Narrar la Transición, con sus luces y sombras


De la fruta madura a la manzana podrida. El laberinto de la Transición española
Tom Burns Marañón
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2015
336 pp. 22,50 €

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Cuando se cumplen cuarenta años de la proclamación de Juan Carlos I como rey de España nombrado por Franco, es oportuno reflexionar sobre la Transición, pues aquella ilusión que acompañó al proceso de hacer realidad la democracia se ha trucado hoy –por desconocimiento histórico, por el lógico paso del tiempo o por inducción partidista– en desafección para muchos españoles. De esto trata este interesante libro de Tom Burns.

Hace ya años, Julián Marías nos incitaba a los historiadores a escribir «una Historia de España elemental, clara, atractiva, veraz; que se pudiera leer, que produjera placer, que fuese divertida y acaso conmovedora […] una historia narrativa y con nombres propios, no una colección de “materiales” para escribirla». Pues bien, este libro de Burns hace realidad muchas de esas cosas. Es el resultado de la experiencia personal de su autor, del valioso material de historia oral que retoma de sus anteriores libros de Conversaciones (sobre el Rey, sobre el socialismo, sobre la derecha), y de la reflexión. Su condición de londinense de familia hispanoinglesa le permite acercarse al laberinto de la Transición con cierta distancia y objetividad, pues «es posible que para ver las cosas bien convenga ser algo forastero».

La tesis central es que «la Transición fue la caída del árbol de la fruta madura» y hoy «la mercancía –la fruta– está muy podrida». Burns dedica más de trescientas páginas a mostrar el proceso por el que la manzana va pudriéndose/la democracia va pervirtiéndose. Nos ayuda así a entender mejor qué ha fallado para, a partir de ahí, revisar, rectificar y regenerar nuestra democracia. Sintetizaré en cinco apartados sus aportaciones más novedosas.

1. El punto de arranque de la Transición está, para Burns, en el tardofranquismo y su comienzo fue la jura en julio de 1969 de Juan Carlos como sucesor de Franco a título de rey. En el argumentario de la fruta madura, es crucial el éxito del desarrollismo español, el hecho que no hubiera que comenzar de cero –«la España de Franco distaba mucho de ser un Estado fallido»–, así como el peso que el recuerdo de la Guerra Civil tuvo en la sociedad española: «nadie quería otra y se busca la reconciliación». Además, el eje central de la narración de la fruta madura fue la toma de conciencia por parte de los españoles de la normalidad existencial de España y su deseo de normalidad política, como certeramente supo transmitir Suárez. Porque la Transición tenía un doble objetivo: lograr una democracia de corte europeo y consolidar a la Corona como árbitro del sistema parlamentario. El «actor» elegido para representar la función fue Adolfo Suárez, sugerido al rey por Torcuato Fernández-Miranda: «lo que el rey me ha pedido». Con lo que no contaron era con que Adolfo Suárez querría seguir ocupando un papel estelar en la siguiente función, en la segunda etapa de la Transición, que era la democracia.

La importantísima Ley para la Reforma Política es muestra de que se entendiera la lógica de la madurez de la fruta. Perspicazmente, Burns apostilla que el anteproyecto de dicha Ley que finiquitó la dictadura fue redactado por un prohombre del régimen y «estaba a la altura de lo que escribían los padres fundadores de la independencia de Estados Unidos». En ese texto, Fernández-Miranda decía que, en democracia, la supremacía de la ley era la expresión de la voluntad suprema de los españoles y que los diputados del Congreso serían elegidos por sufragio universal directo y secreto. Nada que ver con el franquismo. Y concluye que «habiendo examinado escuetamente la lanzadera del tránsito a la democracia, cabe preguntarse ahora hasta qué punto Franco fue ajeno al proceso político que se desataría con su muerte y con el entierro del Régimen». No ha de olvidarse que el «atado y bien atado» se sustentaba en dos soportes: primero, en el príncipe y, segundo, en las instituciones del régimen y, por tanto, el nombramiento de un sucesor culminaba su obra.

¿Puede hablarse hoy de la herencia del franquismo? Hace un par de años busqué esta herencia para mi libro El franquismo ordinario, deteniéndome en la vida cotidiana y recordando aquel «Todos somos herederos de Franco» de Víctor Alba. Burns e va más lejos n este libro al afirmar que «el ejercicio del poder en democracia, igual que en el franquismo, se ha distinguido por el hiperliderazgo, la jerarquización del mando, el dirigismo y por la aversión a la transparencia y a la rendición de cuentas». Más aún, encuentra una proyección del legado franquista sobre la monarquía parlamentaria –tal vez con cierta exageración– en cuanto que «se asentó, a todos los efectos, sobre un partido único». Y, al margen de lo hoy impuesto como políticamente correcto, concluye que «es una supina estupidez borrar completamente del mapa el franquismo», porque mucha cultura del régimen pervive en la democracia que lo sustituyó, como el empleo jerárquico del mando y la opaca endogamia de los partidos parlamentarios.

2. El libro se detiene en el papel desempeñado por los jóvenes reformistas del régimen –la «generación del tránsito»–, pues ellos eran quienes mejor sabían cómo cortar la fruta, que estaba madura, sin dañarla. Adolfo Suárez, Eduardo Navarro, Rodolfo Martín Villa y Gabriel Cisneros son algunos de ellos. Entendieron que la Transición era un proceso que se distinguiría por la continuidad y no el continuismo. Querían pactar evitando rupturas. Eran hombres formados en un joseantonianismo/falangismo y en un patriotismo crítico con la situación política del franquismo, y antes de morir Franco ya estaban en otra cosa. El arquetipo es Suárez, «uno de esos políticos natos que saben al segundo la orientación que toman los vientos […] fue un camaleón […] lo notable de Suárez fue un perfil irreprochablemente adaptado a la encrucijada de su tiempo». Comenzaron a conocer a un Juan Carlos que, a raíz de su juramento como sucesor de Franco, les inspiraba confianza y optimismo y «ayudó a descubrirnos que España era capaz de conseguir todo lo que se propusiera, y este optimismo lo puso en marcha don Adolfo Suárez». Su misión consistiría en trasladar esta confianza y tranquilidad a la esfera de lo normativo para ir «de la Ley a la Ley pasando por la Ley». Importante fue también el papel desempeñado por los demócratas cristianos del relevo generacional –con Óscar Alzaga, los Tácitos, etc.–, con Alfonso Osorio a la cabeza. Su reto fue «implementar la estrategia del continuidad sin continuismo» y avanzar hacia otra cosa.

Pero en la operación Transición hay tres actores fundamentales: Juan Carlos como empresario, Torcuato Fernández-Miranda –«seguramente el político más inteligente y a la vez el más soberbio del Régimen»– como guionista de la obra y Adolfo Suárez como actor elegido para la representación: «fue un trepador más competitivo hacia las alturas del poder y el más telegénico de aquella quinta». Pero el autor del libro no olvida, amén del papel del pueblo español, la oposición, la Iglesia, etc., a otros muchos protagonistas como Santiago Carrillo, Rafael Calvo Serer, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, Jaime Carvajal, Carlos Arias Navarro, Luis Carrero Blanco, José Joaquín Puig de la Bellacasa y un largo etcétera. Y se detiene en Fraga, por su relevancia política y su aceptación de la democracia, afirmando que Suárez le robó su agenda reformista, su cartel centrista y la mayor parte de su base electoral. Y dedica máxima atención al rey Juan Carlos, Adolfo Suárez, Felipe González y José María Aznar.

Primero, el rey Juan Carlos. Es «la partera de la democracia». Su intención inicial de animar a la creación de un amplio partido de centro-derecha fracasó, pero, gracias a su conocimiento de la realidad española, pudo comprobar que la fruta estaba madura y supo ver que él, apoyado por gente de su generación, sería quien cogería esa fruta para articular una España constitucional y una monarquía parlamentaria. Él era continuador del régimen, pero para reinar y restaurar la monarquía de los Borbones, para lo cual no podía ser el continuista del franquismo. Burns tiene claro que el rey heredó a Franco, pero «sucedió» a su padre, don Juan.

3. ¿Cómo se llega a pudrir la manzana? Los comienzos de «una fermentación que convirtió la fruta madura en una manzana podrida» están para Burns en el proceso electoral y en el marco establecido para elegir unas Cortes constituyentes que definirían los parámetros de la democracia. Comienzan cuando el PSOE decide que, para vender mejor su mensaje, más que un ideario plural, era necesario poner un rostro a la voz de un partido que llevaba cuarenta años debajo de las piedras. Felipe González, con su gran tirón popular, estableció un liderazgo fuerte e incuestionable que en adelante sería una constante en el parlamentarismo español, pues algo similar hicieron el resto de los partidos: el jefe sería quien repartiría las diferentes parcelas de poder.

En resumen, los socialistas eligieron un rostro por razones tácticas y los centristas lo hicieron por pura necesidad con el Suárez del «puedo prometer y prometo», único activo de una UCD que no era sino una amalgama de ambiciones personales de distinta procedencia. Pero el liderazgo de Felipe González fue en aumento, mientras que el de Adolfo Suárez fue disminuyendo hasta desaparecer. Porque Suárez no supo capitalizar sus logros políticos y el electorado, que no es nunca agradecido, no votó en reconocimiento a promesas cumplidas, sino en función de otras ofrecidas y más ilusionantes. «Suárez murió de éxito en un tiempo record» y UCD, de estar unida por la ambición del poder, pasó a estar unida por el desprecio hacia Suárez: «todos estaban sobrados de soberbia». La liquidación de UCD desconcertó al sufrido elector medio. Se glorificó a Felipe González sin pensar que el entusiasmo de aquella impresionante movilización plebiscitaria podría engendrar manzanas podridas, olvidándose que «todo poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente».

Será durante los años del PSOE en el poder y, luego, durante la etapa del centro-derecha, cuando aquella fruta madura se estropee del todo. Aquello de «quien se mueva no sale en la foto» era mucho más que una anécdota, pues en realidad, puntualiza Burns, no dejaba de ser una norma irrenunciable del anterior régimen.

4. El análisis que Burns hace de Felipe González, como líder que acaparó todo el poder centrando en torno suyo la vida pública en España, resulta muy sugerente. Cuando, en marzo de 1996, perdió el poder (por poco más de trescientos mil votos), «la manzana en manos socialistas rebosaba de gusanos corruptos». Felipe González «estableció un estilo de ejercer el poder y de gobernar que definiría la política española a lo largo de una época». Suresnes –donde no se refundó, sino que se reinventó el PSOE–, el Felipe González heterodoxo y no marxista, el Felipe González del discurso ético, el Felipe González pragmático, darían vida a un partido a su medida, el felipismo, que estableció el procedimiento, las tácticas y las trampas según las cuales se comportarían los partidos políticos. Acumular poder, fabricar adhesiones inquebrantables y mesianismo fue lo que el felipismo dio a unos votantes que se lo demandaban. Aquel PSOE de Felipe González, más que izquierdista, era populista, dice Burns, y recuerda que el voto del 28 de octubre de 1982 no respondía al «quítate tú que me pongo yo» característico de la alternancia política en las democracias consolidadas en Europa, sino que tenía tintes latinoamericanos.

Comenzó así un nuevo régimen con un poder político que tenía toda la apariencia de ser un poder absoluto: y la fruta madura de la libertad acabó pudriéndose. Emergió la tóxica tentación del adanismo, del rechazo de conductas anteriores y pasaron al olvido las señas de identidad del partido tradicional, su comportamiento ético y su austeridad moralizante, porque aquel cúmulo de votos «alejó la posibilidad de la alternancia en el poder y debilitó a la sociedad civil». Como ejemplo, baste recordar la reforma en 1985 de la Ley del Poder Judicial, pues «el felipismo tenía poco interés doctrinal en la separación de poderes, que es la piedra angular de la democracia liberal». También se recuerda en este libro el abrumador control del felipismo en todas las esferas, desde la cultura hasta la elección del beneficiario de la última peseta que salía de las arcas públicas, amén de «la narrativa de superioridad moral que desarrolló el PSOE, que fue extremadamente maligna para la consolidación de una cultura democrática y pluralista que Felipe González decía liderar». Sus muchos años en el poder habían limitado el debate político y debilitado a la sociedad civil.

Finalmente, el proyecto y sus propuestas se derrumbaron por culpa de la corrupción: «Este fenómeno fue acaso el mayor legado al sistema político español de los largos años del socialismo en el poder. Fue el más catastrófico», pues fue generando un foco de corrupción personal (recuérdese el caso de Juan Guerra). «Los escándalos de corrupción subían de registro con la fuga de Roldán. Para deshonra perdurable del felipismo, el caso GAL salió ya plenamente a la luz pública», sin olvidar las redes clientelares, etc. Esa especie de bonapartismo, como lo llamó José Félix Tezanos, fue malo para el sistema parlamentario, porque sucesivos líderes imitaron su modelo de liderazgo. Pero lo peor para Felipe González fue que tuvo que enfrentarse a un inmisericorde Aznar, que tuvo con él un comportamiento similar al que él había dispensado a Suárez. Eran las reglas de juego que Felipe González había creado.

5. Tras las elecciones de 1982, la entrega del poder político al PSOE fue una humillante rendición incondicional: «Con ello, en su fulgor y muerte, UCD contribuyó de una manera decisiva al proceso de la manzana podrida» y «La consolidación de la monarquía parlamentaria sería la obra unipartidista del PSOE». Ello provocó que el centro-derecha tardara catorce años en recuperar el poder, con Aznar al refundar AP con el PP. Fue ya en 1996 cuando se produjo la alternancia y la manzana ya se encontraba bastante podrida. Los «vicios» de aquel poder socialista quedaron en la vida política española. La estrategia de la izquierda fue arrinconar al centro-derecha con acusaciones de que representaba políticas represoras e integristas. La democracia fue la meta del antifranquismo y parecía propiedad de la izquierda, que presumía de superioridad moral y ejercía el derecho de admisión. Es como si hubiera demócratas de primera y de segunda, y había como una carencia de credenciales democráticas de la no izquierda. Este complejo lo acusaron los franquistas reformistas y, más que ninguno, Adolfo Suárez. Es como si algunos del PSOE llevaran el sectarismo en su ADN.

Igual que Adolfo Suárez le robó el centrismo a Fraga y Felipe González se lo robó a Suárez, Aznar le robó el centrismo a Felipe González después de catorce años de felipismo. Aznar entró en política cuando la fruta madura había sido cosechada hacía tiempo. Heredó de González una incuestionable manzana podrida: «fuertes desequilibrios económicos –siendo la desocupación de uno de cada cinco españoles en edad de trabajar el más lacerante de ellos–; una administración pública anquilosada por falta de reforma, y desmotivada y bajo sospecha por haber sido politizada; y una instituciones deslegitimadas al estar altos cargos bajo acusación judicial». Aznar era el candidato de una nueva generación de políticos. Modernizó el centro-derecha y lo desfranquicizó. Los populares tenían un cheque en blanco para darle la vuelta al centro-derecha cuando se hicieron con el partido en el congreso de Sevilla en 1990 e intentaron implantar el centro reformista. Sus aportaciones, económicas sobre todo, fueron, según Burns, importantes. También traza paralelismos entre Aznar y el socialdemócrata Tony Blair, y habla de su fascinación por Estados Unidos, que acabó por hundirles en el más hondo de los pozos. Tanto que, injustamente, a ambos se les recuerda solamente por la guerra de Irak. Pero Aznar decepcionó a quienes esperaban de él un reforzamiento del sistema parlamentario. Pudo haber hecho una reforma de la Ley Electoral, pudo haber patrocinado un debate interno y fomentar la transparencia en el PP, pudo haber profesionalizado –es decir, despolitizado– la Administración pública, pero la manzana siguió pudriéndose bajo su mandato. Su prioridad fue sanear las cuentas públicas, reducir la inflación y estimular el crecimiento económico para que España estuviese en la parrilla de salida de la Eurozona. Difícil todo ello, porque el PSOE legó un balance muy deteriorado. Burns destaca que el haber económico de Aznar fue abultado e incuestionable. No lo fue en lo político. Y nombrar sucesor fue la continuación de las peores prácticas de la vieja política.

Pero lo peor llegó después de Aznar, cuando «la nave tomó un rumbo progresivamente pantanoso». No dedica espacio el libro a José Luis Rodríguez Zapatero, que, sin duda, no era Felipe González. Fue un exaltado que llegó a preocupar seriamente a los veteranos del socialismo hispano y que resucitó, entre otras cosas, el penoso tema de las dos Españas. Merecerá la pena otro libro de Tom Burns para retratar el zapaterismo y su nefasta herencia.

En resumen, «el franquismo injertó el estatismo y el corporativismo a la fruta madura y los legó a la sociedad española junto con el deseo, no anticipado por la dictadura, de reconciliación y el ansia de la normalización política». La tentación caudillista, o populista, se hace presente tanto en la derecha como en la izquierda cuando los diputados carecen de cercanía con los votantes y el Parlamento. Unos y otros crearon un híbrido entre el sistema presidencialista y un sistema parlamentario, inclinándose hacia el primero. Con la Ley Electoral florecieron el hiperliderazgo y el control del aparato y se corrompió la manzana. Cuarenta años después, la mercancía está muy podrida.

El libro de Tom Burns es una narración que aporta claridad y planteamientos novedosos en aquel laberinto que fue la Transición. Al felicitar al autor y a la editorial Galaxia Gutenberg, sólo queda esperar el éxito que este libro merece, pues su lectura es altamente recomendable.

Luis Palacios Bañuelos es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Rey Juan Carlos. Sus últimos libros son El franquismo ordinario (Astorga, Akrón, 2012) y ¿Por qué llega la Segunda República y hacia dónde va? (Madrid, Dilex, 2015).

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