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«Cuanto más fácilmente se entregue la hembra, tanto más pronto se volverá frío y dominador el varón; pero cuanto más cruel y desleal sea ella […], cuanto menos compasión muestre, tanto más excitará la sensualidad del hombre y más amada y adorada será por él». La cita procede de la novela La Venus de las pieles (1870), de Leopold von Sacher-Masoch. Y, con independencia de lo arcaica que suene, describe al dedillo la relación del narrador-protagonista, Severin Kushemski, con el objeto de su deseo, Wanda von Dunajev, una valquiria de «diabólica cabellera» roja, ojos de «fuego verde», cutis «de tal finura que trasparecen las azules venas» y un «prodigio de cuerpo». (La descripción habla no sólo de las preferencias del autor por cierto tipo de mujer, sino por el romanticismo alemán.) De Kushemski, entretanto, apenas sabemos que es un «hipersensual»; a raíz de un episodio de infancia, nada lo excita tanto como la combinación de una vara de abedul y una mujer envuelta en pieles: «Azótame, te lo ruego, es para mí un placer», le dice en un momento a Wanda.

Frases como esa, que es de las más suaves en la escala de abyección voluptuosa de Severin, hacen que no sea tarea fácil tomarse en serio la novela de Sacher-Masoch, cuyo apellido se vincula enseguida con la patología del «masoquismo». Pero sería un error arrumbar el libro en la pila contemporánea de porno sadomaso. Sin una sola escena explícita, versa sobre los márgenes de la sexualidad en un momento particular, e incluye disquisiciones sobre estética, religión, mitología e historia antigua. Cuando aparece por primera vez Severin, está leyendo a Goethe, y su propio relato guarda relación con novelas morales, como Las afinidades electivas, en las que el discurso es el elemento erótico por excelencia. Un filósofo como Gilles Deleuze, en su estudio de 1967, elogió además el suspense del libro. E, incluso antes, varios críticos de fuste (Bataille, Blanchot, etc.) se detuvieron en su temática. Otra cuestión, claro, es si estamos ante una gran obra literaria o, al menos, una obra importante. Yo aventuraría un cauto «no» en términos estéticos, aunque sin duda tiene su importancia en la historia de la literatura erótica. Sin entrar siquiera en que la política de géneros del libro es dudosísima, hay un problema de intensidad: Wanda es una fantasía sin vida propia y, por mucho que se la admire, nunca se la ve. En vez de un personaje, hay sólo una obsesión.

La magnífica pieza de David Ives La venus de las pieles, que está muy atenta a los aprietos ideológicos de la novela de Sacher-Masoch, es y no es una adaptación. Aunque remeda el mecanismo central, cambia los personajes o, mejor dicho, agrega una capa simbólica a su relación, con lo que se las ingenia para deconstruirla por completo. No estamos ya en un balneario de los Cárpatos, sino en un teatro vacío (teatro dentro del teatro), donde el joven dramaturgo Diego del Pino (Diego Martín) ha terminado un infructuoso día de audiciones en busca de una actriz que interprete a Wanda en su adaptación de la novela. Diego, como se lo llama en casi toda la obra, está hablando por teléfono con su «prometida», a quien le cuenta que no existe una actriz joven, sexy y con la energía necesaria para interpretar a Wanda. Y aclara: «En el libro, Wanda tiene veinticuatro años. En aquella época una mujer de veinticuatro años estaría casada. Habría tenido cinco hijos y tuberculosis. Hoy casi todas las chicas de veinticuatro años hablan como niñas de seis que han inhalado helio». La entrada subsiguiente de Vanda Jordan –interpretada por Clara Lago, que en la vida real tiene veinticuatro años– está calculada para ser al mismo tiempo una validación inicial del prejuicio y el punto de partida de una implacable repulsa.  

Con retraso, Vanda («hasta me llamo como ella») irrumpe echando pestes contra el clima, los transportes y hasta un tipo que le metió mano en el tren. En la vivaz interpretación de Lago, empieza siendo una chica extravertida y malhablada, que no tiene ni idea de quién es Sacher-Masoch y llama al siglo XIX «la Edad Media». Previendo que la obra es «medio porno», además, se ha puesto para la audición un bustier de cuero, medias negras, ligueros y tacones. Pero todo eso es, desde luego, pasto para la comedia inicial. Sabemos lo que se avecina. Tras persuadir a Diego de que le haga la prueba, Vanda se transforma en una asombrosa encarnación de Wanda, puro talante aristocrático e impecable dicción clásica. Diego queda debidamente asombrado, y los noventa minutos que siguen –la obra se desarrolla en tiempo real– constituyen un esgrima dramático que es también un juego de seducción. Actriz y director repasan el texto, lo comentan, van desvelando la historia de Wanda y Severin; pero, entretanto, se difuminan los límites entre teatro y realidad: «¿Estás tratando de ligar conmigo, Diego del Pino?»   

Más allá de esa delgada intriga, el texto de Ives abre muchísimas posibilidades para los actores. Aunque son sólo dos en el escenario, interpretan a cuatro (o, según se mire, cinco) personajes, con cambios constantes de registro. Y así como hay dos niveles de realidad, la historia amorosa de Wanda-Severin y la relación entre la actriz y el director, hay también dos lógicas, no tanto solapadas como en permanente tensión. En la primera, Severin quiere persuadir a Wanda de las bondades de convertirse en su esclavo, lo que equivale a decir, como argumenta Deleuze, que la educa en la escuela de su masoquismo; en la segunda, Vanda, con un capcioso desparpajo («Esto es medio sexista, ¿no?»), ejecuta una demoledora exégesis de la novela, para cuestionar los motivos subterráneos del adaptador y, finalmente, sacar a la luz algunas de sus pulsiones ocultas, mientras crece la fascinación de este último (y, si las cosas salen bien, la del público). Mucho tiene que ver con políticas sexuales, y una reivindicación ante una obra que, en palabras de Vanda, «degrada a las mujeres». No se nos escapa tampoco que las posiciones de poder entre actriz y director se invierten; al cabo, es difícil saber quién dirige a quién. «Sé lo que es el masoquismo: soy actriz», decía Vanda en uno de los efectivos chistes del comienzo, con lo que daba a entender que los directores son sádicos. Pero, obviamente, no en vano Diego se ha obsesionado con Sacher-Masoch.

Las dos historias entrelazadas exigen, desde luego, actores que cambien de pie continuamente y, por eso mismo, una dirección que mantenga firme el paso. Lago, Martín y Serrano salen más que airosos del ejercicio; la dirección es fluida, y las actuaciones, indudablemente eficaces. Sin embargo, no estoy seguro de que aquí se le saquen los mejores matices posibles al texto. Una interpretación en las antípodas de esta puede verse en la adaptación cinematográfica que estrenó en 2013 Roman Polanski, donde Emmanuelle Seigner compone a una Vanda vulgar y de cierta edad, y Mathieu Amalric a un Diego cuarentón, cínico y desconcertado; comparar una y otra arroja luz, precisamente, sobre el delicado problema de los contrastes teatrales, que son problemáticos cuando falta delicadeza. Aunque no me parezca el adaptador ideal, sin duda Polanski acierta al buscar un punto de contacto entre dos registros. En cambio, Serrano elige yuxtaposiciones marcadas durante casi toda la obra, confrontando el estilo histórico a la comedia contemporánea ligera.

El saldo es favorable en risas, en particular en momentos de abruptos bandazos, como cuando Vanda, tras leer un sesudo parlamento decimonónico, exclama: «Estoy sudando como una perra»; o cuando le pasa un chaqueta a Diego y dice: «Te queda que estás cañón». En el original se lee, de manera más llana: «Sure looks good on you». Y aunque el coloquialismo es un hallazgo de la traducción de Cristina de la Peña, apuesta más por la forma que por el fondo, por la sacudida auditiva que por la interacción de los personajes, que en ese momento empiezan a soltarse uno con el otro. Más aun, y demasiado a menudo para ser un accidente, se nota que Lago y Martín repiten el diálogo, no de personaje a personaje, sino de actor a espectador, una clara señal de efectismo. En este sentido, precisamente porque el texto de Ives es tan rico en tonalidades, no vendría mal poner un poco menos de énfasis al marcarlas. Y tampoco es muy operativo añadir frases faroleras. En un momento, Diego le dice a Vanda que, aunque ella no lo crea, «hay gente que lee. Incluso hoy. Incluso en papel». Serrano (supongo) inventa una segunda punch-line: «Incluso en este país». Por favor, golpes bajos no.

En ese contexto, es quizás un caso de justicia poética que los actores se desenvuelvan mejor al transitar por un registro intermedio. Disfruté especialmente de la segunda mitad de la representación, cuando el vínculo entre Vanda y Diego va estrechándose, y los excesos de bobaliconería de una y la pretenciosidad intelectual del otro se disipan en favor del interés mutuo. Diego Martín hace un trabajo sólido al pasar de la condescendencia al embobamiento. Y su  físico, como el de sus predecesores en los montajes de (off-) Broadway (Wes Bentley y Hugh Dancy), es ideal para el personaje: guapo y atlético, tiene con qué sentirse confiado. Pero Martín demuestra su inteligencia al darle a su personaje un punto de inseguridad y mostrar sutilmente la satisfacción que le producen los elogios de Vanda. El actor sabe, además, que este pas de deux está pensado para que se luzca su compañera. Y eso nos lleva a Clara Lago, la estrella de la producción, que sube a escena en plena fama conferida por Ocho apellidos vascos. A no dudarlo, Lago es una gran comedianta. Su soltura, su capacidad expresiva y su magnética belleza la han convertido en una de las actrices jóvenes más potentes de España. Pero no va en desdoro de ello decir que aquí su interpretación es despareja, más relajada en la comedia que en el drama y algo tirante cuando su personaje debe mutar en una especie de dominatriz. No es cuestión de dar o no la talla, sino más bien de registro, como al pedir a una contralto que cante un papel de soprano.

La obra vale la pena, de cualquier modo, por todos los demás momentos, y, más en general, por la rara oportunidad que ofrece de ver a dos actores talentosos mantenerse durante dos horas en escena casi exclusivamente a fuerza de diálogo. Entre Lago y Martín hay además buena química actoral, y eso también es digno de verse. Con un poco de viento a favor, de hecho, esta obra –que, reparos personales aparte, está siendo un éxito– acaso sirva para que se monten más piezas de Ives, un estadounidense contemporáneo poco representado en España, que merecería más atención. Sería estupendo ver en Madrid su Don Juan in Chicago, en la que el gran seductor de Tirso, gracias a un pacto con el diablo, sigue vivo después de cuatro siglos al otro lado del Atlántico, casi muerto de fatiga. La obra es una soberbia comedia fantástica, una farsa posmoderna y un diálogo con la historia del drama. Y comparte una inquietante premisa con La Venus de las pieles, que es también la de un adagio inglés: ten cuidado con lo que deseas; puede que se convierta en realidad.       

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