Se conoce que de las muchas acepciones e interpretaciones que puede suscitar la escritura de la poesía, y ya solamente la propia palabra «poeta», está la de intentar organizar con lucidez y clarividencia la desordenada orquesta del mundo. Parece una tarea que escapa a toda comprensión lógica —para quien escribe, en primer lugar—, pero si la obra dejada nos sitúa en ese punto medio que atrapa al lector, por convencerlo y demostrar que no era con motivo de una ambición ególatra y realmente el mundo permite que de él se extraigan las sugestiones y misterios necesarios para explicarnos y explicarse mejor, se habrá conseguido algo tan complicado como es la suma de una visión literaria y la transmisión de la emoción que produce. La poesía, por tanto, continúa siendo la máxima expresión para recoger y destacar de cualquier existencia la acción de su soledad. De una y de otra fluye el pensamiento que, adhiriéndose a las palabras, conforma el ejercicio lírico. En cada uno está la decisión de amoldarlo a su parecer y capacidades.
En el caso que nos concierne, la voz del francés Saint-John Perse es una que surca con portentosa facilidad hemisferios y firmamentos, varias épocas en un mismo tiempo, entre las líneas de una sola página. La reedición en rústica de su Obra poética completa, pues la primera edición de tapa dura se publicó en enero de 2021, devuelve a las librerías su marea lírica, una de las más importantes del pasado siglo XX —premio Nobel incluido, en 1960— y que actualmente mantiene la singularidad de su propuesta. La suya es una obra creada a espaldas de las corrientes y las tendencias. Este marbete puede ser aplicado a muchos otros ejemplos, pero su valía reside únicamente en la resistencia que ha opuesto a esas corrientes y tendencias: no está creada mirándolas de reojo, sino que discurre en paralelo, suficiente en su autonomía. «La poesía no recibe a menudo honores», dijo en la apertura de su discurso del Nobel, pero estos son secundarios si se colocan junto a los versos, que son los que tienen que hablar propiamente de la labor de su autor, aquel que llega para poner «estas bayas amargas en nuestras manos» sin necesidad de corresponder con explicaciones.
La mención de los ámbitos familiar y laboral es obligada si se traza el recorrido de Perse. De nombre real, Marie René Auguste Aléxis Saint-Léger Léger, nació en una pequeña isla antillana, Saint-Léger-à-Feuilles, a finales del siglo XIX. Los orígenes coloniales —su familia era propietaria de plantaciones de azúcar y café— que inicialmente hubieran provisto al autor de una despreocupada vida explotando los cultivos, montando a caballo y demás entretenimientos característicos de su clase social, se vieron truncados con el terremoto que asoló Guadalupe en 1897, diez años después de su nacimiento, signo terrenal pero a la vez providencial de lo que sería su transcurso vital. La familia Saint-Léger Leger tuvo que trasladarse a la ciudad de Pau, en el departamento de los Pirineos atlánticos, donde el joven poeta vivió la inoportuna muerte de su padre, su obligada responsabilidad de erigirse cabeza de familia y, posteriormente, su licenciatura en Derecho, Filosofía y Antropología por la Universidad de Burdeos en 1910. El salto a la edad y los deberes adultos trajeron los primeros contactos e intereses literarios: la amistad con el pintor Odilon Redon, con los poetas Paul Claudel y Valery Larbaud, el trato con Francis Jammes y el novelista André Gide. Su traslado a París le supuso la entrada a los círculos diplomáticos y la edición de su segundo pero primer título relevante, Elogios (1911). Su trayectoria poética se desarrolló mientras ascendía en cargos políticos. Ambos lados encontraron su reflejo en lo que unió poesía y vida: los viajes, el sentirse reiteradamente en los caminos, el paso de la sentimentalidad por la tinta como un «cansado dedo entre las profecías, y luego, fija la mirada en la mar» aguardando el instante para partir de nuevo, «el barlovento que te arrancaría de golpe, como un tifón, dispersando las nubes ante la esperanza de tus propios ojos». Entre los años 1916 y 1921 fue destinado a China. De los viajes por el país y otros del continente asiático vino su libro más conocido, Anábasis (1924), en el que declaró lo que podría sintetizar todo su corpus lírico: «Este es el decurso del mundo y yo no tengo más que alabanza». El regreso a Francia conllevó el ingreso en el Ministerio de Relaciones Exteriores hasta su exilio en 1940, cuando la ocupación nazi y el régimen de Vichy terminaron privándole de la nacionalidad —que le sería restituida tras la Liberación—, el mérito de la Legión de Honor y con la confiscación de sus propiedades y vivienda. Nueva York y Washington D.C. fueron las ciudades de acogida durante su nueva etapa en el exilio, la más fecunda para el poeta a pesar de las vicisitudes. A finales de la década de los 50, dividió sus estancias entre los Estados Unidos y la villa provenzal de Giens, frente al Mediterráneo. Una vez más, el mar sostuvo el horizonte de sus últimos años, los más estables —en comparación— de un viajero que jamás eludió el llamado poético. Murió en 1975. Tres años antes, escribió en Nocturno: «Con su paso de agavilladora se va la vida sin odio ni recompensa».
Toda la poesía de Saint-John Perse es paisaje. Toda la fuerza en su creación y lectura es debida a la alianza de personalidad y espacio abarcable. Como ha quedado indicado varias veces, el exilio fue la circunstancia que atravesó su vida de cabo a rabo, fijando en su esencia literaria la predilección por lo mutable, por las huellas del tiempo que fueron concibiendo la vasta crónica de su poesía. La épica heredada de tradiciones grecolatinas, los versos salmódicos, la gran altura desde la que parece que son enunciados, no impiden que sus libros compaginen esa primeriza sensación de hermetismo verborreico con la coherencia, la vitalidad y lo cristalino volcados en sus poemas. Especialmente los libros Exilio (1942-1945), Vientos (1946) y Mares (1957), pueden considerarse el grueso de su esplendor lírico. «Todo por recomenzar. Todo por volver a decir. ¡Y lo espurio de la mirada sobre todo lo llevado a cabo!», dice en el cuarto poema de Vientos, y entendemos que la humanidad no es más que una serie de figuras colocadas a merced de los elementos, que no es tanto nuestro poder como sociedad, porque un ventarrón, una riada, cualquier imprevisto de turno, cambiarán una belleza por otra y los poemas se llevarán sus linajes y sus frutos por otros derroteros. Aceptar esos vaivenes y las dudas que enarbolan, harán posibles y más duraderas sus impresiones.
Actualmente, la poesía de Saint-John Perse es probable que acepte una lectura de preocupación e índole ecologista. En sus versos, la sucesión de imágenes naturales en movimiento, desde el vocabulario botánico, mineral, biológico, hasta las descripciones hímnicas de los mares y los vientos y la maleabilidad que generan, hacen consciente de la insignificancia y respeto que deberían calar en el carácter lector respecto a su relación con el entorno que lo sustenta, y del que se abusa sin descanso. Sobre toda esa amalgama de palabras y metáforas, emerge la lección que invita a no olvidar lo pasajero y crucial de nuestras acciones, antes de que sea tarde. En Vientos: «El Narrador sube a las murallas entre el frescor de las ruinas y los escombros. La cara pintada para el amor como en las festividades vinícolas… “¡Y apenas disponéis de tiempo para nacer en este instante!”».
Al igual que una vida no es capaz de reposar todos los acontecimientos que el acto de su vivencia dispone, un artículo no puede aglutinar la inmensidad total de la sensibilidad de un autor. Sirva igualmente esta recensión para contagiar el festejo de intensidad, estética y unicidad de la poesía de Saint-John Perse.
Luis Bravo es poeta y escritor.






