La musa alfabetizada

La musa aprende a escribir

ERIC A. HAVELOCK

Paidós, Barcelona, 1996

188 págs.

El examen de la relación entre el lenguaje (oral) y la escritura no es, desde luego, una moda teórica de la última temporada. Es bien conocido el rastreo que en los sesenta hizo Derrida (De la Gramatología) sobre la versión platónica del problema, y la importancia que el filósofo francés atribuyó a esa versión como constitutiva del logos occidental, textual y exteriorizado. Como recuerda Havelock, el problema tematizado por Platón reapareció en la conciencia moderna con Rousseau, cuyo «buen salvaje» era concebido como un «oralista», alter ego cultural del sujeto «letrado» de la civilidad.

Pero durante los últimos treinta años la relación oralidad/escritura se ha instituido como campo específico de investigación interdisciplinar, a cuya normalización científica han contribuido la teoría literaria, la sociología histórica, la antropología cultural o la teoría de la comunicación, entre otros enfoques. El énfasis en la diferencia que opone lo oral a lo escrito ha obligado a discutir el carácter propiamente «literario» (es decir, estético o estilístico) de algunas características de los textos «arcaicos». Por ejemplo, la versificación o la trama narrativa habrían servido a primigenias operaciones mnemotécnicas que el discurso oral desarrolló para su propia reproducción, antes de que la posterior objetivación escrita de los textos las tornara superfluas y, por ello mismo, disponibles para una refuncionalización estilística. La acreditación de este tipo de hipótesis no fue sosegada: el territorio académico de los estudios literarios se llegó a sentir amenazado por la «invasión» de la antropología histórica, es decir por la inserción de la literatura en el campo de la cultura ampliamente entendida. En este reajuste territorial, autores como M. Parry sufrieron el ostracismo académico: Parry había descubierto que tras los epítetos formularios de la obra homérica se escondían técnicas compositivas específicamente orales, independientes de la escritura, ajenas por tanto al suntuoso prestigio de la «literatura clásica».

Las investigaciones de Havelock, profesor de cultura clásica en la Universidad de Yale, pueden ser inscritas en un triple contexto teórico: primero, el de la investigación histórico-antropológica de la oralidad/escritura; segundo, en el que, bajo la rúbrica no siempre justa de «determinismo tecnológico», agrupa las obras de autores tan influyentes como W. Ong, H. Innis o M. McLuhan; y, en tercer lugar, y muy destacadamente, en el ámbito de los estudios clásicos.

Aunque somete a crítica la «vena de misticismo» y la «nostalgia romántica» que recorre la obra macluhaniana, Havelock reconoce la proximidad de su obra a la del famoso teórico canadiense: «McLuhan había llamado la atención sobre lo efectos psicológicos e intelectuales de la imprenta: yo estaba preparado para seguir el hilo hacia atrás, hasta llegar a algo que había empezado unos setecientos años antes de Jesucristo». En esta retrospección Havelock había encontrado –ya antes de su Prefacio a Platón, publicado en 1963, poco después de la aparición de la macluhaniana Galaxia Gutenberg-algunos de los que él mismo denomina «efectos lingüísticos de la revolución alfabética griega».

Pero las tesis de Havelock no tienden, como las de Godoy, a subrayar la ruptura cultural de la escritura con el mundo oral, sino justamente al contrario: el sistema griego de escritura alfabética logró la paradójica capacidad de recuperar y restituir con extraordinaria fidelidad la cultura oral helénica. Una cultura que ya había desarrollado, también admirablemente, sus propios procedimientos de «almacenamiento», de conservación de nomoi (normas morales) y éthea (costumbres), como puede escudriñarse a través de las obras de Homero y Hesíodo. Y en efecto, la cultura oral –que es efectivamente una cultura, un entramado complejo de procedimientos comunicativos y de prácticas sociales– había desarrollado dispositivos como el ritmo (el engarce del lenguaje con el placer corporal), la narratividad, las expresiones formularias y la parataxis (el enlace sintáctico no subordinativo) para hacer posible la transmisión cultural.

¿En dónde reside, según Havelock, la originalidad de la escritura griega? Justamente en su carácter alfabético y no silábico. Una larga tradición interpretativa atribuye al sistema escritural griego la aportación de las vocales, puesto que las escrituras prehelénicas habrían contado ya con signos consonánticos. Havelock desmiente esta teoría: en sistemas anteriores de escritura, un signo como «k» no era propiamente consonántico, porque designaba el conjunto silábico, «ka-ke-ki-etc.». La aportación del alfabeto griego consistió, justamente, en superar el empirismo silábico al abstraer del sonido de la sílaba los elementos con-sonantes, es decir, aisladamente impronunciables. Otras escrituras anteriores habían usado ya los signos vocálicos. El tour deforce del genio griego fue inventar la «consonante pura». Y con ello, un medio de representación visual del sonido lingüístico «a la vez económico y exhaustivo». El instrumento de la escritura alfabética permitiría, pues, «reproducir el entero alcance de la oralidad previa», inevitablemente inasequible para sistemas escriturales menos perfeccionados.

En el mundo griego fue posible un sistema único y original de transición de la oralidad a la escritura, pues permitió que permaneciese bajo el controlde los propios hablantes griegos «la aplicación del invento para transcribir todo lo que fuese a la vez hablado y conservable». Por ello no sufrieron la presión de otros sistemas escriturales. Por ello se libraron también de las ritualizaciones doctrinarias y dogmáticas con que otras escrituras habían filtrado los controles flexibles e intuitivos de la oralidad primaria. Havelock compara, a este respecto, los relatos cosmogónicos del Génesis con los de Homero y Hesíodo: el primero es estandarizado, y estructurado aritméticamente; los segundos, en cambio, registran «la variedad y lo impredecible del cosmos y de sus fuerzas, personificadas en el conflicto y la colisión». A diferencia del griego, el relato del Génesis, codificado por la escritura fenicia o hebrea, no es homogéneo a los de los cantores originarios del mito.

Aun sin desconocer las rupturas que la escritura griega hizo posibles (el pensamiento abstracto desligado del narrativo, la textualización platónica, etc.), Havelock afirma que la musa se resistió a volver la espalda a sus orígenes. Cuando aprendió a escribir, la musa griega hubo de apartarse del panorama de la experiencia viva y fluida, «pero mientras siguió siendo griega, no pudo olvidarlo del todo».

Ficha técnica

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