En 1989, cuando ya llevaba dos años ingresado en el Psiquiátrico de Mondragón, Leopoldo María Panero defendió la esquizofrenia que lo condujo a pasar el resto de su vida internado. «Los comportamientos de la locura se parecen un poco a los comportamientos mágicos. De alguna manera, hay una unión entre la mentalidad prelógica y la locura. Es otro tipo de razonamiento». Para Panero, aunque la locura a veces le pareciera un vía crucis, el calvario de la esquizofrenia también lo inspiraba, hasta admitir que tenía «miedo de curarme, porque esa es la muerte de verdad». La cordura, para el poeta, era la pérdida de sí mismo.
Aunque sus repetidas fugas de los psiquiátricos —al menos cuatro entre 1983 y 1997— hacen evidente cuánto los temía Panero, curarse tampoco era tan fácil. Aún menos cuando el trastorno en cuestión es la esquizofrenia. Como una de las enfermedades mentales más incapacitantes, se la conoce por los delirios y las severas alucinaciones que la acompañan. En España, donde afecta a unas 400.000 personas, la esquizofrenia está fuertemente conectada con la pobreza, bien como causa o bien como consecuencia. Quienes la padecen tienen una esperanza de vida marcadamente menor que la población general. Al margen de un supuesto vínculo genético, la causa de la enfermedad es aún desconocida. Esa incógnita Panero la conocía bien, como demuestra en su poema «El loco mirando desde la puerta del jardín», compuesto durante una de sus muchas estancias en Mondragón: «A nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada / de demonio o de Dios debo mi ruina».






