MARLEEN GORRIS Mrs. Dalloway

Mrs. Dalloway

MARLEEN GORRIS

La película Mrs. Dalloway está distribuida por Altafilms.

De un tiempo a esta parte está adquiriendo características de filón cinematográfico la adaptación de sólidas novelas anglosajonas que permiten lucir la decoración de la época. Los dos extremos serían Jane Austen y –tras este film que comentamos-Virginia Woolf, es decir, del siglo XVIII al período de entreguerras. Hay que decir que el caso de Jane Austen tiene sentido en la medida en que toda la escritura de Austen está basada en la observación, lo que otorga a gestos, ademanes y escenas un valor primordial que el cine bien puede aprovechar, pues de lo que se trata es de penetrar en el interior de las personas a través de su exterioridad. Otra cosa será que la penetración, sensibilidad e inteligencia de una mirada como la de Jane Austen encuentre su equivalente en el cine.

Pero la cosa se complica un poco cuando lo que se adapta es una novela escrita en tiempo interior, no en tiempo exterior. Llamo tiempo exterior al propio de la realidad circundante e interior, naturalmente, al del yo del sujeto. El cine, que yo haya visto, no puede expresar la interioridad del ser humano desde el interior, desde los movimientos internos de la mente y de la conciencia. Esa es una propiedad del lenguaje, no de la imagen. En consecuencia, deberá adaptar el libro a otro lenguaje, lo que podríamos llamar un trasplante de médula o algo semejante. El problema es que la adaptación del tiempo interior al tiempo exterior requiere un talento extraordinario para evitar el rechazo, pues son dos cuerpos bien distintos. Sin embargo, a juzgar por la alegría con que se lanza la gente a adaptar novelas de, por ejemplo, Henry James –es el descubrimiento más reciente de esta moda– parece que basta con un programa de ordenador para llevar a cabo tan delicada operación.

Las novelas que dan mejor resultado en cine son aquellas que parecen un guión de cine; perdón por la perogrullada, pero creo que conviene recordarlo a la vista de lo que está sucediendo. El esfuerzo de Henry James incorporando a la novela la voz del narrador como un problema más de la narración se volatiliza de inmediato en el cine y convierte sus historias en la narración firme, autoritaria e indubitada de una cámara. La pregunta es: ¿tan interesantes son las historias de James como tales –en tanto que argumentos, digámoslo a las claras– como para lanzarse a adaptarlo con denuedo? En absoluto. El interés de las novelas de James comienza a partir de su descubrimiento del punto de vista, que es, como su propia enunciación indica, subjetivo a más no poder. ¿Qué es lo que tienta, entonces, al guionista, director o productor? No puedo llegar más que a una conclusión: lo que sus novelas tienen de carácter costumbrista. Resultado: que son costumbristas Edith Wharton y E. M. Forster, pero no lo son Henry James o Virginia Woolf. Los dos primeros autores no se plantean, ni de lejos, los problemas de expresión, estructura y artificio literarios que se plantean y resuelven los segundos. Los primeros pertenecen a la tradición, los segundos a la innovación. Sin embargo, todos son confundidos y revueltos por el cine. ¿Por qué? Por lo que decía antes: sus novelas transcurren en ambientes que hoy resultan muy decorativos. Y mientras el ambiente sea decorativo, da lo mismo todo.

Entonces, lo que sucede es que se nos cuentan unas historias llenas de personajes de cartón piedra; tan de cartón piedra que se apela a actores probados para que puedan sostenerlos. En la historia de Mrs. Dalloway, todo lo que sucede es la percepción que los personajes tienen de lo que sucede. Pues bien, esa percepción, ese tamiz interior, ha desaparecido de la película y queda, simplemente, lo que sucede. Y ¿qué es lo que sucede? Pues nada especialmente interesante. Lo interesante en la novela de Woolf es cómo perciben los distintos personajes lo que sucede. Ahí es donde lo genérico –el ambiente– se convierte en singular –las personas, la visión de esas personas–. Eso, el cine no ha conseguido contarlo hasta ahora desde esa posición y dudo que lo consiga por el momento por una razón fundamental: porque las palabras son equívocas y las imágenes son unívocas. Todo lo más que he visto ha sido el socorrido recurso de ilustrar un sueño o rememorar una escena del pasado (hay resultados muy buenos; en Hitchcock, por ejemplo); pero no nos engañemos: esa escena rememorada no la cuenta el personaje, la cuenta la cámara. La función del narrador en la literatura, a partir de Henry James, marca la divisoria entre dos artes en que parecía que uno de ellos, el cine, se iba a comer al otro, la novela.

Lo único ingenioso de Mrs. Dalloway es el juego paralelo entre Dalloway joven y Dalloway madura. No está del todo conseguido, pero del contraste de ambos surge, o pudo surgir, un «algo más» que sobrepasara la mera ilustración de una historia cuya importancia no está ni en el argumento ni en la decoración.

Se me reprochará que parezca estar defendiendo la superioridad de la novela sobre el cine, pero nada es menos cierto. Defiendo la autonomía de cada una de esas artes, y la defiendo ante el uso absurdo, paleto y mercantilista con que se está difuminando una en otra sin beneficio (artístico, se entiende) para ninguna de las dos. Y es más, defiendo al cine como cinéfilo empedernido donde otros se empeñan en tratarlo como a esa criatura delicada a la que hay que ayudar, proteger y rodear constantemente para que no se enfríe. Al cine, señores, lo que es del cine.

Ficha técnica

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