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La antítesis de nuestros gobernantes: Solón de Atenas


El descubrimiento de la política: Solón de Atenas
Salvador Rus Rufino y Francisco Arenas-Dolz
Tecnos, Madrid, 2022

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La terrible pandemia que hemos sufrido durante más de dos años no ha sido desgracia suficiente para lograr el trabajo conjunto de los representantes públicos. Los partidos han mantenido sus desavenencias, se han reprochado con oportunismo cada dato negativo y regresado a sus peores modos en cuanto el foco de la opinión pública se lo permitía, sin contemplaciones ni consideración al duelo de la sociedad española.

El afán del poder por el poder es tan evidente que resulta obsceno. ¿Imaginan ustedes hoy en España un político que renunciara a su mandato antes del término, pidiera más controles para no incurrir en abusos, se abstuviera de llegar hasta donde encontrara freno y pactara todo con sus oponentes? ¿Alguna vez han pensado que la función de quien gobierna debería ser poner de acuerdo intereses contrapuestos, buscar el consenso y no imponer su propio criterio?

Hay que recordar que esto fue así en otro tiempo y lugar. Aunque ahora tampoco pase por su mejor momento, la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica, por ejemplo, se inspiró en los modelos emblemáticos de la Antigüedad. Sus autores, que admiraban las obras de la Escuela de Salamanca, tuvieron muy presentes las reformas atenienses de Solón, quizás el más prudente de los legisladores en la historia de Occidente.

Entre Dracón y Pisístrato, un legislador implacable y cruel el primero, un tirano el segundo, Solón es recordado por ser el hombre bueno, dialogante y coordinador de intereses. Aquel que nunca hubiera incurrido en las actuales trapacerías sobre los nombramientos escorados o las decisiones sesgadas para favorecer al copartidario (o perjudicar al adversario porque sí). Antes y después de él, otros peores se conocieron, pero su figura nos demuestra al menos que sí, se dan casos admirables.

La modernidad aspiró a emular este ideal, sin lograrlo. Pocos próceres del mundo contemporáneo se acercan al ateniense en su sentido de moderación, de comedimiento y prudencia. La lucha por la cuota de autoridad es desde la Revolución Francesa el pan nuestro de cada día de la política. A veces las circunstancias propician o imponen el diálogo –cuando la situación es insostenible, gravísima-, mientras casi siempre se esquiva el acuerdo al preferir ganar por un voto una reforma de alcance, en lugar de pactarla.

El estilo poético de Solón aproxima la forma al contenido. No son precisos tratados sesudos ni gruesos para decir lo esencial, expresar el sentido común. Los versos rescatados reflejan el pensamiento del salvador de Atenas, quien empleó un género divulgativo y retentivo para comunicar con eficacia su propósito y propuesta. Tal capacidad literaria es por cierto signo distintivo de otros políticos más próximos en el tiempo, igual de memorables por su lucidez mental y comunicativa.

Así, con su elocuencia y audacia sorteó la amenaza de muerte por proponer salvar Salamina, instauró la Eunomía y reivindicó la virtud frente a la codicia o el poder, la libertad contra la tiranía y la esclavitud, la justicia como equilibro ante desigualdades exageradas y perturbadoras de la tranquilidad social. La isonomía y la igualdad ante la Ley en la clave definitoria de lo que hoy llamamos Estado de Derecho.

Un asombroso club de admiradores acredita la altura intelectual del legislador de Atenas: de Plutarco a Montaigne, de Grocio a Gracián, de Vico a Montesquieu (y Rousseau), de Jefferson a Foucault, tras miles de años los más brillantes filósofos señalan al sabio como referencia. Las raíces de nuestra civilización son trazables, al fin, más allá de las ideologías y las metodologías. Nadie se atreve a cuestionarlo, lo que cada vez puede decirse de menos pensadores.

La imagen de Solón pintada por Pedro Berruguete bien podría adornar las clásicas páginas de Plutarco sobre su figura, cuya recuperación es tan conveniente. Por eso recomiendo el libro El descubrimiento de la política: Solón de Atenas, escrito por Salvador Rus Rufino y Francisco Arenas-Dolz, un maravilloso texto para idealizar el arquetipo del buen gobierno. Más de dos mil seiscientos años después de su época y circunstancias, el mensaje de Solón sigue aún vigente.

Un constante afán de unir a los ciudadanos imbuía todo su gobierno, basado en la Polis como estructura política fundamental. La ciudad y sus gentes como actores de su destino, no al albur de los dioses, sino de su propia capacidad de cooperación. Según explican los autores, esta desacralización de la acción colectiva sería otra de las sobresalientes aportaciones de su estilo, tan moderno.

Un apartado del capítulo tercero merece ser leído y releído, en su título y contenido: «Los intereses contrapuestos arruinan la Polis». Los desequilibrios, desavenencias extremas y la polarización socavarán nuestra vida en común, así que la labor del gobernante ha de consistir en acercar posturas, conciliar preferencias y evitar con todos los medios a su alcance la fragmentación de la sociedad.

También ha de preocuparse por procurar la Justicia y el buen orden. Las leyes de Solón inspiraron las XII tablas de los romanos. El buen gobierno de las normas públicas e iguales para todos amaina el rechazo frente a la arbitrariedad. Una descripción completa de este proyecto normativo convierte el libro en un manual para legisladores, a quienes también aconseja practicar la virtud, sin pensar en enriquecerse.

La herencia de Solón incluye toda una teoría política, muy útil en momentos de grave incertidumbre. Así lo señalan los autores al concluir su obra: «Solón fue considerado por los griegos un referente para superar momentos difíciles y situaciones críticas, constituyó un modelo de hombre de Estado y marcó un estilo para los gobernantes posteriores, que vieron en él una forma adecuada de conducir los asuntos públicos, realizar reformas y aunar a los ciudadanos en un proyecto humano, social y político común y compartido». La lectura del libro de Rus y Arenas-Dolz gratifica por fluida y educadora, aunque al fin produce cierta frustración. ¿Dónde podríamos encontrar otros solones?

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