LA BAILARINA Y EL INGLÉS
Emilio Calderón
Planeta, Barcelona
306 pp. 21 €

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Desconocía las anteriores novelas de Emilio Calderón (Málaga, 1960), por lo que la lectura de La bailarina y el inglés –finalista del Premio Planeta 2009– me deparó una grata sorpresa al descubrir a un escritor que se desenvuelve con honestidad y rigor en ese difícil territorio que transita el gran público lector y que se preocupa por ofrecerle una obra bien hecha, manejando con igual destreza los diversos códigos narrativos más reclamados hoy en día: el transfondo histórico y la intriga policial. Ambos, además, usados en su justa medida, es decir, sin exprimir desmesuradamente el primero de ellos –la estampa de una época con su conflicto– y sin tampoco enrevesar ni complicar artificiosamente el segundo.

En La bailarina y el inglés se narra en primera persona la historia de un «hombre-limbo»: el hijo de unos padres ingleses nacido en la India que jamás pisó el país de sus ancestros y por eso padece el «síndrome de la patria cambiada». Este rasgo le permite al autor abordar conflictos como el de la identidad, la pertenencia, la extrañeza, el desarraigo y otros de similares características. Pero, además, la parte nuclear de la historia de La bailarina y el inglés se sitúa en un peculiar lugar de la India, Jay Town, ciudad próxima a la frontera con Birmania, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las tropas japonesas avanzaban y amenazaban con penetrar e invadir el país, objetivo en el que recibían el apoyo de algunos sectores del nacionalismo independentista hindú, que veían así una primera posibilidad de reforzar su lucha contra el colonialismo británico por aquello de que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». Y así, de una figura tan venerada como Gandhi, se nos dice que «fue un hombre excéntrico, un pésimo político, y sus ideas económicas hubieran devuelto a la India a la edad de las cavernas de haberse llevado a la práctica».

Pero no hay sectarismo en el enfoque de los hechos históricos. La exclusión que padece el protagonista –educado y crecido en la corte de un príncipe en la que su padre era preceptor, lo que lo aleja de los círculos británicos– le permite ver a unos y a otros desde la distancia y la impasibilidad, y su mirada es igualmente ácida, humorística y crítica tanto cuando recorta la miopía y altivez de los ingleses como cuando trata de las supersticiones, tradiciones o creencias que también esclavizaban a la India por sus propios méritos.

Emilio Calderón lleva a cabo la recreación de todo ese trasfondo histórico dosificando cuidadosamente los elementos que lo componen –de muy variada naturaleza–, cumpliendo con el precepto que espera el presumible público al que La bailarina y el inglés va destinada: deleitar e instruir. En ese complejo mosaico político-social tienen lugar unos crímenes y unos robos que le tocará investigar al narrador, en su condición de jefe de policía de Jay Town, y la intriga avanza equilibradamente desplegando los ineludibles o insoslayables elementos que forman parte del relato policial: acción e indagación y análisis. Es en la fase final de la historia, cuyo desenlace se extiende hasta 1954, donde se advierte cierta aceleración o precipitación en el ritmo del relato.

Por lo demás, también se agradece que el narrador, en un proemio, dé cuenta de por qué, en un momento determinado de su vida, decide relatar una parte de su personal historia.

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