Nacionalismo andaluz: cómo y cuándo


Historia de los orígenes del andalucismo. El Centro Andaluz de Sevilla
Jesús Vergara
Córdoba, Almuzara, 2014
272 págs. 25 €

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El movimiento regionalista andaluz tuvo sus orígenes, como el resto de los movimientos regionalistas, en el último tercio del siglo XIX. La razón de su aparición no es otra que la actitud de firme oposición surgida frente al fuerte centralismo uniformador que había impuesto el sistema liberal. A esto había que unirle las corrientes que habían penetrado con el Romanticismo sobre la identidad de los pueblos que basaban su personalidad en la existencia de una historia común, una lengua y una cultura propias, y algunas dosis del federalismo difundido durante la Primera República. Así como otros movimientos regionalistas consiguieron un sólido arraigo entre la población, el andalucismo adoleció de una notable debilidad desde su nacimiento. Se han publicado hasta ahora muchos estudios sobre la trayectoria del andalucismo, pero uno de los aspectos que menos atención había sucitado es el papel que desempeñaron en su difusión los Centros Andaluces y especialmente el Centro Andaluz de Sevilla. La obra del joven investigador Jesús Vergara, que obtuvo el XXIV Premio Memorial Blas Infante, se centra precisamente en el estudio de estas organizaciones dedicadas a la articulación política del andalucismo. El libro se divide en tres partes: la primera, que sirve como introducción, se refiere a los origenes históricos del andalucismo; la segunda trata del Centro Andaluz de Sevilla y, por último, la tercera analiza la etapa sevillana de la revista Andalucía.

Las primeras páginas del libro están dedicadas a explicar el nacimiento de la corriente andalucista, con una labor de síntesis que recoge las aportaciones que se han realizado hasta la fecha por parte de algunos historiadores. Hay autores que prefieren situar el nacimiento del andalucismo en las revueltas que se produjeron en 1835 y que dieron lugar a la formación de unas Juntas, que en Andalucía se organizaron en torno a una Junta Suprema de Andújar. Esta Junta fue nombrada con la misión de representar a la región en las negociaciones con el Gobierno central, respaldada por un ejército propio. Sus planteamientos de carácter regional-federal han hecho que algunos vean en estos sucesos el nacimiento de una vaga conciencia andaluza y el precedente de un movimiento que se concretaría más adelante. Las juntas fueron disueltas por Mendizábal sin que esta corriente llegara a cuajar del todo. De todas formas, el autor de este libro prefiere situar los primeros síntomas del andalucismo en la labor de José María Tubino al frente del diario La Andalucía, con la creación de una Unión Andaluza para que los parlamentarios de la región defendiesen los intereses colectivos de los andaluces.

Durante la Primera República se registró de nuevo un movimiento federalista que derivó hacia el cantonalismo, y fue precisamente en esos años setenta cuando surgiría el primer intento serio por definir esa conciencia de identidad regional de los andaluces. Ese intento partió de un grupo de intelectuales, entre los que se encontraba Antonio Machado Núñez y su hijo Antonio Machado Álvarez, «Demófilo», abuelo y padre respectivamente de los poetas Antonio y Manuel Machado. Este grupo se centró en el estudio del folclore y de las raíces culturales de Andalucía. Su labor dio como fruto la creación del Ateneo de Sevilla, fundado por el catedrático catalán Manuel Sales y Ferré; la aparición de las revistas Folklore Andaluz y Folklore Bético-extremeño; y la publicación de la primera Historia General de Andalucía, obra de Joaquín Guichot. Ahora bien, esta era una corriente cultural, que tampoco fue capaz de llegar a un regionalismo político porque tampoco era propósito de sus impulsores articularse en un partido ni conectar con el movimiento federalista ya existente. No obstante, el autor de esta obra destaca la labor del Ateneo en la difusión del naciente andalucismo a través de los Juegos Florales, de la creación de la publicación Bética. Revista Ilustrada y de otras actividades hasta que se produce el despego de la institución del debate regionalista.

Destaca Javier Vergara el año 1882, en que se celebró la primera asamblea del Partido Federal y en la que se aprobó la redacción de unos códigos constitucionales para cada región española. Al año siguiente, el periódico malagueño El Defensor del Pueblo pidió la convocatoria de una reunión federal en Antequera para acordar la Constitución de la región andaluza. De esa reunión salió la llamada «Constitución de Antequera». En realidad, se trataba de una mezcla de federalismo y regionalismo, que sería la postura mantenida por los grupos intelectuales que intentaban dar un contenido cultural a la corriente andalucista.

La crisis desencadenada por la guerra colonial y el Desastre de 1898 provocó una reacción que potenciaría el regeneracionismo, por una parte, y los regionalismos periféricos, por otra. El regeneracionismo pretendía modernizar España mediante la atención a la educación y al desarrollo económico y social, desterrando las lacras que habían mantenido al país aferrado a su pasado. Los regionalismos reforzaron su propuesta para sacar a España de su atraso desde la vitalidad de los territorios periféricos. En este sentido, el andalucismo apareció como un movimiento regenerador, puesto que su propósito era redimir primero a Andalucía para salvar después a España desde sus regiones. Pero ese impulso, que fue protagonizado en Cataluña y en el País Vasco por la burguesía comercial e industrial, no tuvo en Andalucía un apoyo similar. La burguesía andaluza, de composición fundamentalmente agraria, tenía sus intereses muy vinculados al poder central y se desentendió del movimiento andalucista. Eso explica, en buena medida, la escasa fuerza que tuvo en Andalucía el impulso regionalista.

Por consiguiente, puede afirmarse que la corriente del regeneracionismo, junto con las dosis de federalismo procedentes de la «Constitución de Antequera» contribuyeron a configurar el andalucismo histórico a comienzos del siglo XX. La figura que supo aglutinar estas ideas y que pilotó el movimiento andalucista durante el primer tercio el siglo xx fue Blas Infante. Calificado como «Padre de la patria andaluza», Blas Infante había nacido en 1885 en Casares y ejercía de notario en Cantillana. Entró en contacto con el grupo formado en torno al Ateneo de Sevilla y asistió al Primer Congreso Mundial Fisiócrata celebrado en Ronda en 1913, donde se impregnó de las ideas del norteamericano Henry George, que preconizaba la atención a la tierra como base de la economía. En 1915 publicó Ideal Andaluz, una obra en la que exponía los fundamentos ideológicos del movimiento andalucista. Mediante el desarrollo de las potencialidades de los andaluces, y fortaleciendo la vida económica con la adecuada distribución de la tierra, se levantaría a Andalucía y, con ella, a España. Publicó otras obras, entre las que destaca Motamid, último rey de Sevilla, con la que quiso poner de manifiesto la vinculación de la personalidad andaluza con su pasado islámico.

Una vez planteado el marco teórico del andalucismo, Blas Infante puso su esfuerzo en la creación de los Centros Andaluces, cuestión a la que Jesús Vergara dedica la segunda parte, y la más sustancial, de su libro. Se refiere a la creación del Centro Andaluz de Sevilla en 1915 y analiza detalladamente el Manifiesto que se publicó a continuación, así como el reglamento que lo acompañaba. También realiza el autor un acercamiento a la composición social de los miembros que formaban parte de estos centros para constatar su extracción pequeñoburguesa que ya habían señalado otros autores como Alfonso Braojos. Otro punto que centra la atención de este estudio es la relación del Centro Andaluz con los distintos partidos que desarrollaban su actividad política en los conflictivos años del llamado «Trienio bolchevique» en la capital hispalense hasta el advenimiento de la dictadura del General Primo de Rivera. Esta etapa, que se inicia en 1923, supuso la práctica desaparición de los Centros Andaluces, aunque el andalucismo sobrevivió para recomponerse durante la Segunda República. Blas Infante se retiró momentáneamente de la vida política activa. Permutó su notaría por la de Isla Cristina en Huelva y se dedicó al ejercicio de su profesión, así como a la lectura y el estudio del pasado andaluz. Fruto de estos años de reflexión fueron obras como Fundamentos de Andalucía.

Por último, la tercera parte de este libro, también muy estimable, se centra en el análisis más completo que se haya realizado hasta el momento de la revista Andalucía, órgano de expresión del Centro Andaluz, cuya colección completa, tanto de su etapa sevillana como de su etapa cordobesa, ha consultado el autor en el Legado Guichot del Archivo Histórico de la Universidad de Sevilla. Su análisis le ha permitido localizar a los colaboradores de la revista, así como sus contenidos, y le han proporcionado interesantes datos sobre las actividades de los Centros Andaluces existentes. Las últimas páginas del libro incluyen una serie de anexos con diversos documentos, así como una colección de fotografías, entre las que pueden encontrarse los retratos de algunos de los impulsores el Centro Andaluz y la reproducción de varias páginas significativas de la prensa de la época.

En suma, se trata de una aportación muy meritoria al tema del andalucismo histórico, bien documentada y con una amplia apoyatura bibliográfica, pero en la que se echa en falta una mayor fluidez en la redacción y en el desarrollo de las distintas cuestiones abordadas, algo explicable, sin duda, por la todavía escasa experiencia investigadora de su autor, al tratarse en sus orígenes de un trabajo realizado dentro de los estudios de Tercer Ciclo que llevó a cabo en el año 2011 en la Universidad de Sevilla.

Rafael Sánchez Mantero es catedrático emérito de Historia de España Moderna y Contemporánea en la Universidad de Sevilla.

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