Las costuras abiertas de la mente

El cuerpo de Cristo

Bea Lema

Bilbao, Astiberri Ediciones, 2023

184 págs.

En 1989, cuando ya llevaba dos años ingresado en el Psiquiátrico de Mondragón, Leopoldo María Panero defendió la esquizofrenia que lo condujo a pasar el resto de su vida internado. «Los comportamientos de la locura se parecen un poco a los comportamientos mágicos. De alguna manera, hay una unión entre la mentalidad prelógica y la locura. Es otro tipo de razonamiento». Para Panero, aunque la locura a veces le pareciera un vía crucis, el calvario de la esquizofrenia también lo inspiraba, hasta admitir que tenía «miedo de curarme, porque esa es la muerte de verdad». La cordura, para el poeta, era la pérdida de sí mismo.

Aunque sus repetidas fugas de los psiquiátricos —al menos cuatro entre 1983 y 1997— hacen evidente cuánto los temía Panero, curarse tampoco era tan fácil. Aún menos cuando el trastorno en cuestión es la esquizofrenia. Como una de las enfermedades mentales más incapacitantes, se la conoce por los delirios y las severas alucinaciones que la acompañan. En España, donde afecta a unas 400.000 personas, la esquizofrenia está fuertemente conectada con la pobreza, bien como causa o bien como consecuencia. Quienes la padecen tienen una esperanza de vida marcadamente menor que la población general. Al margen de un supuesto vínculo genético, la causa de la enfermedad es aún desconocida. Esa incógnita Panero la conocía bien, como demuestra en su poema «El loco mirando desde la puerta del jardín», compuesto durante una de sus muchas estancias en Mondragón: «A nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada / de demonio o de Dios debo mi ruina».

La cuestión de qué provoca la esquizofrenia se plasma intensamente en la primera novela gráfica de Bea Lema, El Cuerpo de Cristo (2023), ganadora del Premio Nacional del Cómic (2024). Publicada primero en gallego (O Corpo de Cristo, 2018) y en francés (Des maux à dire, 2023), la obra de Lema es un drama familiar de corte autobiográfico que explora cómo esta enfermedad desgarra los lazos más cercanos. Se centra en Adela Aldán Salgueiro, ama de casa y costurera que padece el trastorno desde los 30 años. Como se detalla en los informes médicos que acompañan el relato, los delirios intermitentes de Adela le provocan una brutal paranoia que la reduce a presa de su propia mente.  

Adela no está sola en esto. Tras el fallecimiento de su madre de cáncer de mama, por ejemplo, Panero sostuvo que ella había sido asesinada. «Tal vez estoy paranoico», afirmó en una entrevista desde Mondragón en 1992, «pero sospecho que no lo estoy y que la estrangularon de verdad». Es la paranoia lo que conduce tanto a Panero, persona real, como a Adela, personaje de ficción, a temer «al Último Espejo / donde una mujer abrazada a tu esqueleto nos muestra / cara a cara el infierno de los ojos sellados», como escribió él en el poema homónimo «El último espejo». En el caso de Adela, sus paranoias están entretejidas con la tradición gallega de la meiga y las creencias religiosas; así, Lema representa los síntomas de esta extraña enfermedad a través del lenguaje del catolicismo y del folclore gallego.

A raíz de estas visiones y posesiones surgen las desconfianzas, que no tardan en convertir a la protagonista de El cuerpo de Cristo también en su antagonista. Con esta bipolaridad siempre presente, Lema hurga en la herida del aislamiento, el desamparo y la precariedad que sobrellevan Adela y, sobre todo, sus seres queridos, a causa de su enfermedad. A diferencia de otras novelas gráficas españolas recientes que se abordan las discapacidades (ya sean físicas o mentales) desde el punto de vista de un padre —como Todas las mañanas o Una posibilidad— el trastorno de Adela se narra desde la perspectiva de su hija pequeña Vera, trasunto de Lema, quien tiene unos cuatro años al comienzo de la historia. Mientras Vera crece en la pujante A Coruña de la Transición, la locura de Adela se mantiene como la única constante en su vida.

A pesar de los altibajos de la enfermedad, la relación estrecha que logran mantener madre e hija permite conocer a Adela más allá del informe médico, más allá de su «cuadro celotípico… [con] marcada tendencia paranoica». El amor que siente Vera por su madre la revela como víctima del machismo y la pobreza a gran escala que florecían después de la Guerra Civil. El nacimiento de Adela, en 1946, la convierte en símbolo de todo lo que dejó atrás el franquismo con la forja de su España una, grande y libre. Y la crudeza con la que Lema traza su historia —que es también la de toda la generación de posguerra, llena de hambrunas y violencias— evita que las obsesiones de Adela la conviertan en la Yermao en la Bernarda Alba lorquianas.

A su vez, la exploración de los vínculos familiares da a Lema la oportunidad de indagar en la génesis probable de la esquizofrenia de Adela. «Segunda de siete hermanos, la patología familiar es extensa, desde un probable delirio religioso-mesiánico, hasta personalidades especiales y bebedores importantes cuando no alcohólicos, sobre todo por la rama paterna», se explica en los informes médicos. Para muchos de los afectados, el trauma familiar puede ser el detonante del desarrollo de la esquizofrenia. El padre de Panero, el afamado poeta Leopoldo Panero Torbado, pegaba brutalmente a su hijo para evitar que su tocayo saliera «maricón». Igualmente, un trato violento pudo haber sido la causa de la enfermedad de Adela. Cuando las hebras de la locura y la historia se enredan, resulta casi imposible desenmarañarlas.

Y son muchos los hilos que faltan por desenmarañar en El cuerpo de Cristo. Entre las ilustraciones de Lema hechas con acuarela y rotulador irrumpen unos bordados tan inesperados como impresionantes. Son tan vívidos, con una tactilidad que salta a la vista, que hacen difícil tolerar los dibujos que componen la mayor parte del volumen. La decisión de combinar rotuladores de punta gruesa con los de punta fina resulta un poco torpe, más propio de un proyecto de artes plásticas de secundaria que de una narración que hurga en la enfermedad y el trauma familiar. Aunque es de esperar que la ilustración creciera y madurara con Vera, no es así. Quizá una de las mayores dificultades de la novela gráfica es que los dibujos de Lema nunca parecen alcanzar la madurez. En lugar de ello, se ven obstaculizados por la estilización infantil de los personajes y un cromatismo marcado por un exceso de colores primarios.

En cambio, los bordados son un caso aparte. Los más escuetos, de finos hilos negros sobre un paño blanco, se emplean para retratar la austeridad de la juventud de Adela en plena autarquía. Esas escenas de la Galicia rural de la posguerra dan un fuerte contraste con los hilos vibrantes que se cosen para narrar la infancia de Vera. Lema maneja con suma destreza las formas abstractas de tela y paño, creando capas llamativas que, como el hechizo de una meiga, se ven transformadas en distintas escenas. La influencia de la costura impregna también las otras ilustraciones del volumen, convirtiendo algunas de ellas en colchas narrativas al estilo de Faith Ringgold.

Los bordados, a la vez, alimentan la veta autorreferencial que recorre el libro entero. Como la enfermedad, el oficio de coser «se había transmitido en familia de generación en generación» hasta llegar a Adela y, más tarde, a la joven Vera. En ese momento se derrumba la frontera entre Lema y su personaje, gracias a la reivindicación de la costura: una labor femenina siempre menospreciada que aquí se eleva a arte narrativo. Con ello también se revela el punto débil de El cuerpo de Cristo: el aire de cumplimiento de deseos que envuelve el final de la obra.

Vera, ya adulta, lamenta cómo su familia nunca ha «conversado sobre la enfermedad y eso lo empeora todo». Entre otras consecuencias, la falta de comunicación la ha convertido en la cuidadora de Adela de manera obligada y ha truncado en gran parte su vida adulta. Pero, al conversarlo, parece que todo se arregla de una vez. En una novela gráfica de unas 175 páginas, la mejora de Adela se precipita en los últimos 25 folios.

De ahí surge la sensación de cumplimiento de deseos, como si Lema proyectara la esperanza —totalmente entendible, cuando no naíf— de que un trastorno de tal magnitud como la esquizofrenia podría curarse con un poco más de compasión. Con este desenlace, Lema elude una reflexión más profunda sobre una de las preguntas más urgentes del libro: ¿No está la mayor verdad de El cuerpo de Cristo en reconocer que ni el pasado ni la esquizofrenia pueden curarse del todo? Como recordó Panero en «Dead flower to a worm», al final,

Who knows, who knows if you
must move forever through my bones, forever
disbelieving of the dead flowers
falling over you1.

Alison Posey es doctora en Filología Hispánica y profesora universitaria de literatura española en Estados Unidos.

  1. Quién sabe, quién sabe si has de moverte eternamente por mis huesos, desconfiando siempre de las flores muertas que caen sobre ti. ↩︎
Detalle de las ilustraciones bordadas del interior de la novela. Ediciones Astiberri
Detalle de las ilustraciones bordadas del interior de la novela. Ediciones Astiberri

Ficha técnica

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