Murmullo del cuerpo en hueco fijo


Viaje de invierno
JUAN BARJA
Calima Ediciones, Palma de Mallorca, 1998
70 págs.

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La búsqueda de una mínima voz material capaz de decir la materialidad y la in-significancia del mundo está en el centro de la poesía de Juan Barja (La Coruña, 1951), especialmente a partir de sus libros más recientes, Sonetos materiales (1993) y Mínima voz (1996). La aparición de Viaje de invierno señala un punto de máxima tensión en el interior de esta búsqueda: el despojamiento, la desintegración de la voz coincide con la visión de una materia permanentemente horadada, una materia, por así decirlo, poblada de ausencias de materia. Ya en los Sonetos materiales, cerca del final del ciclo, la palabra se proponía «decir lo que no está, lo que se esconde / en la grieta del ser». La dicción de la ausencia, por tanto, exigía una suerte de buceamiento por los fondos horadados, por las oquedades del ser. El hueco, imagen recurrente a lo largo de todo este Viaje de invierno, es una encarnación (descarnada) de la sed del espacio, del espacio que se devora a sí mismo en busca de un másallá-del-espacio. El hueco es un abismo (Ab-grund) donde los pies –y las manos, y los ojos, y la voz– carecen de fondo en que apoyarse y avanzar; al mismo tiempo, el hueco sigue siendo aquí, aunque esté muy alejado del tokonoma japonés que aparece en las obras del último Lezama Lima, un principio de germinación, el molde –aún desintegrado, aún reducido a cenizas– de todo lo visible, el molde, la horma de la voz.

El viaje, en el preciso sentido schubertiano que toma en este libro, es la negación de todo lugar. Viaje en que las huellas, las pisadas en la nieve («nieve negra», irredenta tierra invernal) apenas pueden engastarse en la memoria; incluso ésta, la memoria, lo es aquí de un «futuro preciso», con lo que toda posibilidad de un lugar habitable se ve diluida en la conciencia de un espacio agrietado, despojado de sí mismo, donde toda voz humana se transforma en «eco ausente», en «murmullo / del cuerpo en hueco fijo».

Todo viaje, sin embargo, y así también éste, es una experiencia de tránsito, de fluencia, de maduración. El lugar al que se llega es un no-lugar semejante al del principio, pues el viaje ha transcurrido en un «tiempo sin tiempo». De umbral enumbral, por tanto, entre «lo que se fue» y «lo que llegó», la palabra ha trazado un arco de hueca inmovilidad, un arco en el interior de sí misma, «entre la luz y la sombra» (Mínima voz), entre la muerte y la vida. Como un hueso que se fuera deshaciendo para llegar a su vacía médula.

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