SOBRE LA REALIDAD

La muerte de Ivan Ilich. Hadyi Murad

LEÓN TOLSTOI

Alianza Editorial, Madrid, 1996

Trad. de Juan López-Morillas

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No es frecuente encontrar reunidas en un solo volumen dos obras maestras que son capaces de hablar entre sí al tiempo de conversar con el lector. Tal es el caso de La muerte de IvanIlich y Hadyi Murad, que tienen algunas cosas en común: su perfección, desde luego, pero también el hecho de estar basadas en sucesos reales y de discurrir sobre estructuras narrativas carentes de complejidades apreciables a primera vista. Podríamos afirmar que se inscriben en esa tradición de lo (aparentemente) sencillo donde también encontramos, por ejemplo, los Tres cuentos de Flaubert o, más tarde, La Metamorfois de Kafka. La muerte de IvanIlich está escrita entre 1884 y 1886, mientras que el primer borrador de Hadyi Murad, tal como señala Juan López-Morillas en la nota preliminar, data de 1896. Ambas piezas corresponden, pues, a esa época de madurez en la que Tolstoi, tras su conversión religiosa, comenzó a preocuparse por la propagación de la fe. No obstante, como si su poderoso instinto literario hubiera sido capaz aun en esos momentos de separar la literatura de la vida, no es posible hallar en ninguno de los dos relatos muestra alguna de desvarío místico. Por el contrario, ambos desprenden una contención retórica que constituye uno de sus mayores aciertos literarios. El primero, del que nos ocuparemos en esta reseña, narra la enfermedad y la muerte de Ivan Ilich, un funcionario de la Justicia atacado por un mal incurable que se apresta a combatir con el mismo tipo de energía que otros ponen en la construcción de una novela, aunque también con las etapas de desaliento consecuentes. Así, cada pequeño revés se traduce en un avance del mal, en un progreso, podríamos decir, de la no-novela que discurre, paralela y secreta, junto a la carpintería visible del relato fracasado. Ivan Ilich intenta de mil formas oponer la escritura de la vida a la escritura de la muerte. Pero aquélla precisa para progresar de un talento que en ésta parece natural. La enfermedad, en fin, pese a los silogismos con que intenta frenarla, se desliza hacia su coronación, el deceso, al mismo tiempo que la salud se precipita hacia el fracaso, sin que el paciente o quienes le rodean sean capaces de dar con un adjetivo o una medicación capaz de modificar el curso de las cosas.

Entonces, Ivan Ilich, en un intento por comprender lo que le pasa, revisará obsesivamente todo cuanto ha sucedido en su cuerpo y en su vida, como cuando se recorren las habitaciones de una casa en busca del origen de una mancha de humedad inexplicable. La novela es la descripción de ese proceso a través del cual el entorno del magistrado deviene en una realidad extraña y el personaje se transforma en un náufrago sin provisiones que navega a la deriva sobre la balsa podrida de su salud. Pero aun entonces no dejará de buscar señales capaces de anunciar la proximidad de la tierra o de otro barco que le pudiera rescatar. En ese instante la novela se convierte en un texto sobre la realidad que culmina en la página 81, con un diálogo entre el enfermo y su alma. «¿Qué es lo que quieres?», pregunta aquélla. «Vivir», responde él. E inmediatamente aparece la interrogación fundamental: ¿Vivir cómo? ¿Cómo lo había hecho hasta entonces? Ivan Ilich se aplica a la búsqueda de significados que justifiquen su existencia y no encuentra nada real, exceptuando quizá algún pequeño pasaje de la infancia. Todo, observado desde el punto de vista de la agonía, le parece pequeño, mezquino, irreal, ajeno. «Quizá haya vivido como no debía», se dice de pronto, y recuerda cuando el ujier del juzgado anunciaba al verle: «Llega el juez». ¿Quería decir algo llega el juez? Nada, pero qué culpa tenía él de esa carencia de realidad que se manifestaba ahora en el corazón de lo real.

Con la precisión de un bisturí electrónico, Tolstoi va levantando una red de mentiras que conciernen al lector tanto como al personaje del relato. En lugar (o además) de escribir una novela sobre la muerte, consigue llevar a cabo una autopsia de la vida que se traduce en un texto forense donde se describen, con tensión clínica, los nódulos de culpa, los adenomas de vanidad, las adherencias malignas, en fin, encontradas en la biografía de su protagonista.

Un siglo después de que fuera escrita, se lee como un texto contemporáneo, pues ninguna de las cuestiones grandes o pequeñas que se plantean a través de esta escritura contenida han perdido un átomo de vigencia. Herederos de ese naufragio de Ivan Ilich que consiste en estar vivos, todavía no hemos encontrado una costa real hacia la que valga la pena dirigirse.

La novela posee la perfección y el ensimismamiento de una construcción mineral: parece el producto de los agentes atmosféricos sobre la naturaleza, pero no es más (ni menos) que el de una pluma que no colocaba sobre el papel una palabra antes de haberse asegurado de la consistencia de la anterior. Por eso, cuando se termina de leer, el relato cae sobre la conciencia del lector, impregnándola, como el cuerpo de Ivan Ilich, una vez libre de las ataduras de la vida, se precipitará sobre la tumba. Y entonces dan ganas de hacerse sobre la novela las mismas preguntas que el agonizante, en el momento mismo del tránsito, se había hecho sobre la muerte: ¿Un texto perfecto era esta cosa tan sencilla, tan breve, tan clara, tan hermosa? Sin duda alguna, vale la pena morir la muerte de Ivan Ilich para saberlo.

Ficha técnica

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