Pese a la juventud de su autor, El gusano de Luis Carlos Barragán (1988) es una novela ya mítica del nuevo weird latinoamericano. Publicada originalmente en 2018 por la colombiana Ediciones Vestigio, a finales de 2024 veía la luz en España gracias al sello catalán Holobionte, ilustrada por el propio Barragán. Hay una diferencia esencial entre aquello que está de moda en un momento particular y aquello que, de algún modo, resulta atemporal o, afinando más, intempestivo. Si nos preguntamos el porqué, encontramos algunos temas que nos abruman (cuidados, ecología, inteligencia artificial, poshumanismo, lo queer, etc.); sin embargo, en pocas ocasiones las obras de nuestro tiempo los interrogan y se urden con ellos, sino que terminan por conformarse con la mera descripción, tratando de demostrar que se hallan à la page. Al contrario, y a pesar de cierto proceder errático en la narración, El gusano no se resguarda en la moda de su época, sino que muestra una vocación de transformarla al romper con algunos de los consensos de pensamiento a través de novedosas maneras de ver el mundo (pienso en el descentramiento de lo humano, en el peculiar cuestionamiento del género que esgrime o en la sustitución de lo háptico por lo óptico ―casi un vaticinio―).
Así, entre la ciencia ficción, el horror corporal y la denuncia política, esta obra dibuja una realidad privada de contacto físico, donde los cuerpos se mezclan con solo tocarse: el roce con otro ser provoca un baile de órganos (leemos, por ejemplo, esta sensación en la p. 14: «fue como restregar mi hígado contra tu páncreas»), un intercambio de partes, una partición de la psique. A este proceso se lo conoce como «la fusión». En esta distopía, seguimos a César, el protagonista, desde su abrazo simbiótico en el jardín de infancia con una niña llamada Sara Ahmed (seguramente, dada la preocupación afectiva que atraviesa el libro, la elección del nombre no sea casual), pasando por los conflictos políticos y sus violencias en Colombia o Siria, leídos a la luz de esta normalidad sobrevenida, hasta alcanzar un estudio casi forense de las relaciones humanas. En el momento en que se produce el contacto, decíamos, ambos seres intercambian elementos físicos y notas de carácter, en una imagen parecida a las peleas de los dibujos animados, donde los personajes se hacen una bola de color carne que gira: hombres con pequeñas vaginas en el perineo; guerrilleros de las FARC emplumados capaces de disgregarse en una bandada de golondrinas; un barco lleno de inmigrantes que, en las costas griegas, termina en el fondo del mar para alumbrar un gigante ―una constelación de todos esos cuerpos y pescados y otros seres marinos―; dealers que recetan gusanos farmacológico-alucinógenos; hamburguesas que pueden haber tomado conciencia de sí mismas para entrar en esta economía de la carne; etcétera. Y es que, por usar unas palabras de la filósofa Karen Barad, «suceden muchísimas cosas en el tocar: una infinidad de otros (otros seres, otros espacios, otros tiempos) son despertados»Karen Barad, Cuestión de materia. Trans/Materia/Realidades y performatividad queer de la naturaleza, Barcelona, Holobionte, 2023, p. 29..
Lo que de ahí sale son monstruos, al menos en el sentido que les da Donna Haraway: una figura simbólica que representa la hibridación, la transgresión y la posibilidad de nuevas formas de existencia; una metáfora, entonces, para desafiar las categorías rígidas de naturaleza, tecnología y, sobre todo, de identidad. ¿Cómo justificar, en esta fantasía barraganiana, su continuidad ―tanto numérica como cualitativa― a lo largo del tiempo? ¿Cómo hablar de «yo» si tras la fusión he extraviado mi condición sexual, mi género, mi fecha de nacimiento, mi nombre, mi lengua materna, mi color de ojos, mi muerte (pues, incluso, puedo morir por absorción)? Habitan el Dysphoria mundi de Paul B. Preciado de manera literal. Recuerdo el celebrado experimento de pensamiento de Derek Parfit en una de sus versiones: imaginemos que vivimos en una sociedad que ha inventado un potente aparato capaz de llevarnos a Marte sin necesidad de pasar larguísimos meses en una nave espacial. La técnica consistiría en introducirnos en un escáner que registra con exactitud los estados de todas mis células. Por radio, envía esa información a la máquina de Marte que, a partir de materia ajena, recompone mi cerebro y mi cuerpo de manera exacta a como se daba en la Tierra, de tal suerte que el individuo se duplica: el ejemplar original puede hablar con su correlato marciano. ¿Y ahora? ¿Dónde se ubica el yo a consecuencia de esta línea secundaria? Esta paradoja hace que en el texto de Barragán se creen grupúsculos dedicados a la restitución de identidades, esto es, a matar a aquellas personas que poseen trozos míos en un intento de unificarme y conseguir el balance al evitar que las partes diseminadas tiendan a encontrarse. ¿Y qué es el balance? Una nostalgia ínsita a los cuerpos de los sujetos fusionados que no pueden evitar buscarse, interceder mutuamente en los sueños y obsesionarse el uno por el otro, con la vocación del porvenir andrógino de Aristófanes en un universo que intenta «borrar los abrazos, los besos, las caricias, el sexo, los bailes demasiado pegados y el amor» (p. 86).
Esta perturbación socava la capacidad de dormir en las entidades fusionadas: una plaga de insomnio está suelta; ¿no lo está de veras hoy que las horas escasean al mismo ritmo que el cansancio crece, que el capital se introyecta en nuestros sueños y hace de ellos auténticas pesadillas de estrés y bruxismo? Y es que la novela anticipa toda una colección de futuros inciertos (sí, también la pandemia del 2020). En esta política del insomnio, los seres humanos deben medicarse/drogarse para poder dormir y para poder despertar. Una distopía triste, un weird azul con sus propias promesas de salvación, cómo no, vehiculadas por sectas con una nueva escatología: debido a las fusiones, nos estamos convirtiendo en un solo organismo. El fin del mundoPor ejemplo: «Los vaporwavers creen que el Dios de la Fusión ha comenzado la primera fase de la instrumentalización humana. Si crees en Jesús y el Apocalipsis te va a quedar fácil pensar que nos estamos convirtiendo en un solo organismo. El cordero. […] Cuando nos hayamos convertido en ese enorme ser vivo, Jesús vendrá y se desposará con ese organismo, Jesús follará con esa criatura. ¿Has escuchado eso? Se llama Las Bodas del Cordero. La Iglesia y Cristo se follan mutuamente. Se unen a la divinidad» (pp. 92 y 93).. ¿Y qué ocurriría si esa aglomeración de cuerpos, esa tendencia imparable, ejerciera una anamnesis de la génesis para dar con el gusano, esa forma primitiva o basal en varios grupos animales que terminara por ser su forma final o conclusiva? ¿Y si eso cerrara el tiempo que nos es propio con el portazo de un gran retorno? Dicho de otro modo: ¿y si el escape, lo que Ulrich Horstmann ha denominado «la condición antropófuga del hombre», consistiera en recomenzar aunque sin abolir la Aufhebung? Así, El gusano es una novela que reflexiona lo posgénero, lo posracial y lo poshumano, y que invita a la pregunta: ¿cómo renegociar aquello que (ya no) somos (léase: una subjetividad integral, un sujeto moderno, un individuo)? Tal vez, el escenario resulte terrorífico, pero no es una obra de terror, y es que el weird barraganiano difiere de la narrativa de terror tradicional en su método, el cual, por decirlo con Mark Fisher, en lugar de enfrentar lo exterior desde lo interior, opera en sentido inverso: su mirada adopta la perspectiva exterior para mirar el interior.
Óscar Díaz (Langreo, Asturias, 1997) es profesor e investigador predoctoral en el Departamento de Filosofía y Sociedad de la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros de poemas En el principio era América (La Isla de Siltolá, 2020), La exacta fantasía (La Isla de Siltolá, 2023) y Limosna para casar doncellas huérfanas (Maclein y Parker, 2024). Ejerce la crítica literaria en diversos medios.










