Trainspotting
IRVINE WELSH
Anagrama, Barcelona, 1996

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Se ha conservado en la versión española de esta novela el título inglés de Trainspotting, vocablo de nada fácil traducción: por un lado, es una actividad que consiste en ir a una estación de ferrocarril, y observar las características de los trenes, para luego alardear de esa información ante los amigos; por otro lado, consiste en la operación mediante la que se hace visible la vena (generalmente la cefálica) para inyectarse una dosis de heroína. Esta disemia encauza la reflexión sobre la obra en dos direcciones diferentes. La segunda dirección se orienta hacia todo ese mundo de la adicción a la droga, muy especialmente hacia la heroína, en Edimburgo, entre un grupo de jóvenes, ya no adolescentes. El mundo que se ve a través de la perspectiva que brinda semejante actividad está descrito con todo los adornos clásicos de la picaresca, y con los acompañamientos de los que gusta de presentarse el lumpen; podría, quizá, señalarse que en el caso de esta novela lo más personal del escritor es una cierta insistencia en la brutalidad, el tremendismo, y, además, una «obsesión cloacal» que derrota sin apenas esfuerzo a la del señor Joyce, y que incluye un amplio registro que comprende tanto la coprofilia como la coprofagia, con detenciones en todas las paradas intermedias; podría también señalarse una cierta complacencia en un sentido del humor que, en su pasión excrementicia, está más cercano al mundo sin matices del infante prepúber que al del adulto; y podría, en fin, el lector encontrar excesivamente simple un humor que recurre a chistes más adecuados para la serie de dibujos animados de Bart Simpson que para cualquier lector común de novelas; estoy pensando en el capítulo que lleva por título «El esquivo señor Ogno», en el que se pretende iniciar al lector en los secretos que encierra el calembour de Mick Ogno. Traficantes, consumidores, familiares, chulos y desheredados de toda suerte luchan entre sí por arrancar una sonrisa y una mueca de dolor al lector; en general es lo segundo lo que se consigue.

La primera dirección, por su parte, muestra un mundo en el que se señala como correlato de la actividad del consumo de estupefacientes toda una serie de contravalores del mundo urbano moderno. Los más evidentes blancos de estas críticas son los emblemas de la empobrecida clase media: la lavadora, la hipoteca, el automóvil, el concurso basura de la televisión, etc. Pero, asimismo, de forma subrepticia, el nihilismo invade la esfera de la propia literatura: escribir o leer esta novela es trainspotting, o sea, una banalidad sin sentido, o un inocuo narcótico consentido por las autoridades.

Una de las preguntas que suscita la lectura de una novela como ésta, que se presenta como la novela que han leído quienes nunca leen novelas, es, obviamente, si les parecerá tan buena a quienes sí leen novelas habitualmente. La respuesta es no. El lector habitual de novelas, ni cediendo a la piedad que provoque en él el goce de la exactitud de la representación, la reproducción de «las bestias más despreciables», o de «cadáveres» (Aristóteles), será capaz de perdonar que las concesiones al lenguaje coloquial, que bordea la opacidad de la afasia en algunos momentos en los que la traducción coadyuva a la confusión, a pesar de los nobles esfuerzos del traductor, lleguen a ser tan lacónicos y pobres como lo son en el momento de definir la naturaleza del éxtasis psicotrópico –en un terreno en el que hay competidores como Baudelaire y Walter Benjamin–, que se describe con esta singular pobreza: «Imagina el mejor de tus orgasmos, multiplica por veinte la sensación, y aún estás a mil putos kilómetros».

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