La mirada de los Mahuad
Berta Vias Mahou
Barcelona, Lumen, 2016
160 pp. 17,90 €

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«Una historia no es como un camino que hay que recorrer», escribió una vez Alice Munro. «Más bien es como una casa. Uno entra y se queda un tiempo, deambula de un lado a otro, se instala donde se siente más a gusto y va descubriendo cómo se conectan las habitaciones y los pasillos, cómo cambia el mundo exterior al verse por sus ventanas». Pocas definiciones parecen más apropiadas para el nuevo libro de Berta Vias Mahou, La mirada de los Mahuad, una estupenda colección de historias en las que abundan los rincones y las invitaciones a la contemplación. Sus seis relatos pueden leerse de manera independiente, pero, para hacer más interesantes las cosas, se conectan como capítulos de una novela. El conjunto es una cámara de ecos donde todo resuena.

Moviéndose entre finales de los años sesenta y finales de los ochenta, Vias examina la historia de una familia española con vínculos alemanes, un tema presente en otro libro suyo, Los pozos de la nieve. Ahora se concentra en distintas etapas de la vida de la hija mayor, Elba, sin descuidar los destinos de la hermana pequeña y de sus padres, Rita y Horacio. El primer cuento, titulado como el libro, se remonta a la infancia de Elba, cuando la familia se traslada durante un tiempo a Alemania. Ni el narrador ni los personajes se detienen a explicar por qué recalan precisamente allí, aunque se alude a la emigración laboral y a la ascendencia familiar de la madre, «que hablaba el alemán a la perfección y parecía uno de ellos». El asunto central no es el destierro, o no el destierro contado en los habituales términos lacrimosos. La familia es feliz a su manera, con un padre excéntrico y una madre coqueta que sale a cortar el césped «con un traje rojo de punto, zapatos de tacón alto y pestañas postizas». Aun así, la inseguridad los alcanza: hay un vecino exhibicionista y otro con un pasado nazi, que en un momento dado no abusa por poco de la madre. Cuando este último no puede soportar la mirada de Elba (una «mirada triste», la «mirada de los Mahuad»), la protagonista cobra profundidad y misterio.

Es característico de Vias sugerir más de lo que muestra. En este sentido, es una narradora con una atención fecundamente dividida: mientras enfoca el mundo de los hechos, se interesa otro tanto por sus reverberaciones simbólicas. A veces los símbolos se anuncian en los títulos, y no en vano el segundo relato se llama «La llegada de los demonios». El foco es la adolescencia de Elba, pero el relato despliega una serie de motivos relacionados con el fin de la inocencia, sin concesiones al costumbrismo. Ahora la familia está de veraneo en un pueblo español. De día las niñas disfrutan de una vida asilvestrada a cielo abierto y de noche caen rendidas en cualquier habitación de la casa. Es una especie de paraíso, con el corolario de que más adelante se lo considerará perdido. ¿Y los demonios? Al parecer no son otros, en la superficie anecdótica del cuento, que los chicos de una familia vecina y, en especial, un muchachito llamado Jan, al que Elba sigue «a todas partes con la mirada». Pero atención al significado metafórico de «demonio» como «falta»: en este relato se oculta algo indecible que seguirá repercutiendo en los siguientes.

En otras palabras, «La llegada de los demonios» no se limita a una historia de amor adolescente, aun cuando habla de eso. Y el conjunto de los relatos no se limitan a la educación sentimental de su protagonista, aun cuando la contempla. Además del romance truncado de Elba y Jan, que se persiguen de página en página como arquetipos del eterno desencuentro, las historias se ocupan de cuestiones como los secretos de un matrimonio, las relaciones problemáticas entre padres e hijos y las dificultades de ir creciendo y cambiando entre afectos que también son cambiantes. Como sucede a menudo en los libros de Vias, por añadidura, la historia individual deja entrever visos de la historia en sentido amplio. En «La mirada de los Mahuad», los ecos del nazismo repercuten en la tranquilidad doméstica; en «Padre nuestro», donde el padre de Elba es ingresado en el hospital para ser operado, se oye por la radio que «acaban de entrar en el Congreso». Marcadores históricos menos traumáticos aparecen en «Soldado ruso», donde se nombran «los Juegos Olímpicos de Los Ángeles» (1984), y en «Sueño robado», donde se habla del «famoso transatlántico […] encontrado hacía tan solo unos días», una referencia al descubrimiento de Titanic, visto en el fondo del mar allá por 1985. Más que plantear sencillos acertijos cronológicos (adivine el año según el acontecimiento), estas alusiones demuestran como de pasada que nadie escapa a su tiempo.

Es una demostración valiosa en el contexto de historias que, como todas las historias familiares de cierto calado, se acercan a la condición atemporal de la mitología, en la medida en que examinan atavismos consabidos y distribuyen papeles inevitables. También en este sentido, Vias es doblemente fecunda: ve lo universal en la particularidad histórica e historiciza la universalidad. Para Vias, incluso la imaginación individual tiene una historia. En un momento se dice que a Elba «las cosas reales no le interesan más que las imaginarias», y algo parecido podría afirmarse en cuanto a la autora. De ahí que uno de sus temas mejor tratados sea la relación entre la vida real y la fabulación. «Sueños prestados», por ejemplo, es un soberbio relato sobre cómo las historias que se cuenta Elba acaban constituyendo el marco con que interpreta el mundo. Los simulacros mentales, viene a decirse, pueden teñir lo real de mil maneras. A Elba incluso «le parece que su vida no es más que eso, un sueño interminable que ella siempre está analizando con una lente de aumento».

Cómo escribir adecuadamente sobre el universo de la conciencia, o sobre las ensoñaciones de la infancia, no es un problema menor. Vias nunca ha tenido un estilo fantasioso ni florido, como el que suele asociarse con las expansiones del realismo mágico o sus sucedáneos. Siempre hace gala, por el contrario, de un prosa precisa y mesurada. En ese aspecto, el presente volumen no es la excepción, pero acoge una variedad de lenguaje figurado poco habitual en Vias. Unas ardillas corretean «cosquilleando la corteza de los troncos». Un hombre que pasa su vida al aire libre no sólo tiene «la piel morena, con miles de arruguillas», sino «las piernas como tendones de codorniz». Y unos largos delantales blancos de mujeres que andan por la casa «caracolean» entre las patas de mesas y sillas. (Figúrese el lector los volantes de un delantal que pasa rápidamente a ras de suelo y verá que no hay verbo más exacto.)

No es que nunca suene una nota en falso: la oración que compara a cuatro personas sentadas en un salón con «una congregación de mendigos en plena estepa rusa» nos recuerda, en realidad, que un símil es efectivo sólo cuando pone en relación cosas existentes. ¿Cuántos mendigos se han visto en la estepa rusa? Pero estos deslices son poquísimos y se ven compensados por la riqueza general de la escritura. Hay asimismo un bello trabajo con los nombres de seres y objetos y, en particular, los nombres que se recuerdan de la infancia. «La llegada de los demonios» contiene un catálogo de flora y fauna que incluye sapos conchos, sapos parteros, ranas pasilargas, notonectas, zapateros, margaritas, zapatitos de la reina, botones de oro y dientes de león; incluso ante la ortiga común un personaje nota que se la conoce como «hierba de los ciegos, porque hasta ellos las reconocen con sólo rozarlas». Al tiempo que se deleita en las palabras, el relato vuelve una mirada algo nostálgica sobre las cosas.

Más en general, y como anuncia el título, hay en todo el volumen una meditación sobre el mirar y el ser mirado, los placeres de lo visual y los engaños de la percepción. El simbolismo se multiplica especialmente cuando se trata del motivo de la vista. No parece casualidad, por ejemplo, que el despertar erótico de Elba coincida con su darse cuenta de que uno de sus conocidos es un voyeur. Tampoco que el padre de la chica sea daltónico, lo que lo convierte en la única persona que pierde de vista a su esposa cuando ella se pone un vestido rojo para cortar el césped, un detalle que acaso encubre otra historia. En cuanto a la mirada triste de los Mahuad, como la del basilisco, no sólo deja de piedra al exnazi, sino que fulmina al fisgón que más tarde se come a Elba con los ojos. Pero este tema conduce a una especie de anticlímax. En el cuento que cierra la colección, «Escrito en el agua», Elba reflexiona: «El acto de mirar no da vida al objeto con el que soñamos […]. Como tampoco el apartar la vista de una cosa la hace desaparecer». Por mucho que haya imaginado la vuelta de Jan, hasta casi verlo delante, la realidad parece imponerse.

¿O se impone la imaginación? Al llegar a la última línea, uno tiene sus dudas. Y lo cierto es que ese tipo de ambigüedad enriquece la literatura de Vias. Pensando en efectos similares, Alice Munro, en el pasaje que citaba al principio, concluía que ha de poderse volver una y otra vez a una historia y que «la historia siempre contendrá más cosas de las que se vieron la última vez». No sería cuestión de cantidad, sino de potencial. Una historia, en esta concepción, deberá sugerir que «ha sido construida en respuesta a sus propias necesidades» y, en consecuencia, dejarnos ligeramente perplejos. Eso mismo ocurre al leer La mirada de los Mahuad, o al menos me ha ocurrido las dos veces que leí el libro. Sus relatos parecen surgir de un fondo necesario que determina su forma. Son ricos en sorpresas, recodos y recovecos, pero rara vez son confusos. Como la poesía, invitan no sólo a la lectura, sino en esencia a la relectura. Y contienen un mundo de cosas. A modo de morada imaginaria, Berta Vias Mahou ofrece a los lectores un libro luminoso, sugestivo y sumamente original.

Martín Schifino es traductor y crítico literario.

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