «El filtro de Venus», por su pudoroso tratamiento elíptico de la iniciación amorosa de un tímido mozalbete embelesado con una pintora muy atractiva en sublime acoplamiento entre la fruta verde y la madura; así como también «La degollina», magistral relato policíaco de prosapia chestertoniana cuyo suspense va creciendo con la intriga creada por la narración de crímenes que el abuelo transmite al nieto de acuerdo con lo que el bisabuelo le había contado antes, lo cual da lugar a un excelente relato in fieri construido según el modelo de cajas chinas. La oralidad, tan fecunda en las narraciones de Merino, tiene una de sus manifestaciones ejemplares en la estrategia empleada en este cuento, cuyo narrador último es también interlocutor crítico del relato que su abuelo ha ido completándole. Y también aquí, como en otros cuentos citados, por ejemplo «La mirada de Flora» y «El último viaje», lo local y lo universal conviven con naturalidad en artístico maridaje.

Los diez cuentos de la segunda parte, De aquel lado, ilustran las más genuinas maneras del autor en su tratamiento de lo fantástico. Si la información autorial precedente a cada uno de los cuentos de naturaleza realista es ilustrativa de cómo la vida puede transformarse en literatura, lo mismo se manifiesta en estos relatos fantásticos, pues la breve noticia previa del autor que anuncia la ideación de cada uno de ellos confirma una convicción que tanto le gustaba a Torrente Ballester: nada hay en la fantasía que no haya estado antes en la realidad. Junto con cuentos de ciencia ficción («Prisa») y de vampiros («El relevo»), publicados antes en antologías, hay relatos que abordan situaciones y motivos merinianos como el sueño, el doble o la intuición de lo fantástico en misteriosos pliegues de la vida cotidiana. Y también entre los cuentos fantásticos abundan los detalles de ambientación leonesa, relacionados con la biografía del autor, de modo explícito en el primero, «El peregrino», cuyo narrador se llama José Mari y que me parece uno de los más logrados por su visión fantasmal del quijotesco peregrino entre las nieblas del noroeste. Entre los mejores destaca también «Una tarde de buceo», por la fantástica complementariedad de sus «tres variaciones» de una misma historia en tres tiempos protagonizada por el viejo buceador en su delirio con el imposible regreso a edades idas, pasando por la misteriosa experiencia del doble. Especial mención merece igualmente «Extravíos nocturnos», fantasía onírica desarrollada en una ciudad centroeuropea con modélica integración de la leyenda de la «piedra errante», el hechizo, los sueños y la realidad del autor-narrador, hasta el extremo de que, siendo este uno de los relatos más fantásticos, su protagonista y narrador contiene más rasgos personales del autor, tanto individuales y familiares como de sus lugares preferidos. De alto mérito literario e inequívoca impronta meriniana es también «Duplicado», el primero de los cuatro protagonizados por el profesor Souto, narrador ensimismado en segunda persona autorreflexiva de su desasosiego provocado por el acecho del doble. Y debe destacarse de igual modo el último, «La vieja pálida», por las fecundas figuraciones del profesor Souto con el personaje del descuidero y la muerte.

Lo mismo debe decirse de la tercera parte, Silva mínima. En sus microrrelatos, ajustándose a las exigencias del género (brevedad, narratividad, intensidad, elipsis y arte de sugerir, todo ello en grado extremo), Merino renueva su tratamiento de temas, motivos y obsesiones recurrentes, desde incursiones en lo fantástico hasta la reescritura de episodios de obras muy conocidas, pasando por el doble, el sueño y la muerte. Y también aquí hay microrrelatos antológicos, como «Convivencia», «Habitación 201», «Cenizas», «El fantasma», «La poza en el atardecer», «Horóscopo», «Autoficción» y «Origen nonato», entre otros modelos de intensa concentración y narratividad en busca de la sugerencia y el quiebro final.

Este libro resulta verdaderamente ejemplar, porque ofrece una fecunda muestra del proceso creativo de Merino en la creación de narraciones, campo donde ha probado su maestría en la práctica y en la teoría, y, a la vez, una genuina variedad de modelos, temas, motivos y situaciones preferidos por el autor leonés en el amplio abanico formal y temático de sus cuentos, desde lo real a lo fantástico, pasando por el relato policíaco o la ciencia ficción, en el tratamiento del sueño, el doble, el mito y la leyenda, el tiempo y la muerte, todo ello explotado con maestría técnica y recursos de la oralidad.

Ángel Basanta es crítico literario.

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