¿Qué pasó en Johnstown?

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Johnstown, Ohio, es una pequeña ciudad del Rust Belt (Cinturón de la Chatarra), una región de Estados Unidos que se extiende cerca de los Grandes Lagos y que en la inmediata posguerra mundial (1945-1970) fue el motor de la gran industria americana. El rust que define al área se refiere al proceso de decadencia industrial experimentado por la zona y refractado en declive económico, pérdida de población y decadencia urbana. Hace unos años, justamente al tiempo en que Trump dio la gran sorpresa electoral de 2016, Justin Gest, un demógrafo, tomó a Johnstown como paradigma de ese proceso y de sus consecuencias sobre los trabajadores blancos (The New Minority: White Working Class Politics in an Age of Immigration and Inequality. Oxford UP: Nueva York 2016).

Johnstown floreció gracias a los altos hornos y a las fábricas que se alimentaban de ellos y, a finales de los 1970s, comenzó a sufrir las consecuencias de su cierre. En 1960 contaba con una población de 170.000 habitantes; en 2010 se había reducido a menos de la mitad. En lugares como Johnstown los trabajadores que no emigraban se veían reducidos a emplearse en trabajos a tiempo parcial cada vez más escasos. La ciudad, anteriormente uno de los centros de llegada para emigrantes europeos, pasó a tener una población híbrida de blancos y negros, a partes iguales.

En los 2010s esos habitantes de ambas razas se ganaban la vida como podían en una economía mayormente sumergida, de trabajos mal pagados, servicios irregulares y venta de chatarra y desechos. Había un amplio tráfico de drogas y opioides. Los trabajadores blancos vivían en un mundo colmado de recuerdos de los días felices que añoraban y trataban de recuperar. La última esperanza era la extracción de petróleo mediante fracking (fracturación hidráulica). Gest recuerda que los trabajadores blancos ya no creían en promesas, se sentían maltratados por la suerte, habían perdido toda confianza en su comunidad y en sus líderes. Uno de éstos los definía como conservadores sociales, ligeramente racistas, extremadamente cínicos y dispuestos a dejarse llevar por la demagogia.

Ese estado de ánimo no se limitaba a Johnstown. Era un éter que envolvía a muchos otros lugares del Cinturón de la Chatarra y aquejaba directamente al Partido Demócrata. Entre 1992 -presidencia de Clinton- y 2008 -elección de Obama- el abismo entre los trabajadores blancos sin estudios universitarios y su anterior vehículo político no hizo sino crecer, al tiempo que los titulados superiores se acercaban a éste. Las dos líneas empezaron a divergir definitivamente en 2010, un año en que las elecciones bianuales propinaron un fuerte vapuleo a los demócratas y al presidente Obama. En 2015 los republicanos sacaban 24 puntos (57-33) de diferencia a los demócratas entre los menos letrados.

Una de las explicaciones de esa variación es justamente la recién aludida: el súbito descenso (en términos de longue durée) de las expectativas para esa población. Curiosamente la hoy dominante tiene otro perfil y remite a la amenaza que para los blancos supone una eventual pérdida de su tradicional dominio sobre la sociedad americana. Esto nos conduce a la hipótesis del supremacismo o, por otro nombre, del racismo sistémico. Quienes tenemos la mala costumbre de leer la prensa americana la encontramos por doquier y todos los días en los dos grandes diarios globalistas, sea la Grey Lady (la dama de gris), NYT por otro nombre, sea el WaPo. Los medios audiovisuales no les van a la zaga. Con un cierto je ne sais quoi británico, FT se suma a la congregación. No hablemos de los grandes diarios de aquí, que se limitan a copiar a los de allí sin permitirse la menor eutrapelia. Todas esas fuentes progresistas no hacen sino compendiar en sus crónicas y en sus páginas de opinión -si es que hay ya alguna diferencia entre ellas- la tesis dominante en el mundo académico. Hace poco los estudiantes de Brown, una de las ocho universidades de la Ivy League, pedían la desaparición de su campus de las estatuas de Augusto y Marco Aurelio «porque jalean el colonialismo existente hoy en los Estados Unidos y ofrecen una visión idealizada de la civilización blanca y occidental» .

Lo resume muy bien Ezra Klein en un libro reciente (Why We’re Polarized. Avid Reader Press: Nueva York 2020). Klein es un periodista de la generación del milenio y el fundador de Vox -uno de los medios americanos más agresivamente progresistas, si es que ese matiz cabe; nada que ver a todas luces con el partido político español del mismo nombre-. «La política la impulsan los activistas más entregados a las opiniones más intensas», y remata: «la pregunta [por qué Estados Unidos está tan polarizado. JA] no es por qué los votantes se han tornado más predeciblemente partidistas a medida que los partidos son cada vez más obviamente diferentes. Por supuesto que así ha sido. Lo que cuenta es por qué los partidos se han hecho tan disparejos. Y eso es una historia, como tantas otras en la vida americana, que gira en torno a la raza». Sin vuelta de hoja.

¿Y si no fuera así?

Aunque no sea de buen tono, hay que preguntárselo. Lo hace Richard Alba en un libro (The Great Demographic Illusion. Majority, Minority, and the Expanding American Mainstream. Princeton UP: Princeton y Londres 2020) que no será vitoreado por Klein y sus entregados seguidores. Para Alba, la visión que resume Klein -todo, especialmente lo malo, en la vida social USA depende de la raza- no es más que una narrativa, afortunada en su éxito, sí, pero no por eso menos rudimentaria. Alba es un académico muy cuidadoso en evitar salirse de sus raíles, pero su investigación, precisamente por eso, es difícil de impugnar. Otra cosa es su aparente necesidad de ponerse a salvo de la quema, pero de eso hablaremos luego.

Desde hace unos años, la gran novedad demográfica en Estados Unidos ha sido la de su conversión en una sociedad hecha de mayoría-minorías donde la explosión de las poblaciones minoritarias, combinada con el envejecimiento y el descenso de la población blanca, anuncia la desaparición de esa mayoría que es ya sólo putativa. En 1970, la población blanca, definida entre los demógrafos como no-hispana y racialmente blanca, es decir, descendiente de inmigrantes europeos, representaba el 83% de los habitantes de la nación, al tiempo que ésta estaba mayoritariamente dividida en dos grupos raciales: blancos y negros. Los grupos de indios americanos y los asiáticos no llegaban al 1% y los hispanos representaban justo un 4%. En 2016, por primera vez, el número de muertes entre los blancos superó al de nacimientos. El incremento natural de los demógrafos había dejado de existir.

Con su base en el censo 2000, la Oficina del Censo proyectaba en 2002 que la inmersión de los blancos entre las demás minorías se habría completado en 2059. En 2012, ahora sobre el censo 2010, la nueva proyección apuntaba a 2043. El número de nacidos entre las etnias minoritarias superaba ya al de la blanca. Gran redoble de tambor en todos los medios: en un par de generaciones Estados Unidos habría dejado de ser un país mayoritariamente blanco.  Cada quien por sus razones, tanto los conservadores como los progresistas anunciaban la nueva a tambor batiente. Los primeros para dar la voz de alarma de que el carácter de la nación iba a cambiar radicalmente; los otros para felicitarse de que así fuera y alertar ante las consecuencias del resentimiento de los blancosEsa noción se refiere al «sentimiento moral de que los negros violan valores tradicionales americanos como el individualismo y la autoconfianza». Alba la rechaza por sus limitaciones conceptuales. Se limita a la relación entre negros y blancos, excluyendo a otros destinatarios, como los musulmanes, y no tiene en cuenta la angustia de los blancos generada por su percepción de vulnerabilidad a medida que su dominio del contexto político y social de Estados Unidos parece esfumarse. por su eventual extinción.

Ni los medios de comunicación ni una mayoría de académicos reparan en las exigencias legales impuestas a la Oficina del Censo, cuyos datos referentes a etnias y razasLa distinción puede parecer académica y hasta baladí, pero es causa de numerosos debates políticos, de forma que Alba prefiere poner en claro lo que significa para él. «Generalmente uso el término etno-racial para referirme a las distinciones que los americanos usan para referirse coloquialmente a las cinco categorías de ascendencia: blancos (presumiblemente no-hispanos), hispanos o latinos, afroamericanos o negros, asiáticos e indios americanos (por orden de tamaño). Lo uso por dos razones. La primera, que el grupo hispano -el segundo mayor entre la población etno-racial de Estados Unidos- sólo es parcialmente identificable por su idiosincrasia racial y necesita de otras características étnicas como apellidos, lengua y países de origen para completarla. Segunda razón: que etnicidad y raza se refieren a posiciones dentro de un espectro cuyos límites son borrosos. Lo que aparece como diferencia racial en un momento histórico dado puede transformarse en otra solamente étnica en otro» (p.15). tienen que seguir las pautas que decida la Oficina Federal de Gestión y Presupuestos. Vale la pena detenerse en esto.

El concepto de raza ha sido fundamental en los censos desde los inicios de la nación americana. La constitución estipulaba que tienen que contar a todos las personas libres y a todas las demás. Esta segunda categoría se refería a los esclavos. ¿Por qué contar a unos y a otros? Porque la representación de cada estado en los órganos legislativos federales se decide por el número de sus habitantes, y los esclavos lo eran. Eso sí, la constitución establecía que cada uno de ellos contase como tres quintos de un blanco. Si en un estado había, pongamos, cien mil libres y cien mil esclavos y si el divisor común para la nación era de un representante por cada diez mil habitantes, el número en este caso sería de dieciséis.

El conteo de los habitantes hasta tiempos recientes quedaba en las manos de la administración, pero en 1960 se permitió que fueran los hogares quienes respondiesen a las preguntas sobre su origen racial, lo que abría paso a arreglos subjetivos. En el año 2000 se adoptó otra decisión significativa: permitir a los hogares que añadiesen otra raza, algo especialmente importante para los hispanos, que pueden señalar distintos orígenes raciales, incluida la raza blanca, pero que siempre quedarán como una categoría -hispanos- separada de los blancos.

Cuando habla de blancos, la Oficina del Censo incluye una cifra doble: su número total, donde cuenta a todos los que hayan señalado esa casilla, es decir, blancos no-hispanos, blancos hispanos o blancos sin más de cualquier otro lugar del planeta (¿Polo Norte, Antártida?) que se hayan autoidentificado como blancos, y otro donde incluye sólo a los blancos no-hispanos. Si sumamos ambas categorías el número total de blancos -no-hispanos más hispanos y otros- cambia radicalmente. En porcentaje, para 2030, los blancos no-hispanos serán un 55,8% de la población total pero el número de blancos (incluidos los de otras procedencias) representarán 74,2%; en 2060 serán respectivamente 44,3% y 68%.

En suma, en 2060 los blancos en su conjunto estarán aún por encima de los dos tercios de la población total, algo que no parece interesar ni a los medios ni a una mayoría de académicos. Alba se detiene sobre dos circunstancias. Una de ellas tiene raíces prácticas: la dificultad de los hispanos blancos en saber dónde exactamente tienen que ubicarse al rellenar el censo. La otra, mucho más importante, se refiere a la narrativa que tanto satisface a los exégetas progresistas: que la raza blanca, justo por el hecho de serlo, está abocada a perder su presunta supremacía. Prestar atención a la interpretación “dilatada” del censo sería letal para las políticas de acción afirmativa -discriminación positiva es su otro nombre- propuestas como remedio para el presunto trato desigual infligido a todas las minorías, más allá de la negra.

Eso es lo que trató de evitar la Oficina de Gestión y Presupuestos que dicta sus normas de comportamiento a los elaboradores del Censo. En el año 2000 decidió que los individuos que podían alegar su pertenencia a dos grupos étnicos tenían que ser contados como parte del minoritario. No deja de ser una ironía histórica que, al final, esa interpretación no sea más que una reinvención del principio impuesto en los estados sureños durante los tiempos del apartheid local de que bastaba una sola gota de sangre para considerar negro a cualquiera.

La intriga se complica porque en los últimos veinte años se han disparado los matrimonios mixtos cuya tasa ha pasado de 3 a 17% del total desde 1967. En esos matrimonios la combinación más extendida (42% del total) une a hombres y mujeres blancas no-hispanas con contrapartes hispanas. El resto, en proporciones mucho menores, incluye múltiples combinaciones interétnicas. Y esos matrimonios, al igual que el número desconocido de parejas mixtas y de mujeres solteras embarazadas por hombres de una etnia distinta, procrean decenas de miles de ciudadanos con litros de sangres mezcladas. Hoy cerca del 10% de los nuevos nacimientos pertenece a esa categoría. Si eso sucede en la segunda generación es de imaginar que el panorama se tornará mucho más complejo en la tercera y siguientes. ¿Dónde incluir al nieto cuyos abuelos paternos eran blanco e hispana y los maternos negro y asiática?

Por el momento, la administración USA sigue en sus trece. El único grupo al que no pueden pertenecer todos aquellos que se consideren miembros de dos o más grupos raciales o étnicos es el de los blancos no-hispanos. Todos los demás pertenecen a una minoría. Lo que resuelve un par de problemas. Uno, simplifica el proceso de atribución de identidad. Dos -y esto es lo que cuenta- permite esquivar un serio problema político y jurídico.

El Título IX, un texto legislativo de 1972, protege contra la discriminación por razón de raza, religión, sexo u origen nacional. Discriminación, dicen los diccionarios, es el reconocimiento o la percepción de diferencias, y, en el terreno legal, el título IX ha ido evolucionando desde la apreciación de diferencias individuales hacia las que afectan a grupos, ya sean de género, de opciones sexuales o etno-raciales. Y para establecer la comparación habrá que partir del grupo que, al parecer, obtiene los mejores resultados. En suma, los hombres heterosexuales y blancos no-hispanos. Y como, en general, lo que se dilucida bajo la cláusula legal de igual protección son cuestiones que afectan al acceso a bienes, puestos, servicios o rentas, pertenecer a los grupos étnicos más desfavorecidos por comparación con los blancos no-hispanos es de capital importancia. De ahí que tantos hispanos blancos prefieran acogerse a la identidad de hispanos a secas, que ofrece mayores ventajas a la hora de acceder a las grandes universidades o de entrevistarse con los servicios de recursos humanos de las empresas. Y, si las cosas se tuercen, a acudir a los tribunales.

Sobre ese desatino burocrático se ha levantado todo el andamiaje identitario. La sociedad americana, dicen sus valedores, está dividida en compartimentos estancos ocupados por grupos raciales o étnicos, lo que no es precisamente una sorpresa. Pero si se habla en términos de diferencias de poder entre esos compartimentos, las cosas cambian. Todos los grupos identitarios étnicos –las gentes de color– pueden ponerse transversalmente de acuerdo en la denuncia del poder supremo que detentan los blancos no-hispanos y en la exigencia de acabar con su racismo endémico. Especialmente ahora que el censo muestra su inexorable pérdida de peso y de control.

Y aquí le llega la hora de la verdad a Richard Alba. ¿Qué elegir? ¿La práctica del censo que, en contra de sus propias estadísticas, opta por dividir a la sociedad americana en grupos etno-raciales que abocan a un modelo mayoría-minorías -una suma cero de enfrentamientos raciales-, o la que mejor se acomoda a los datos censales de que la sociedad americana evoluciona hacia una diversidad en la que una mayoría de individuos, sea cual fuere su origen étnico, puede encontrar un acomodo tolerable?

La teoría crítica racial se apoya en algunos argumentos razonables. Verbigracia: la idea ilustrada de la igualdad esencial de la condición humana tropieza, dentro de la historia efectiva, con intentos de dominación racial que ajustan su justificación a las distintas coyunturas, pero no desaparecen. La marcha hacia la igualdad situacional entre blancos y negros en Estados Unidos es de una lentitud glacial. «Los grupos poderosos tratan de “almacenar” oportunidades y recursos al tiempo que “patrullan” las lindes para mantenerlos tan intactos e invariables como les resulte posible». Pero la teoría crítica adolece de una limitación basal: se asienta casi exclusivamente sobre la experiencia de los negros americanos que no es fácilmente ampliable a otros grupos no blancos ni, por supuesto, a los hispanos blancos.

La historia de Estados Unidos ofrece otras posibilidades para asegurar una convivencia interracial que han dado fruto a lo largo de otras épocas históricas en la sociedad americana, como la opción por la asimilación. Al igual que los críticos del racismo, sus defensores reconocen la existencia de una jerarquía de grupos etno-raciales cuyo ápice lo ocupan los blancos, pero que no es pétrea. Los individuos de cualquier grupo y hasta los mismos grupos se mueven dentro de ese orden por medio de los llamados procesos de lindero (boundary) o liminales, es decir, por la capacidad de participar y hasta integrarse en los fines y en los valores del grupo mayoritario. Se trata, en suma, de conseguir que decaigan las anteriores distinciones étnicas y raciales y de aminorar las diferencias culturales y sociales generando entre todos un flujo dominante (mainstream) al que todos pueden adaptarse.

Y para que estas reflexiones de psicología social no resulten tan vacuas como suelen serlo las de esa vitola, las ilumina Alba con un ejemplo de éxito: la asimilación de las minorías judías, irlandesas e italianas a lo largo de la primera mitad del siglo pasado y el melting pot que salió de la Segunda Guerra Mundial. No es impensable que la actual expansión de los matrimonios mixtos culmine en procesos semejantes.

Pero Alba es un académico y sabe que incluso esas pacatas expansiones suyas tienen difícil encaje dentro de su medio profesional, tan alborotado hoy por la denuncia del racismo sistémico. Sus colegas difícilmente podrán aceptar su opción por la asimilación como algo más que un retoño de ese mal insoportable. De ahí que se cubra. «El mayor problema para esta opción radica en que parte de una distinción racial clave entre los blancos y el resto que es exógena, es decir, no susceptible de cambio dentro del sistema conceptual, aunque determine prácticamente todo lo demás». Pero lo que hoy parece firme puede cambiar. Supone una debilidad intelectual de gran calibre pensar lo contrario, especialmente en estos principios del siglo XXI, cuando el influjo de las familias mixtas está empezando a despuntar. Hasta aquí Alba.

¿Qué pensarán en Johnstown?
 

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