En 1936, al comenzar la guerra civil española, Virginia Woolf describió el efecto visceral que le producían las fotografías de las víctimas. El fotoperiodismo, entonces en su infancia, se perfilaba como una herramienta prometedora para el gobierno republicano, que no tardó en enviar imágenes de las atrocidades bélicas nacionales a la prensa internacional. Para Woolf, «cuando las miramos, algo se funde en nuestro interior; por distintas que sean nuestras formaciones, nuestras tradiciones, las sensaciones son las mismas; y son violentas». La escritora inglesa entendió de inmediato el poder de la imagen como instrumento. Su esperanza era que la simpatía colectiva provocada al contemplar los cuerpos destrozados de las víctimas movilizara a hombres y mujeres hacia la causa pacifista. «Qué esencial