Quaresma, descifrador. Relatos policíacos
Fernando Pessoa
Barcelona, Acantilado, 2014
536 pp. 29 €

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Con varias décadas de retraso, como viene siendo habitual con toda la obra de Fernando Pessoa, acaban de publicarse en castellano sus novelas policíacas, reunidas en un solo volumen. La edición de Acantilado, magnífica y oportuna, al cuidado de Ana Maria Freitas, ha exigido una minuciosa labor de reconstrucción y ordenamiento de textos y fragmentos dispersos, dada la dificultad que siempre supone la forma de escribir de Pessoa, que abordaba varias historias a la vez sin culminar ninguna y mantenía con ellas, a lo largo del tiempo, un diálogo que no estaba exento de contradicciones. Son, por tanto, novelas incompletas. Sin embargo, reunidas ahora, establecen entre ellas correspondencias semánticas o estructurales: el retrato de Quaresma o los paulatinos análisis de la investigación detectivesca. Igualmente encomiable es la labor de la traductora, Roser Vilagrassa, que hace su oficio con precisión y enseguida se aparta a un lado para no incordiar, para dejar que fluya hacia los lectores el inconfundible estilo pessoano.

El título del libro es precioso: Quaresma, descifrador, así, con esa Q para el fonema velar sordo, una grafía que resulta ajena al castellano asociada a la vocal «a», pero que por eso extraña y despierta la atención. El adjetivo «descifrador» ofrece, además, frente a términos como detective, investigador, policía o sabueso, una sugerencia de enigmas y de claves ocultas resueltas por el razonamiento antes que por la acción. Fernando Pessoa –como Onetti, como Borges– era un apasionado lector de novelas policíacas, sobre las que escribió algunos textos ensayísticos. Es muy conocida su declaración: «Uno de los pocos divertimentos intelectuales que persisten en lo que aún le queda de intelectual a la humanidad es la lectura de novelas policíacas. Entre el inestimable y reducido número de horas felices que la vida me permite pasar, considero que el mejor año es aquél que me permite pasar horas, enfrascado, de cabeza y corazón, en las lecturas de Conan Doyle o de Arthur Morrison». Esa felicidad, continúa, se conjugaba con un café y un cigarrillo.

Si la crítica literaria de índole psicológica se ha aplicado con éxito a iluminar la obra de Kafka o de Proust, intentando encontrar en la vida de sus autores las razones y claves de su escritura, sobre la novela negra ha primado, en cambio, la metodología marxista, que analiza la creación literaria a la luz de las circunstancias históricas y económicas, que desdeña la psicología del creador para buscar la causa motriz del género en las circunstancias sociales. Con razón o sin ella, no hay estudios freudianos sobre las novelas de Conan Doyle o de Dashiell Hammett. Pero si la interpretación social resulta casi siempre útil y acertada, su exclusividad es reductora y simplista. Del mismo modo que hay novelas negras en las que el malestar colectivo y las tensiones sociales ocupan el centro de la narración (Petros Márkaris), en otras su interés reside en la descripción y explicación de las pasiones individuales (Benjamin Black).

De modo que, haciendo un poco de psicoanálisis, sospecho un par de motivos por los que a Pessoa le interesaba tanto la novela de enigma. Puesto que en ellas tienen esencial importancia la verdadera identidad de los personajes, por debajo de sus máscaras y la desigualdad entre lo que se dice ser y lo que en realidad se es, Pessoa, que se definía como un fingidor de sí mismo, debía de sentirse atraído por un género que le permitía reflexionar sobre la normalidad y la anormalidad, sobre el orden y el desorden psicológicos, sobre la obsesión y la locura, sobre la mentira y la verdad, sobre la dificultad de ciertos individuos para relacionarse con el mundo. Por otro lado –y al mismo tiempo–, la objetividad a que obliga el relato policíaco le serviría de alivio para la fatiga que puede producir el abuso del yo y de la introspección, para distanciarse de la sensación de diario íntimo que transmiten tantos de sus textos. En consecuencia, Pessoa no trata al género como si le perdonara la vida, no lo humilla acusándolo de trivialidad; fue construyendo estas historias con la misma técnica con que fue dando forma al Libro del desasosiego, poco a poco y sin prisas, tomando café en silencio y fumando un cigarrillo con delectación entre paisanos que ignoraban que era un genio. Ni siquiera preparó su edición para buscar rentabilidad económica, no padeció con ellas el ansia actual de publicar todo lo que escribimos.

El protagonista, «Abílio Fernandes Quaresma, médico sin clínica y descifrador de enigmas, nacido en Tancos en 1865 y fallecido en Lisboa el año presente de 1930» (p. 43), es un investigador típico de la primera época de la novela policíaca, la escrita antes del crash económico de 1929. Abundan sus descripciones y, aunque con ligeras variantes, es presentado como un hombre muy delgado, de estatura media, fumador empedernido de cigarros «Peralta de veinticinco reis» y torpe para los trabajos manuales, para la acción y para la violencia: «En general, yo resuelvo los problemas sentado en una silla de mi casa» (p. 184), se dice en un apunte pascaliano. Su aspecto es anodino, gris: «Todo en él evidenciaba que era uno de esos fracasados de la vida que nunca llegan a nada, que pierden todas las oportunidades» (p. 183); «Era, en el peor sentido de la palabra, un ser inofensivo» (p.42). Sin embargo, su escaso atractivo físico contrasta con una enorme claridad mental y con un poderoso razonamiento: «Razono como respiro» (p. 186). De su vida emocional, en cambio, nada se sabe. Quaresma observa, pregunta, reflexiona, deduce y descifra los casos hasta revelar la verdad, pero, cumplido su papel, enseguida sale de la escena.

Sin embargo, cuando él aparece, las novelas se elevan y el lector descansa en sus hipótesis y se deja llevar por sus diálogos, sus razonamientoss, sus largos comentarios sobre el carácter del criminal o del suicida, que sobrepasan la típica investigación policíaca. En su mayor parte, el enigma se resuelve desde la reflexión fría y científica, y predomina el discurso intelectual, pero en algunas ocasiones se impone un desenlace más emotivo, como en el relato Tale X / La muerte de don João.

Aunque, en estas novelas, Pessoa cambia el género, no modifica la geografía de Lisboa, a la que se mantiene fiel. Pessoa adapta a su mundo el mundo anglosajón del relato policial, lo ambienta en sus queridos minifundios lisboetas, en la Baixa o en el Chiado, lo personaliza con referencias a Angola o a Oporto, imprime su marca personal al modelo extranjero. Sus historias policíacas se desarrollan en la misma época y en el mismo suelo que el resto de su obra. Tampoco hay diferencias en el lenguaje utilizado. No rehúye la diégesis y el análisis, pero, fiel a su vocabulario y a su estilo, tampoco cae en excesos verbalistas. Ahora bien, el libro no cumple todas las expectativas que su lectura despertaba: uno va pasando una página tras otra disfrutando de un capítulo aquí, de una reflexión allá, de la descripción de un temperamento en otro sitio, creyendo que por fin va a cuajar todo lo que promete, pero termina dejándonos un sabor de boca agridulce. Los relatos son mejores cuanto más elaborados están, como en El caso Vargas o El pergamino robado. En la mayoría, sin embargo, pesa demasiado la sensación de estar incompletos: La desaparición del doctor Reis Gomes o El caso del triple cierre.

Sí, ya sé que los fragmentos en Pessoa no son fruto de la impotencia de quien no sabe culminar una obra y los exhibe intentando ocultar su debilidad creativa. Sé bien que es una forma intencionada de escribir pero, aun así, estas novelas me habrían gustado más si estuvieran cerradas, si estuviera localizado su núcleo narrativo, si no desconcertaran los cambios de narrador, sin solución de continuidad, entre la primera persona de un testigo concurrente y la tercera del autor omnisciente. Me pasa algo parecido en los museos con los cuadros sin título, sobre todo ante los lienzos abstractos, ante los cuales siento que les falta algo y no encuentro una razón convincente para que su autor no los haya titulado y nos ayude, con ello, a su interpretación. Este desconcierto que deja el libro quizá se derive, tan solo, de una cuestión de género. Porque, si en un dietario su propia esencia es el fragmento, impuesto por los sucesos aleatorios y diferentes que acarrea el discurrir de los días, no sucede lo mismo con la novela policíaca, que exige la culminación y cierre de la narración.

Acaso para combatir la soledad y el silencio que arrastraba de pensión en pensión, Pessoa llevaba dentro de sí una multitud de seres que observaban el mundo con diferentes miradas, y una sinfonía de voces que hablaban con distintos acentos. Quaresma, descifrador revela uno de esos rostros, no el más brillante ni el más profundo, aunque igualmente necesario para su completo conocimiento.

Eugenio Fuentes es autor de un volumen de cuentos, Vías muertas (1997), otro de artículos periodísticos, Tierras de fuentes (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010) y de los ensayos literarios La mitad de Occidente (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2003) y Literatura del dolor, poética de la bondad (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2013). Su detective privado Ricardo Cupido ha protagonizado sus novelas La sangre de los ángeles (Alba, Barcelona, 2001), Las manos del pianista (Barcelona, Tusquets, 2003), Cuerpo a cuerpo (Barcelona, Tusquets, 2007), El interior del bosque (Barcelona, Tusquets, 2008) y Contrarreloj (Barcelona, Tusquets, 2009). Es autor también de Venas de nieve (Barcelona, Tusquets, 2005) y Si mañana muero (Barcelona, Tusquets, 2013).

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