Mudar de piel

El viaje vertical

ENRIQUE VILA-MATAS

Anagrama, Barcelona, 1999

Libro a libro, pieza a pieza, VilaMatas va componiendo ese extraño dibujo que –como se dice en esta novela– es el camino de la vida. Un proyecto cada vez más sugestivo y con más entidad narrativa. La poética del autor se fundamental en la sorpresa, la paradoja y la singularidad, en bucear –en suma– en los márgenes de los géneros tradicionales, evitando ese tono a veces tan solemne, retórico y trascendente de la narrativa contemporánea. Pero su originalidad estriba, y en estas páginas se llama la atención sobre ello (pág. 194), no en su búsqueda sino en ser él mismo. O dicho a la manera jasídica, como hace un personaje: «Háblale a Dios con tus propias palabras, piensa por ti mismo y crea tus propias plegarias» (pág. 222). Como Gómez de la Serna, Vila-Matas ha mirado siempre el mundo con los ojos sorprendidos de un niño que traspasa lo que hay más allá de la mera apariencia y observa la existencia como un extraño juego cuyas reglas no siempre son fáciles de aprender y llevar a la práctica.

El primer acierto del libro está en la elección del título. Y no porque responda al sentido, eso sería lo de menos, sino porque remite a la poética del autor, a la convicción de que debe ser siempre contundente e «intrigante». En este caso el acierto es doble, pues sintetiza anteriores marbetes suyos, en lo que tienen de enigmáticos y descriptivos. Cuando la narración concluya sabremos que hace referencia a un recorrido geográfico, que pasa por Oporto, Lisboa y Madeira, pero también se refiere a una trayectoria vital, moral, a un peculiar descenso a los infiernos.

No menos singular es la estructura y el desarrollo de la trama. De los quince capítulos titulados, podría decirse que cuatro no son tales sino que están compuestos únicamente por citas que pueden leerse como microrrelatos ajenos (vid. pág. 190) que el autor hace suyos, y que –en esencia– explican el sentido de la historia: cómo, a través de la derrota, al llevarnos al fondo de nosotros mismos, puede traer cambios del destino.

En El viaje vertical se cuentan dos historias paralelas, hábilmente imbricadas. La primera es la de Federico Mayol, un nacionalista catalán de manual, católico no practicante, con más de setenta años, un señor de Barcelona con fortuna, al que su mujer pone de patitas en la calle cuando el matrimonio cumple las bodas de oro, en un arranque de novela extraordinario. Como ni en sus hijos ni en sus contertulios habituales parece encontrar razones suficientes para permanecer en su ciudad, emprende una huida hacia delante, un viaje vertical a ninguna parte, al final del cual encuentra un camino.

La segunda historia es la de Pedro, un joven sevillano que se instala en Madeira para ser escritor, mientras dirige el hotel donde se aloja el protagonista, al que convierte en personaje de la novela que siempre quiso escribir. Así, mientras que la primera historia es esencialmente narrativa, la segunda es metaficticia.

El viaje subvierte las habituales reglas del género, ya que no es horizontal, ni siquiera circular, sino un viaje sin retorno, «hasta el abismo del fondo». «Viajar es, sobre todo –afirma el narrador–, un clima, un estar a solas, un estado discretísimo de melancolía y soledad». La novela de formación, este era el subtítulo que acabó desechando Vila-Matas, también es más que peculiar, por dos motivos: por la avanzada edad del protagonista y porque parte de una vida ya vivida y desperdiciada. Pero, además, en los últimos capítulos nos damos cuenta de que el Bildungsroman es doble, pues, en realidad, lo que se relata es, no sólo la formación de Federico sino también la de Pedro. Y, la una sin la otra, no tienen razón de ser. No obstante, si la iniciación del primero es básicamente vital y cultural; la del segundo, es esencialmente literaria.

El relato comienza con una situación límite que se convierte en el motor inicial de una historia, de un drama no sólo personal, sino también generacional, pues, la guerra civil española convirtió en «incultos» a gran parte de los que la vivieron. La trayectoria de Federico no es sino un proceso de despojamiento y cambio, una muda de piel, durante la cual descubre que está solo y perdido, que su identidad es híbrida, que no es –en suma– un catalán tan puro como él creía. El viaje vertical, ese recorrido que lo lleva hacia el sur, le sirve para darse cuenta de que (como reza la cita de William Carlos William) «nunca la derrota es sólo derrota, pues el mundo que abre es siempre un paraje antes insospechado» (pág. 154). Pero, sobre todo, le aporta algo de lo que carecía, pues consigue superar su mayor trauma y construirse una cultura personal, de autodidacta, sin disciplina, «una verdadera educación de élite».

Quizá la sorpresa mayor no esté en este caso en la trama, sino en cómo –poco a poco– el narrador va haciendo acto de presencia, va tomando la voz («surjo de lo que escribo como una serpiente surge de su piel»), para pasar de ser el transmisor de una vida ajena a inventor, convirtiendo a quien al comienzo del relato se consideraba «el Señor Nadie», un personaje real anodino, en un maestro de la impostura y un curioso ser de ficción. Así, el narrador, por el supremo arte de la imaginación, se convierte en el auténtico urdidor de la vida de Federico Mayol y transforma su periplo en un viaje hacia la ficción.

Después de este viaje vertical no podrá seguir diciéndose que VilaMatas se desenvuelve mejor en las distancias cortas, en el cuento y en el artículo literario. En esta novela, todo lo singular que se quiera, como –por otra parte– son siempre las ambiciosas, integra a la perfección historia, estructura y punto de vista, con la habitual manera del autor de fundir literatura y vida, ficción y realidad.

Ficha técnica

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