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En el reciente artículo «Peter Pan a los altares» (nº 81, pág. 37), firmado por Manuel Rodríguez Rivero, se comenta el suicidio del escritor francés Pierre Drieu La Rochelle, en unos términos que a mi juicio se alejan mucho de la realidad. Atribuir su decisión a una huida de la decrepitud, a un intento de «permanecer fiel a la juventud», puede ser calificado como una broma macabra.

Son bien conocidas las circunstancias de su muerteHerbert Lottman. La Rive Gauche, Tusquets 1994.. Drieu La Rochelle fue depurado tras la liberación de Francia por los aliados. Anduvo escondido por París durante siete meses. Durante ese tiempo fue ejecutado, por la misma causa, su amigo Robert Brasillach. En una de sus cartas de adiós, Drieu había escrito: «No quiero renegar, no quiero esconderme, no quiero irme a Alemania y no quiero ser tocado por manos sucias». Todo esto está muy alejado de la impostura peterpanesca que Rodríguez Rivero ha pergeñado.

Se debería respetar la memoria de aquellas personas que han sufrido intensamente. Es fácil imaginar los sentimientos de Drieu cuando el Comité Nacional de Escritores publicó en el primer número de «Les Lettres Françaises» tras la liberación, la lista de escritores colaboracionistas: Brasillach, Céline, Alphonse de Châteaubriant, Jacques Chardonne, Drieu La Rochelle, Jean Giono, Marcel Jouhandeau, Charles Maurras, Henry de Montherlant, Paul Morand y André Thérive.

Qué oscuro período de la historia de Francia, la (no) resistencia, la colaboración, la depuración.

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