Inventar un universo ficcional no es tarea difícil: los niños y los mentirosos lo hacen constantemente. La complejidad radica en que los mecanismos y las leyes —físicas, sociales, geopolíticas, teológicas— de este universo sean capaces de sostener el armazón imaginado, de sujetar narrativamente el paraíso artificial propuesto al lector. Y es este precisamente el gran triunfo de Alberto Laiseca en Los sorias: construir un mundo en el que todo encaja, pero, sobre todo, en el que todo encaja a la manera de Laiseca, que no es cualquier manera.
Durante años, esta monumental obra ha permanecido en los márgenes del circuito editorial, convertida en una suerte de mito literario, una novela de culto que solo unos pocos elegidos pudieron leer en ediciones agotadas o en copias casi clandestinas. Su extensión —cerca de las 1.400 páginas— y su apuesta formal la mantuvieron al margen de las tendencias comerciales, convirtiéndola en una pieza codiciada pero prácticamente inaccesible. Ahora, con la reedición de Los sorias a cargo de la editorial sevillana Barret, se le concede finalmente el lugar que merece dentro del canon literario hispanoamericano, rescatándola de la oscuridad. Con su llegada a librerías se repara una injusticia histórica y se confirma lo que algunos ya sabían, es decir, que Los sorias no es una novela más, sino un artefacto literario de dimensiones descomunales, un texto que expande los límites de la novela en español y que, con el tiempo, se convertirá en un clásico ineludible.
Después de terminar la lectura de este libro, uno puede entender por qué fue condenado al ostracismo. Para adentrarse en esta obra hay que entregarse por completo y, como es lógico, no todo el mundo está dispuesto a ello. Los sorias es una selva —oscura a ratos, profundamente luminosa casi siempre— a la que el lector tiene que entrar machete en mano. Pero, al igual que sucede cuando llegamos a la cima de una montaña que parece inexpugnable, el esfuerzo tiene su recompensa. Con esto no quiero decir que la lectura de la obra magna de Laiseca sea áspera o farragosa. Más bien al contrario. Su inagotable cabalgata de ingenios y su perpetua ironía, presente incluso en los pasajes más amargos, hacen de la lectura de este libro una experiencia deliciosa, en el sentido más glotón y lujurioso de la palabra.
Para darnos cuenta de lo gozoso y rematadamente divertido que es asomarse a las páginas de Los sorias basta tan solo con hacer un breve repaso a su argumento: Soria y la Tecnocracia, dos dictaduras rivales, conviven en un territorio en constante tensión con otros estados, como Chanchín del Norte, Garduña, Musaraña, Protelia, el Califato de Córdoba o una curiosa reinterpretación de la Unión Soviética. Dentro de esta cosmogonía delirante, Laiseca introduce un torrente de elementos que desafían cualquier categorización genérica. En Los sorias encontramos alquimistas, dioses caprichosos, hechiceros, ejércitos estrafalarios, teorías conspirativas casi a la manera de Pynchon y, por supuesto, la personalísima mitología del autor, con criaturas como el Vurro, un humanoide con cabeza de burro y atributos descomunales.
Seguramente la clave interpretativa de la novela recae, precisamente, en el concepto de realismo delirante, acuñado por el propio Laiseca. Para el escritor argentino, la labor narrativa debe partir de la desmesura y de la libertad creativa más absoluta, aunque esto signifique que la verosimilitud de lo narrado pase a un plano secundario. Así pues, Los sorias es un espacio donde la lógica es maleable, donde la historia y la política se deforman hasta la caricatura, pero sin perder jamás su capacidad de operar como dispositivos críticos. Por ejemplo, la reiteración de nombres —en Soria todos los habitantes se apellidan Soria, mientras que en Tecnocracia todos comparten el apellido Iseka— no es un mero juego o artificio, sino un mecanismo de despersonalización que subvierte las nociones clásicas de identidad y poder.
La geopolítica que se despliega en Los sorias es un brillante ejercicio de invención, pero también es una alegoría de la descomposición del orden social. Aquí, los regímenes totalitarios, las teocracias imposibles y las democracias fallidas coexisten en un equilibrio imposible, reflejando con ironía la fragilidad de los sistemas de gobierno. La novela no sólo ofrece respuestas, también nos entrega preguntas: ¿hasta qué punto la historia es una construcción arbitraria? ¿Es posible subvertir la realidad a través de la ficción?
Desde el punto de vista estructural, la novela es un verdadero prodigio. No hay protagonistas fijos, en su lugar nos encontramos con un desfile de episodios en apariencia inconexos que el lector debe ensamblar por su cuenta. Cada fragmento, cada anécdota, cada digresión son piezas de un mosaico que, en su totalidad, revelan una divertida, ácida y feroz crítica a los sistemas políticos, a las jerarquías del saber y a las formas institucionalizadas de control.
Sorprende también la capacidad de Laiseca para desplegar una erudición abrumadora sin que esta se convierta en un lastre. Su prosa salta de lo solemne a lo grotesco con una facilidad impresionante, intercalando referencias literarias, informes militares, partituras musicales y hasta lenguajes propios. La intertextualidad aquí no es un simple adorno, tal y como nos ha acostumbrado gran parte de la narrativa contemporánea: cada alusión, cada cita, inventada o no, es un ladrillo más en la arquitectura que sostiene la novela.
Laiseca, en su concepción de la literatura como un campo de batalla, nos recuerda constantemente que el novelista sólo tiene que rendir cuentas con él mismo. Y este espíritu de desafío, de insurrección literaria, impregna cada página del libro. No es casual que el autor haya dedicado décadas a escribirlo, como si supiera que estaba edificando algo más que una novela, tal vez un faro hacia la literatura del futuro. En Los sorias, todo —el lenguaje, la estructura, los personajes, las ideas— está sometido a una tensión extrema. Laiseca no escribe sobre un mundo delirante, sino que escribe desde ese delirio, fundiendo estilo y contenido. De esta forma, la novela, además de ser un ejercicio literario, también es un manifiesto, una declaración de principios sobre la literatura como territorio sin límites donde todo es posible si se está dispuesto a llevar la imaginación hasta sus últimas consecuencias.
Teniendo esto en cuenta, la recepción crítica de la gran novela de Laiseca ha sido, al menos hasta ahora, ambivalente. Sobre Los sorias se ha dicho que es un exceso, una verborrea infinita, una obra incontinente. Todo eso es cierto. Pero es, sobre todo, un libro extraordinariamente revelador. Ha llegado el momento de quitar la etiqueta de novela de culto, para hablar de ella como una de las obras más ambiciosas jamás escritas en español. Un texto que dialoga con la tradición de los grandes libros enciclopédicos, desde Rabelais hasta Pynchon, pasando por Cervantes y Borges. Un libro que, con el tiempo, seguirá sumando lectores, como esas civilizaciones perdidas que, cuando son redescubiertas, reconfiguran el mapa del pasado y nos obligan a repensar la historia.
El destino de libros como Los sorias no es el de los best sellers fugaces. Es el de las obras que crecen en silencio, que avanzan como una corriente subterránea hasta que, de repente, emergen y revelan su magnitud. Laiseca supo que escribía algo irrepetible y asumió los riesgos de esa empresa. Su obra es, al mismo tiempo, una broma y una revelación, un juego y una tragedia. Es, en definitiva, la fundación de un universo propio, con la misma grandilocuencia y el mismo vértigo que sienten los dioses al crear un mundo de la nada.
Juan Ángel Asensio es graduado en Literatura General y Comparada, autor de Los restos del rayo (Franz Ediciones, 2024) y Breve tratado sobre la profundidad de los cuerpos (Siltolá, 2024).






