Cuando nada importe

La tapia amarilla

FERNANDO LUIS CHIVITE

Pre-Textos, Valencia, 1996

167 págs.

La primera novela de Fernando Luis Chivite, Los seres indefensos (Libertarias, 1994, Premio Ciudad de Barbastro de narrativa), anunciaba ya los talentos y carencias del, entonces, novel narrador: una mínima trama, tan confusa como inquietante, una galería de personajes «de paso», evanescentes, que salpicaban cada capítulo sin apenas dejar huella y, lo que es peor, un estilo fosco, en el que la prosa no discurre, no narra, se apelmaza, se coagula en el párrafo como un disco rayado.

Pues bien, aquella turbia ofuscación no sólo no ha desaparecido sino que ahora en su segunda novela, La tapia amarilla, ni más ni menos que «galardonada» con el Premio de Narrativa Pío Baroja, se elige como explícita voluntad de estilo lo que pudiera haber parecido un mero titubeo de principiante. No hay tal, Chivite ha decidido relatar una historia y ha elegido una manera muy precisa de contarla, desde la primera línea. El argumento resume los momentos más significativos de la infancia de un niño, un niño desarraigado que sabe mirar por las ventanas para descubrir que la vida de cualquiera se puede contar en menos de un minuto, un niño habitante de una aldea rural y solitaria, allá por los años sesenta, rodeado de seres inquietantes y, ay, tópicos, la tía Mercedes, loca y joven, la otra tía, Lavinia, y su secreta voluptuosidad, los abuelos encastrados en el medio como un roble centenario, silenciosos y ausentes, la madre distante, deseada y enferma, el padre embrutecido y desolado que, joven viudo, contrae nupcias con una adolescente, Yole, inmediatamente odiada por la familia. La segunda parte, urbana, se desarrolla en la imprecisa capital, tras la emigración del padre, acompañado del niño huérfano y de su joven madrastra. Allí nos tropezamos con más personajes, más retazos de seres fantasmales y opacos escrutados por la mirada vacía del muchacho.

El protagonista narrador apenas interviene, a lo sumo se deja arrastrar por el río turbio de las pulsiones ajenas, se limita, mientras vive las experiencias que lo marcan (nimias o patéticas, da lo mismo, desde el final da lo mismo), a observar; y ahora, cuando ya nada tiene importancia, las recrea, acaso en busca de una respuesta, del motivo de tanto desvalimiento; para ello aglutina anécdotas, escenas, imágenes de unos y de otros en medio de una atmósfera turbia, asfixiante, alienada, en el brutal aislamiento, primero, del valle donde naciera y en la grisura claustrofóbica de la ciudad, después. Seres indefensos, inútilmente culpables (¿del pecado de haber nacido?), que vagan a la deriva en un mundo sin sentido del que él ha decidido dar cuenta. Ignoro los motivos. Según el narrador porque ya nadie espera nada de él. Le creeremos.

La tapia amarilla disponía de todos los mimbres para ser una buena novela, para elevarse al menos un poco más allá del posmoderno panorama de la inanidad petulante: aquí hay, ya lo he dicho, voluntad de estilo, una visión del mundo (tenebrosa, eso sí), una forma de mirar las cosas diríase que mineral, unos personajes que, en menor número y más intensamente dibujados, hubieran podido tejer, en la sórdida atmósfera planteada, un buen relato. Pero no hay tal por varias razones, en primer lugar por el estilo elegido: la frase sincopada, la repetición con amplificatio, que va arrastrando la oración una y otra vez, como una bola de nieve progresivamente hinchada, a base de oraciones cortas yuxtapuestas; o el desconcertante uso de las formas verbales: se pasa con suma y ligera felicidad del presente al imperfecto o al indefinido. De esa forma, la pretendida rememoración desde el final en que los tiempos y los sucesos se enlazan de una manera emotiva pierde buena parte de su eficacia.

Creo, a pesar de lo dicho, que Fernando Luis Chivite posee un mundo propio y un conocimiento del oficio que lo acreditan como un novelista interesante, por encima de la media. El error de esta novela es, sencillamente, de forma; no se ha elegido la mejor manera de narrar la tenebrosa opacidad de estas vidas fantasmales, véanse las páginas 99-100, especialmente torpes y significativas de lo que digo. Lo peor es que lo que yo llamo «torpeza», pedregosidad, ha sido elegido por Chivite claramente aposta. En mi modesta opinión, se ha equivocado. Ojalá sea yo el que yerre.

Ficha técnica

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