La revolución no es mala

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La idea de que el mundo avanza pautado por cambios revolucionarios que se dan de vez en cuando concentrados en el tiempo está bastante arraigada en el imaginario colectivo. Hannah Arendt definíaVéase la aguda crítica de On Revolution de Hannah Arendt (Viking Press, 1963) debida a Herbert A. Deane (Political Science Quarterly, vol. 78, no. 4, 1963, pp. 620–623. JSTOR, www.jstor.org/stable/2146367. Accessed 24 Jan. 2021.), en la que se basa este párrafo. Deane remacha su excelente crítica de la muy citada obra de Arendt de esta manera “In this volume I find, alone with a number of provocative ideas and penetrating insights, a disturbing tendency to treat facts and texts cavalierly and to set forth sweeping generalizations on the basis of limited evidence.” la revolución como un “reinicio radicalmente nuevo del curso de la historia caracterizado por el deseo de alcanzar la libertad para la mayoría”. Retenemos la expresión inglesa de “la mayoría”: the many (los muchos, por contraposición a “los pocos”). Esta concepción es básicamente correcta, pero, a la vez, estrecha. Para muchos autores, se basa en el análisis de las revoluciones americana (las colonias inglesas) y francesa, dos acontecimientos vinculados al tiempo y la acción, es decir, los determinantes básicos (políticos y sociales) del cambio.

Cuando, en realidad, con una perspectiva más amplia (ya lo hemos comentado en alguna otra entrada, ¿no, hermano?), podemos encontrar tres casos de estas revoluciones sistémicas, no políticas o sociales (reinicios radicalmente nuevos del curso de la historia) en las transiciones neolítica, industrial y digital. La visión política de las revoluciones arranca con La Política de Aristóteles en el S. IV antes de Cristo y continúa dominando la acepción de esta expresión desde entonces, a pesar del generalizado uso del término para referirse a revoluciones no políticas, como lo son las recién citadas, u otras como la “revolución cognitiva” (Yuval Harari), la “revolución verde” (Norman Borlaugh) o la “revolución de las canas” (Iñaki Ortega y Antonio Huertas)Véanse, respectivamente, https://www.amazon.es/Sapiens-animales-dioses-historia-humanidad-ebook/dp/B00LNJ60NIhttps://www.nobelprize.org/prizes/peace/1970/borlaug/lecture/ y https://www.planetadelibros.com/libro-la-revolucion-de-las-canas/280587..

La revolución es buena, salvo que sea mala. Es decir, el logro del cambio político y social radical y rápido suele conllevar el uso de la fuerza y la considerable destrucción de vidas, patrimonios e intangibles productivos y culturales sin que se desdibujen los elementos corruptos que se buscaba destruir o, simplemente, reemplazándolos por otros propios a los líderes entrantes. Muchas veces se acaba colando por el desagüe el bebé con el agua del baño.

El objetivo de esta introducción es preparar al lector para abordar el tema que de verdad nos preocupa en esta entrada. Este objetivo no es otro que acabar con el poder, claro. Pero de  manera distinta a la que muchos pueden pensar.

Siempre se ha dicho, aunque desde mediados del siglo pasado solamente, que “la información es poder”. Esta expresión es una vulgarización yeyé (y consiguiente empobrecimiento) de un aforismo clásico cuyos antecedentes más firmemente establecidos datan de Sir Francis Bacon (1597) y Thomas Hobbes (1668), y que se ha conservado desde entonces como scientia potentia est (el conocimiento es poder) entre otras locuciones similaresBacon nace en 1561 y muere en 1626 y Hobbes nace en 1588 y muere en 1679. El primero utiliza la expresión ipsa scientia potestas est (el conocimiento es, en sí mismo, poder) en Meditationes Sacrae (1597), mientras que el segundo usa la expresión citada en el texto principal en la edición en latín de Leviatán (1668). Véase https://en.wikipedia.org/wiki/Scientia_potentia_est#:~:text=The%20phrase%20%22scientia%20potentia%20est,Bacon's%20English%20or%20Latin%20writings. En esta fuente se indica que el propio Hobbes fue, en su juventud, secretario de Bacon.. Sobre la información y su descendiente más noble, el conocimiento, queremos incidir, precisamente, en nuestro tratamiento del hecho revolucionario.

Podríamos decir que, si la información es poder, el conocimiento también lo es. Así que lo decimos sin que nos duelan prendas, no vamos a ser menos que Bacon o Hobbes (que bien quisiéramos no serlo, no les quepan dudas). Para, inmediatamente, decir que, si la revolución es la conquista del poder, vistos los desastrosos resultados de muchas revolucionesUn documentado paralelismo entre la revolución francesa y algunos de los movimientos que aspiran a “una revolución” hoy puede encontrase en esta reciente entrada de Peter Shawn Taylor en el C2C Journal (https://c2cjournal.ca/): https://c2cjournal.ca/2020/11/you-say-you-want-a-revolution-lessons-from-1789/. Por cierto, se recomienda al lector que le dé un vistazo a la última entrada de esta fuente, que tiene mucho que ver con el tema que se discute en esta, escrita por David Solway: https://c2cjournal.ca/2021/01/how-climate-covid-19-and-the-great-reset-are-taking-us-back-to-the-middle-ages/., más valdría atacar a las causas de ese poder que al poder mismo.

Y, según lo expuesto, ¿qué causa el poder? Pues ni más ni menos que el monopolio (esto tampoco es nuevo…). Es decir, el monopolio de la información, y no digamos, el monopolio del conocimiento. Por mantener un cierto orden, quizá arbitrario, vamos a analizar por separado estos dos elementos, la información y el conocimiento, estableciendo dos hipótesis de trabajo: (i) la información es poder (político) y (ii) el conocimiento es poder (económico). Luego el monopolio de la información y del conocimiento, que pueden o no venir de la mano en cada sociedad, serían los objetivos a batir por los revolucionarios que quieren acabar con el poder establecido. Pues bien, sin entrar en cuestiones de legalidad y legitimidad, acerca de las cuales no tenemos más competencia que el lector representativo (y dale con lo del agente representativo), afirmamos que es un error combatir el efecto y no la causa.

¿Cómo puede ser un error combatir un poder abusivo? Vale, no lo es. Pero creemos que sería más eficaz y también más eficiente combatir lo que determina el ejercicio y la mera existencia de un poder abusivo. Esto es, dentro de las miras temáticas de esta entrada, el monopolio de la información y el conocimiento, como determinantes del poder y la prosperidad de unos pocos en detrimento de los muchos (the many, para Arendt).

No somos ingenuos y sabemos que el poder, a su vez, oprime la libertad de acceso a la información, o que, aunque se evite una práctica descarada en este sentido, impide el acceso a la información más sensible y/o utiliza aquella, y de esta de manera torticera la deforma o incluso la falsea. Y, respecto al conocimiento, una forma mucho más evolucionada de información muy selectivamente recopilada y cuidadosamente tratada (hay mucha basura entre lo que llamamos información y bastante menos en lo que llamamos conocimiento), también sabemos que el poder (y su sistema) restringe el acceso al mismo o lo dosifica limitando la práctica de la meritocracia y la igualdad de oportunidadesVéase la muy celebrada tribuna (y podcast) de The Economist de mayo de 2020 sobre “el fracaso de la meritocracia” (en los EE. UU.): https://www.economist.com/podcasts/2020/05/08/university-challenge-college-education-and-meritocracy-in-america y las muchas entradas que arroja una simple búsqueda en Google que este newspaper liberal ha producido reiteradamente en los últimos años sobre este tema: https://www.google.com/search?q=the+econommist+meritocracy&oq=the+econommist+meritocracy&aqs=chrome..69i57j0i22i30.6283j1j4&sourceid=chrome&ie=UTF-8..

Así que, en vez de propugnar revoluciones (violentas) contra el poder propugnamos revoluciones (no violentas) contra el monopolio de la información, y todos los vicios que ello conlleva, y, especialmente, revoluciones (no violentas) contra el monopolio del conocimiento. Y como no acabamos de creernos eso de que nos escatiman o falsean la información y nos impiden, sin que podamos evitarlo, el acceso al conocimiento para mantenernos como ignorantes consumidores de panem et circenses incapaces de competir por el poder y las fuentes de la prosperidad, no podemos sino sentir perplejidad ante una duda sangrante: ¿tan difícil es derrotar al monopolio de la información y el conocimiento?

Sí, ¿tan difícil es? La expresión “información” es quizá demasiado imprecisa. Desde luego, la información hoy libremente accesible al público general es enorme y, a la vez, en buena medida, inútil, dañina incluso o, por lo menos, redundante. Y tampoco puede decirse muchas veces que sea información propiamente dicha. La información no disponible es, al parecer enorme, no digamos la elaborada a espaldas de los ciudadanos.

Caso aparte es el de la información que conllevan “los datos” que, para más inri, los propios ciudadanos producen cuando interactúan con las plataformas digitales y a quienes no se les reconoce ningún derecho general de propiedad. Información que se puede usar incluso contra sus libertades (por los gobiernos) o en detrimento de sus intereses económicos (por las grandes corporaciones digitales), so capa de beneficiarlesEsto amerita, por si solo, una entrada en este blog, pero ahora conviene sorprenderse (to put it mildly) de que nos esté costando lustros, y eso gracias a los esfuerzos de la Unión Europea, el establecer no solo los límites de uso de esos datos sino también de quién son los datos. Para nosotros es claro que los datos de cada uno de nosotros son nuestros, como las cebollas que cultiva un agricultor son suyas si los medios con los que las produce le pertenecen (y si estos medios no le pertenecen, también lo son en la parte y medida en que ha contribuido a hacerlas crecer). El gran debate de los próximos años va a ser justamente el de cómo compartir los frutos del uso de los datos generados por los usuarios de estas plataformas, los de los smartphones, etc. Adviértase que el dato sin uso no vale nada (o no expresa su valor), pero su uso en una cadena de análisis y aplicación a un fin lucrativo en cuyo proceso se genera valor no puede ignorar a uno de los eslabones críticos de dicha cadena: el propio usuario generador del dato. Tampoco dejaremos de considerar que muchos, posiblemente, aceptarán de buen grado ceder sus datos a una plataforma de búsqueda a cambio del servicio gratuito que esta le presta. Pongámonos en los zapatos de un doctorando, por ejemplo. No, no es esta una cuestión sencilla de resolver. Pero seguro que tiene solución..

La información forma parte, pues, de nuestro entorno y en buena medida también es veraz y está libremente disponible para nuestro uso. Los portales de transparencia (un asunto a medio camino entre la esperanza y el fiasco más absoluto), además, deberían contribuir a esta disponibilidad. Es, pues, de nuestra incumbencia el hacer uso de esta información, no sin un cierto esfuerzo, para limitar el monopolio de que gozan los agentes políticos y corporativos de los que tanto nos quejamos. Este es el problema: muchos ciudadanos podemos acabar renunciando a tal derecho (y escaqueando tal obligación, a la vez) en beneficio de los monopolistas.

El conocimiento, por su parte, es un asunto crucial. Primeramente, reúne las características antes mencionadas de información muy selectiva, cuidadosamente elaborada por profesionales certificados y acumulado en un corpus que se renueva constantemente mediante la colaboración de cientos de miles de expertos, académicos e investigadores. El conocimiento no surge de la misma forma que manaba el agua con un toque del bastón de Moisés sobre una piedra señalada por Dios. No precisamente, ¿verdad hermano? El conocimiento se adquiere con esfuerzo, y no conocemos mejor vía para la prosperidad general y el buen gobierno de la sociedad que la creación constante de conocimiento y, lo que es más importante, su adquisición general por parte de la población de manera democrática. Pero como la disposición de cada uno a esforzarse para adquirirlo es diferente y el conocimiento no puede implantarse en la cabeza como los mechones de pelo (hay más implantes de lo que parece, observen), es natural esperar que cada individuo posea conocimientos diferentes. La cuestión de cómo remunerar el conocimiento de cada cual está abierta y si algo podemos decir a ciencia cierta es, ceteris paribus, (i) que quien más se esfuerza por adquirir y/o desarrollar conocimiento útil debería verse recompensado en mayor medida que quien se esfuerza menos y (ii) que la obligación de los poderes públicos es procurar por todos los medios que todos los individuos tengan el mismo acceso a un conocimiento de calidad dentro de sus elecciones personales en esta materia.

En fin, nos parece que las revoluciones que buscan derrocar los monopolios de la información y el conocimiento son, no solo buenas, sino muy deseables. No necesitan ser cruentas, cosa muy recomendable, aunque, desde luego, sí esforzadas. También nos parece que las revoluciones que buscan derrocar el monopolio del poder son, en general, muy inferiores a las primeras y que deberíamos aprender las lecciones de la historia para darnos cuenta de lo que nos jugamos cuando invocamos irresponsablemente este curso de acción. Eso sí, el valor simbólico (y hasta moral) de una revolución social y política justa (si es que las hubiere de esta clase) podría llegar a ser, en algún caso, incomparablemente mayor que su costeRecomendamos al lector la, en nuestra opinión, expresiva cinta de Steven Spielberg Lincoln (https://www.theatlantic.com/entertainment/archive/2012/11/fact-checking-lincoln-lincolns-mostly-realistic-his-advisers-arent/265073/)..

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