De espaldas a nosotros
MIGUEL BERMEJO

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Múltiples son los ecos que acuden al lector tras una lectura pausada de De espaldas a nosotros, primera novela del escritor zamorano Miguel Bermejo (1952); y, al tiempo que múltiples, sabiamente espigados, pues que su prosa de tintes líricos, unida al dibujo de un mundo en extinción, nos trae a las mientes Luna de lobos o La lluviaamarilla, de Julio Llamazares; el tono testimonial, nunca ajeno a un estilo pausado, en torno a la Guerra Civil nos acerca a La buena letra, de Rafael Chirbes, y, en fin, esa voz narradora –no sabemos si viva o muerta–, empeñada en el recuerdo de seres que no están, nos evoca el obituario que es, a la postre, PedroPáramo, de Juan Rulfo. En efecto, variados y selectos son los posos que se perciben en la trastienda de esta novela corta, cuya deuda contraída con sus maestros no le hace perder –antes al contrario– un ápice de interés.

Bermejo se propone en su operaprima retratar la desintegración de una familia a partir del testimonio de uno de sus integrantes –Toño–, que ha asistido a este lento pero irreparable proceso durante su infancia y primera adolescencia. Y es precisamente en la adopción de esta voz narradora donde reside la principal virtud de la novela: en primer término, porque el narrador, si bien es ya hombre maduro que escribe sobre sus experiencias familiares a modo de catarsis, juega con una doble perspectiva –de un lado, la mirada desencantada propia de su edad, de otro la inocente de cuando sufrió los hechos que relata– que aleja la narración de cualquier atisbo de tremendismo y sensiblería. En segunda instancia, porque de dicha voz narradora, neutra y atemporal, parte la selección de retazos que sirve para recrear la vida de la familia de Mauricio el hojalatero, obligada, tras la experiencia de la guerra, a padecer el hambre, la miseria, la mendicidad e, incluso, la prostitución. Una voz narradora, en definitiva, que dispone la materia argumental de una forma anárquica, como reflejo de una mente si no enferma, sí al menos hastiada, víctima de una existencia marcada por la incapacidad perpetua para la felicidad.

De esta disposición un tanto caótica e impresionista del relato deriva, en buena medida, la entidad de los personajes que lo nutren, seres fantasmagóricos cuya adscripción a la realidad tangible resulta siempre difusa. Esta condición espectral, unida a la visión idealizante de la niñez encarnada en Toño, reviste a estos personajes de un halo simbólico que trasciende la propia anécdota argumental de la novela. Así las cosas, la caída del padre en la más inmisericorde de las locuras, la obligada prostitución de la madre, la huida cobarde de los hijos… se yerguen, más allá de la coherencia interna de la novela, en testimonios sangrantes de las mil y una familias que, como la de Mauricio, hubieron de padecer los escarnios de la posguerra.

De espaldas a nosotros constituye, pues, una apuesta arriesgada, entre la novela lírica y testimonial, encomiable por cuanto alejada de las modas narrativas al uso, y que revela la contundencia de una voz novel en nuestras letras, tan solo intuida hasta ahora en pequeños relatos de escasa repercusión. Es de esperar que, en sucesivas ocasiones, los ecos de los que hablábamos al principio se disuelvan levemente para que su presencia resuene sin evidenciarse, y que, en la misma línea, la prosa de Bermejo adquiera más vigor en aspectos tales como los diálogos, un tanto descuidados en favor de las partes más líricas.

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