El demonio de la teoría
Antoine Compagnon
Barcelona, Acantilado, 2015
352 pp. 24 €

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El libro de Antoine Compagnon que ahora publica Acantilado, dentro de la ya larga e impagable serie de ensayos que iluminan su catálogo, data, en su edición original francesa, de 1998, época en la que el prestigio del crítico francés se fundamentaba, sobre todo, en sus estudios sobre el período de la modernidad, desde Chateaubriand hasta Proust, pasando por Baudelaire. Títulos como La Troisième République des lettres (1983), Proust entre deux siècles (1988) o Les cinq paradoxes de la modernité (1990) centraron el interés crítico del profesor en el mundo que comienza con el Romanticismo. La mayoría de esas obras espera aún, hasta donde yo sé, su edición en español (salvo Las cinco paradojas de la modernidad, que se tradujo en Monte Ávila y se reeditó en Siglo XXI), aunque es de esperar que el proyecto que tiene en marcha su editor de verter a nuestra lengua los estudios de Compagnon acabe por rellenar esos huecos. Desde entonces, la celebridad del escritor y estudioso francés –especialmente en los ámbitos francófono y anglosajón– ha traspasado el velo habitualmente inconsútil del mundillo erudito para convertir al profesor de la Sorbona y de la Universidad de Columbia en una de esas figuras intelectuales que alcanzan una presencia social y mediática poco común entre sus colegas. El fenómeno es más común entre los científicos que se dedican a la alta divulgación, como Stephen Hawking o Edward O. Wilson, pero no es desconocido en el mundo de la literatura, y ahí están los notables ejemplos de scholars como Harold Bloom o George Steiner para demostrarlo.

En el caso de Compagnon, la fama se debe, especialmente, a sus libros Un été avec Montaigne, escrito a partir de unas charlas radiofónicas, y Un été avec Proust, una lógica explotación del éxito comercial del primero, del que, por cierto, sí hay traducción al español, aunque esta vez no en Acantilado, acaso escamados de una obra que puede publicitarse con una frase como la que ha empleado su editor para su promoción, que dice del libro que sirve «para broncear nuestra alma con filosofía», con su parafernalia de sombrillas, aceites y lectura ligera. Con todo, lo más interesante de la inusual cifra de ventas de estos opúsculos es que demuestra que, entre el lector común de hoy, hay una sed permanente y no resuelta de conocer a los clásicos, y éste es un fenómeno que no resulta en absoluto ajeno a El demonio de la teoría, pues, entre las muchas cuestiones que plantea el ensayo, se encuentra también la pregunta por la relación entre la literatura y la historia, en la que está implícita la discusión acerca de qué entendemos por «clásico». Y, como hemos visto, el trabajo de Compagnon se orienta fundamentalmente a períodos y autores que hoy incluiríamos bajo ese marbete.

En principio, la originalidad del libro de Montagnon reside en el punto de vista adoptado. El libro lleva un subtítulo esclarecedor, «Literatura y sentido común», porque el empeño de Montagnon consiste en revisar, desde el punto de vista del sentido común, los conceptos básicos en los que se ha basado cualquier intento de explicación teórica de la literatura. Antes de proseguir, convendría aclarar que Montagnon emplea la expresión en varios sentidos diferentes. Sentido común suele significar, en la mayoría de los contextos en que aparece a lo largo del ensayo, simplemente lenguaje ordinario, es decir, el significado con que utilizamos términos como «literatura», «autor» o «estilo» en la lengua común. Pero se emplea también el más usual de sensatez y, en numerosas ocasiones, indica además un compromiso epistemológico de tipo aristotélico con el término medio. La postura de Montagnon, si es que tiene alguna postura, sería precisamente la de tratar de armonizar los extremos aporéticos a que conduce la teoría de la literatura, rectificar o equilibrar unos puntos de vista con sus contrarios, para salvar lo mejor de cada uno. O para nadar y guardar la ropa, como se le ha reprochado en ocasiones.

La reflexión de Montagnon parte de un hecho fácilmente constatable: la teoría de la literatura ha dado y da respuestas contradictorias a cuestiones básicas, de las que todos tenemos alguna noción previa (de ahí que resulte posible aplicarles el sentido común como recurso metodológico). Para poder entender este fenómeno, el ensayista francés ha dividido el estudio de la literatura en una serie de conceptos clave, y ha buceado en las procelosas y a menudo selváticas aguas de la prosa de teóricos y críticos literarios en busca de las respuestas y definiciones que éstos han ido proporcionando. Así, las facetas de la literatura que elige para su examen Montagnon son las más básicas e inmediatas: la literatura (¿qué es?), el autor (¿qué relación hay entre la literatura y el autor?), el mundo (¿qué relación hay entre la literatura y la realidad?), el lector (¿qué relación hay entre la literatura y el lector?) y el estilo (¿qué relación hay entre la literatura y el lenguaje?), a las que añade otras dos, la historia y el valor, que se ocupan, respectivamente, de la evolución de la literatura y de su pertinencia.

No resulta escasa evidencia de la necesidad de esta revisión el hecho de que aún parezca conveniente empezar por preguntarse qué es la literatura (aunque es un fenómeno común a las humanidades, este de la imposibilidad de definir satisfactoriamente el objeto del que se ocupan: ¿Qué es la literatura?, ¿Qué es la historia? o ¿Qué es la filosofía? ya se lo habían preguntado antes, entre muchos otros, Jean-Paul Sartre, Raymond Carr o Gilles Deleuze y Félix Guattari), pregunta a la que, por supuesto, tampoco responde el erudito francés («cualquier definición de la literatura es siempre un pretexto (un prejuicio) erigido en universal»). De hecho, afirma que, en cualquier definición de la literatura que se intente, siempre hay algún elemento extraliterario, lo que no debería resultar tan sorprendente –tampoco a Compagnon–, porque, aunque tendamos a pensar en la literatura como en un fenómeno objetivo, un dato más del mundo, lo cierto es que no hay ninguna sustancia externa a nosotros a la que podamos llamar literatura. Creo que siempre se manifiesta adherida a algo. Somos los autores/lectores quienes la hacemos aparecer. Por eso su naturaleza es esencialmente simbiótica y ubicua, y sospecho que muchos de los problemas de que trata Compagnon podrían mostrar nuevos brillos y matices si se aplicara el concepto de simbiosis a algunos de sus planteamientos paradoxales.

Los siete capítulos del libro proceden del mismo modo: se establecen dos posturas antitéticas en torno al problema a dilucidar, que funcionan como polaridades que se niegan, anulan, rectifican o complementan; se examinan sus ideas; finalmente, se muestra cómo esos callejones sin salida a los que conduce la reflexión no impiden que el sentido común traiga de vuelta conceptos ya condenados, por indefinibles o por falsos, como el de estilo, el gusto o la intención. Como le gusta decir al autor francés, si expulsamos a cualquiera de estos elementos por la puerta (ya se trate, por ejemplo, de la muerte del autor, de la inexistencia de cualquier relación de la literatura con la realidad o del concepto de «clásico»), acaban entrando por la ventana. Es posible que este modo de proceder resulte excesivamente reduccionista, aunque una metodología tan rígidamente cartesiana tiene, sin duda, muchas ventajas, entre las que no es la menor la claridad, a la que tan frecuentemente se echa de menos en muchos –quizá demasiados– trabajos teóricos.

De agradecer es también que el ensayista francés haya decidido prescindir en su libro de los tecnicismos (en la medida de lo posible, pues, en cuestiones de teoría literaria, son casi siempre inesquivables) y de las notas a pie de página. La obra resultará especialmente útil a profesores y estudiantes, sobre todo por lo que tiene de guía para no perderse en los enrevesados caminos de la teoría, pero también para cualquier lector interesado en cuestiones relacionadas con la literatura en general, muy especialmente porque parece decirnos, y seguramente hacía falta hacerlo, que, por más que el empeño de las humanidades en seguir las huellas de las ciencias de la naturaleza haya creado demonios enfurecidos encerrados en sí mismos, aparentemente desconectados de su objeto de estudio y análisis (a veces me pregunto qué leen los teóricos de la literatura, porque parece que sólo se leen entre ellos), aún es posible la lectura sensata y desprejuiciada de los textos, y nociones familiares como las de intención, estilo o calidad siguen siendo funcionales, a pesar de las saludables críticas y revisiones a que han sido sometidas.

El demonio de Laplace, el geniecillo maligno de Descartes y, ahora, el demonio de Compagnon. ¿Por qué es demoníaca la teoría? Pues porque su práctica conduce a la autorreferencialidad y a las aporías teóricas, y no resuelve ninguna de las cuestiones de que se ocupa, pero las connotaciones de tentación y de belleza no le son ajenas. Tal vez por eso Compagnon prefiere «leerla como una novela» (p. 307), como una ficción, lo que, en el fondo, no está tan lejos de lo que pretendía Roland Barthes cuando hablaba de la crítica como creación de textos sobre los textos. Su utilidad proviene de la reflexión permanente, del continuo perfeccionamiento de nuestros instrumentos críticos, de la constante puesta en cuestión de los conocimientos supuestamente asentados: «el esfuerzo teórico no es en absoluto vano, en la medida en que sigue siendo conjetural» (p. 309), es decir, que nos obliga a plantearnos preguntas que convierten al lector, al estudioso y al crítico en navegantes o cazadores, y éstas son imágenes caras a Compagnon.

Entre sus características enumera el autor las siguientes: la teoría «protesta siempre contra lo implícito», «plantea preguntas» y «es una escuela de ironía», y por eso interesa a Compagnon, que nos quiere «vigilantes, suspicaces, escépticos». Y, a pesar de eso, el escritor nos confiesa en la introducción de su libro que él no tiene teoría y que la teoría se opone siempre al sentido común. Otra pareja de opuestos más. Compagnon gusta de las paradojas y de la dialéctica; tiende al dualismo y a las polaridades no resueltas. Tal vez al erudito francés le agradara, o incluso divirtiera, saber que ya José Bergamín había observado, en La importancia del demonio, que entre ambos se establece una suerte de dependencia mutua, de modo que es nuestra sensatez la que nos revela la existencia del demonio: «no tener sentido del Demonio es, sencillamente, no tener sentido común, ya que es el sentido común ese cierto sentido […] que nos pone de manifiesto al Demonio». Es decir: porque somos sensatos es por lo que nos damos cuenta de que la teoría nos sonríe mefistofélicamente al tiempo que despedaza todas nuestras certezas.

Pedro López Murcia es escritor y autor de El asesino temporal (Madrid, SM, 1998).

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