Fatalidad sin humor

No sólo el fuego

BENJAMÍN PRADO

Alfaguara, Madrid

288 págs.

2.400 ptas.

Cuando uno acaba No sólo el fuego se queda con la sensación de que el autor ha estado todo el tiempo pisando el freno, con el empleo de imágenes poéticas y un velo sostenido de desesperanza, a un culebrón fallido. La historia que cuenta esta novela posee «ingredientes» literarios, quién lo duda, pero la narración se dirige, aunque el autor no lo quiera, a reflejar una «realidad» simplificada. Se ceba en la fatalidad como motor de un relato que nos acerca y a la vez aleja del desastre sentimental de una familia, de sus miserias generacionales. Es evidente que Benjamín Prado se ha dado cuenta de ello porque introduce aquí y allá elementos de contrapeso, pero en ocasiones su efecto es contrario. Es el caso del abuelo Truman, que apenas aporta dinamismo a la narración, más bien al contrario: desvía la atención de lo que parece «central», es decir, la relación entre Ruth y Samuel, este último hijo de Truman, hijo a su vez de exiliados republicanos que llevaron una vida trashumante por América latina en la posguerra. El diálogo entre Truman y Maceo, hijo menor de la pareja, que llena bastantes páginas, resulta casi siempre gratuito: nos fatiga con lugares geográficos, reflexiones históricas, hallazgos astronómicos o políticos. Truman, el personaje cuya misión es otorgar valor profundo a la novela –pues sería el origen de lo que les ocurre a Samuel y Ruth, así como a Marta, la hija mayor, de la que asistiremos a su primer gran naufragio vital– se desvanece en una nube de «batallitas» inciertas, olores y sabores americanos, mujeres perdidas, una nube que tiñe la novela de «discurso literario» pero no de verosimilitud ni de valores narrativos genuinos.

Es muy difícil novelar en el límite de un género, en este caso la novela de costumbres o generacional, y hacerlo bien. En No sólo el fuego se nota el esfuerzo, la voluntad del narrador. Aquí tenemos una pareja que no se soporta, un hijo que respira con las palabras de su abuelo, una hija que quiere conseguir su hombre, aunque éste la pegue. Un rayo casi fulmina a Maceo, que pasa por el hospital –donde podrá seguir la particular educación del abuelo, qué mejor que el hospital para los monólogos– y luego queda «tocado». Samuel se convierte en un perseguidor de mujeres en descampados hasta que le dan su merecido. Ruth empieza una carrera de envenenadora clásica y de adúltera despechada. Marta se equivoca de hombre pero está enamorada y qué puede hacer ella si ese amor le lleva a darse contra las puertas. Al final muere el personaje equivocado desde el punto de vista de un culebrón pero el lógico en una novela abierta, que no va a comprometerse más allá de su conclusión.

No sólo el fuego es una novela precipitada y con escasa tensión narrativa. La fatalidad resulta ficticia por falta de humor, carencia que salpica un tono narrativo lastrado por la seriedad. Por lo demás, hay bastantes diálogos poco naturales e inútiles, no sólo los que sostienen Truman y Maceo. Y también imágenes demasiado imprecisas o poco afortunadas, como «dolor portátil», «la atmósfera estaba tan limpia como el filo de un hacha», o «la realidad lo invadía todo». ¿No es excesivo que el narrador intente transmitirnos la «alegría melancólica» de Marta al abrir la puerta y ver a su madre en lugar de a su amado Lucas como «la del desterrado que vuelve a su casa después de una guerra, que ha sobrevivido a los ultrajes y las violaciones, que tras pasar frío y hambre, tras soportar insultos y epidemias, dormir al raso bajo la lluvia, sobre la nieve, perseguido por los perros y ametrallado sin piedad por la aviación enemiga vuelve a ver las fronteras de su patria, a vislumbrar un mundo sin látigos ni crímenes ni torturas que no creyó nunca más posible, un mundo que consideraba irremediablemente extinguido»? ¿Nos están hablando de Madrid o de Kosovo?

Sabemos que todas las novelas, todos los libros podríamos decir, fallan en algo, pues en el fondo cualquier obra es un fracaso. ¿Qué lector soportaría una obra perfecta? Podríamos ver al crítico como un pirata tuerto y malhablado que, plano en mano (los errores), se dirige inexorablemente a su objetivo: desenterrar los aciertos y hacer que brillen al sol aunque sólo sea un instante. No sólo el fuego tiene momentos felices como novela, aquellos en los que Ruth y Samuel son más desgraciados, aquellos que en algunas páginas desgranan el odio entre dos personas que se conocen desde casi toda la vida gracias al origen del amor. En tales páginas, Prado es un verdadero narrador porque se desliga de la estrecha visión de sus personajes (ese subterfugio de lo que era y en lo que se han convertido) para mostrar un atisbo de la esencia de las cosas. Cuando dice, por ejemplo, que «la vida es etérea y los objetos son sólidos».

Ficha técnica

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